Presiones contraproducentes

Patricio Navia

Mayo 15, 2004

 

Cuando son ejercidas sin pericia, las presiones políticas a menudo terminan produciendo los resultados opuestos a los deseados. La reciente conversación que sostuvo el presidente de la Corte Suprema con la jueza del caso MOP-GATE, la ofuscada demanda de cambio de gabinete realizada por la UDI y la decisión del PS de incluir a Bachelet en su propaganda electoral son lecciones inmejorables de cómo actuar de tal forma de lograr precisamente lo opuesto a lo deseado.

 

Después de negarlo un par de veces, el presidente de la Suprema finalmente reconoció haber conversado con la jueza Chevesich sobre el caso MOP-GATE.  Las confusas declaraciones iniciales de Marcos Libedinksy, con la absurda intención de bajarle el perfil al encuentro, sólo contribuyeron a sembrar un manto de duda respecto al tráfico de influencias que muchos creen cotidiano en el Poder Judicial. Forzado después a reconocer que en su encuentro con la jueza sí conversaron del caso, aunque fuera sólo para “expresarle mi preocupación” por la información que aparecía en la prensa “que podría interpretarse como una filtración,” Libedinsky ha perdido credibilidad. Aunque nadie ha demostrado que Libendinsky haya intentado influir en la investigación, los cambios de versiones del Supremo no contribuyen a mejorar la dañada imagen de ese poder de estado. Mientras menos declaraciones realice, y más se apeguen a la verdad desde el comienzo, menos problemas tendrá para recuperar su credibilidad.

 

Por su parte, la decisión de la UDI de exigir un cambio de gabinete para forzar la salida de los presidenciables inmediatamente blindó a las ministras cuyas actividades políticas recientes justificaban un cuestionamiento razonable sobre la conveniencia de su permanencia en el gabinete. Es sabido que mientras más se piden los cambios de gabinete, menos dispuesto está el Presidente a modificar su equipo de trabajo. Aunque es poco conveniente poner tanta atención a las sugerencias de la galería, sería suicida que un presidente realizara un cambio de gabinete cuando se lo exige la oposición. Mientras más voces se escuchaban desde el gremialismo pidiéndole a Lagos separar de su gabinete a las presidenciables, menos espacio tenía el presidente para llamar a orden a aquellos que comprensiblemente han empezado a prepararse para el Chile post Lagos. 

 

La disyuntiva de Lagos no es fácil. Por un lado el presidente se beneficia al mantener a los presidenciables—logrando así frenar parcialmente la campaña presidencial—y los niveles de aprobación del gobierno se consolidan al mantenerse las populares ministras en el gabinete. Pero por otro, mientras más se demore el cambio de gabinete, más difícil será sobrevivir al inminente vendaval electoral. Aunque los candidatos municipales entienden bien que las elecciones serán sobre asuntos locales, los partidos y los presidenciables saben que los comicios tendrán un efecto gigantesco sobre las elecciones del 2005. Pese a que esa carrera comenzará formalmente después de las municipales, las disputas para lograr las mejores posiciones para la partida se acrecentarán a medida que se acerque octubre. Esa presión terminará por debilitar rápidamente al gobierno de Lagos. Al construirse nuevas lealtades, Lagos verá disminuir su influencia, liderazgo y capacidad de mando. Si en cambio el presidente reorganizara su gabinete ya, con un equipo determinado a seguir hasta marzo del 2006, entonces lograría evitar el daño que causará la estampida que lo abandonará a partir del 31 de octubre.  Pero la decisión UDI de pedir un cambio de gabinete ha dejado a Lagos sin opción. No habrá cambio de gabinete hasta fines de octubre (o hasta que la UDI deje de exigirlo).

 

Por cierto, no sólo aquellos que intentan, o parecen querer, ejercer presiones indebidas cometen imperdonables errores políticos. La absurda decisión de usar la imagen de Bachelet en su campaña municipal demuestra que el liderazgo PS no entiende que la Ministra de Defensa es mucho más que el partido. De ser candidata, Bachelet tendrá que promover una imagen concertacionista, tolerante, moderada y ciudadana. De hecho, su militancia PS representa una de sus principales debilidades. Un partido que se resiste a buscar posiciones moderadas, como las que exitosamente ha adoptado Bachelet, al menos debiera evitar asociar la imagen tolerante y plural de la ministra con sus posturas arcaicas y sus mensajes voluntaristas incrédulos: “Queremos tanto mejorar tu vida” (¡pero no podemos!) Por el bien de Bachelet, el PS debiera evitar que el electorado asocie a la ministra con el partido. Y por el bien del PS, el partido debiera seguir el camino de renovación e inclusión que le ha permitido a la ministra convertirse en el personaje político más popular de Chile.

 

Cuando se ejercen torpemente, las presiones políticas a menudo terminan produciendo efectos diferentes a los esperados.  En el caso del PS, a la hora de querer ayudar terminan haciendo daño. En el caso de Libedinsky solo contribuyen a confundir y a aumentar la presión sobre la aproblemada ministra y el desprestigiado poder judicial y en el caso de la UDI, sólo contribuyeron a afirmar a las populares presidenciables en el gabinete de Lagos.