Fin de sexenio

Patricio Navia

La Tercera, abril 3, 2004

 

A dieciséis meses de que se cumpla el plazo para inscribir las candidaturas para la próxima elección presidencial, la comprensible dificultad de Lagos para aceptar que su sexenio está llegando a su fin, la ingobernabilidad en la Alianza por Chile y el difícil desafío concertacionista de escoger candidato presidencial único anticipan turbulencias en el vuelo político. Aunque no debieran amenazar la marcha del país, sí lograrán obstaculizar la agenda legislativa el 2004.  

 

Para ningún presidente es fácil percibir la pérdida de poder político al fin del periodo presidencial. Pero en nuestro sistema excesivamente presidencialista, la transición es aún más dolorosa. Hoy por hoy, una reunión con Soledad Alvear, Michelle Bachelet o Eduardo Frei tienen creciente valor. Es cierto que el Presidente continúa siendo más importante y, en la medida que logre frenar la incipiente carrera presidencial, podrá mantener influencia y autoridad. Pero nadie debiera caer en la tentación de creer que el primer mandatario podrá tener el 2004 la misma influencia y capacidad de convocatoria del 2003. Las dificultades enfrentadas por Lagos para convencer a los parlamentarios oficialistas de sus recientes iniciativas legislativas demuestran que muchos ya están pensando en el Chile del 2006.

 

La cercanía de las próximas presidenciales, y la inminente elección municipal, convierten a la crisis de gobernabilidad de la Alianza en una amenaza mortal para las aspiraciones de Joaquín Lavín. Obsesionado por alejarse de la política coyuntural, el candidato gremialista ha evidenciado una sorprendente falta de destreza política. Después de anunciar su opción por el camino propio, Lavín se vio obligado a intervenir a los dos partidos de su coalición para evitar la autodestrucción de la derecha. Pero su liderazgo fue de corta duración. Incapaz de alinear a sus legisladores (“un parlamento para Lavín”), Lavín señaló su acuerdo con la nómina de Lagos al consejo de TVN pero no se atrevió a pedir un voto a favor. Evidenciando que el liderazgo destructivo de cortar cabezas es más fácil que el liderazgo constructivo de alinear a sus legisladores para facilitar la gobernabilidad y despejar temas que inevitablemente obstruyen otras iniciativas legislativas, Lavín ha renunciado a ser el líder de la Alianza. Es mucho más fácil ser sólo el candidato. Buscando privatizar ganancias y socializar pérdidas, Lavín continua haciéndole el quite a la responsabilidad política que implica defender principios. Si al igual que su bancada parlamentaria cree en los vetos, Lavín debería decirlo sin rodeos. Si en cambio la propuesta de Lagos le parece razonable, debiera demostrar liderazgo responsable alineando a los senadores UDI para apoyarla. La UDI precisa de un líder responsable y tolerante. Con su show en el último encuentro ENADE, Pablo Longueira demostró que su violencia verbal no era sólo respuesta visceral ante la infundada acusación de Pía Guzmán contra dos legisladores gremialistas. Longueira saca risas e incluso despierta nostalgias entre los que añoran el ‘mano dura Pinochet’, pero demuestra que su liderazgo constructivo de comienzos del 2003 fue golondrina de verano. La decisión de retornar a Jovino Novoa a la presidencia de la UDI evidencia una regresión hacia los apologistas de la dictadura y el elitismo excluyente que caracterizó al gremialismo antes de la candidatura presidencial de Lavín. Dados los problemas de gobernabilidad patentes aún después de las renuncias forzadas de Piñera y Longueira, Lavín debiera entender que su triunfo el 2005 depende de su capacidad de demostrar liderazgo y dar garantías de gobernabilidad hoy.

 

Mientras disfruta la crisis en la Alianza, la Concertación no debiera perder de vista su propio gigantesco desafío. La ausencia de un proceso consensuado para escoger al candidato de esa coalición amenaza, más que la gobernabilidad, la propia existencia futura de la coalición. La exigencia de que el candidato sea DC, después de seis años de Lagos, es difícil de reconciliar con la creciente popularidad de la socialista Bachelet. Además de constituir un retroceso en la consolidación democrática, la selección de un candidato sin primarias abiertas y vinculantes generaría descontento e indisciplina. Las dificultades para llegar a acuerdo en la emblemática selección del candidato a alcalde en Santiago demuestran que no será fácil concordar en un proceso y un nombre para las presidenciales del 2005. Mientras más tiempo pase, más difícil será que los partidos que la componen piensen en el bien de la Concertación por sobre los intereses sectarios que a menudo defienden sus líderes.

 

Las turbulencias que se anticipan para el 2004 inevitablemente dilatarán una serie de importantes iniciativas legislativas. Una de la más importante guarde relación con las reformas constitucionales que parecen estancadas en el Senado. Si no se aprueban—incluida la reducción del período presidencial a 4 años sin re-elección—nuestra democracia terminará debilitada y la estabilidad y paz social que hemos experimentado desde el fin de la dictadura verá algunos nubarrones aproximarse en el horizonte.