La derecha democrática

Patricio Navia

La Tercera, Marzo 20, 2004

 

Aunque algunos en la Alianza se esmeran en demostrar que democracia y derecha son incompatibles, la existencia de una derecha democrática es condición indispensable para la supervivencia de nuestro orden institucional. Es imperativo que Joaquín Lavín se aboque a la construcción de una derecha responsable, tolerante, diversa, moderna y plural. Si falla, además de hipotecar su opción electoral, habrá fracasado en su intento de desprenderse definitivamente del legado autoritario de Pinochet.

 

Si bien es cierto Pablo Longueira cavó su propia tumba con su necia reacción al escándalo producido por las irresponsables acusaciones de la diputada Pía Guzmán, la derrota del proyecto de transformar a la UDI en una versión chilena del Partido Popular de España resultará mucho más costosa para las aspiraciones presidenciales de Lavín que el distanciamiento del mejor operador político de la UDI. El regreso de los poderes fácticos a la derecha representa la obstinación del gremialismo duro por desconocer que la tolerancia y la diversidad constituyen activos políticos imprescindibles para alcanzar la primera magistratura. El retorno de Jovino Novoa a la presidencia UDI refleja el triunfo de los nostálgicos de la dictadura sobre los modernizadores democráticos.

 

En RN, el sentimiento de derrota es generalizado. Aunque se ha formalizado la corriente R-UDI (súbditos UDI que militan en RN), la corriente liberal tolerante está a punto de tirar la toalla. Aunque es improbable que el partido se divida, el descontento liberal RN pudiera costarle a Lavín el apoyo del sector moderado que, presumiblemente, decidirá la presidencial del 2005. La actitud de Allamand es incomprensible. Después de haber sufrido por años el síndrome de la mujer golpeada (victimizado por la UDI, seguía en la derecha, implícitamente reconociendo responsabilidad parcial por el maltrato), aquel que patentó la frase de los poderes fácticos, terminó sentándose a la mesa derrotado por ellos. Pero así como muchos RN quedaron con la sensación de haber sido traicionados, los nuevos aliados de Allamand saben bien que aquel que traicionó una vez puede volver a traicionar. En su afán por ganar relevancia política, Allamand sacrificó su principal activo, la consecuencia y la confiabilidad. Al final perdió la confianza de los suyos sin ganarse la amistad de sus adversarios que ya antes han tratado de destruirlo. El gremialismo nunca ha confiado en aquellos que no forman parte de su núcleo duro. Así como hoy se aliaron con él para sacar a Piñera, más temprano que tarde se aliarán con algún otro caudillo RN para deshacerse del propio Allamand.

 

Después de descabezar a Rn y la UDI, Lavín interrumpió su liderazgo asertivo. En vez de abordar el verdadero problema de la Alianza, el alcalde se ha replegado, temeroso de dañar su imagen personal. Anticipando que La Moneda lo induciría a convertirse en el nuevo Longueira de la derecha, Lavín ha reculado después de autoproclamarse el verdadero líder de la derecha. Aunque su golpe de timón tuvo un innegable efecto mediático, pedir la renuncia de Piñera y Longueira leyendo un texto escrito previamente resaltó el temor de muchos sobre el verdadero liderazgo de Lavín.  Al ser incapaz de articular un mensaje con sus propias palabras, Lavín pareció el vocero de los poderes fácticos.

 

Para demostrar un liderazgo efectivo e incluyente, Lavín debiera abordar el origen del conflicto. En vez de dejar la decisión a los tribunales, debiera sentar a la mesa a la acusadora y a los acusados. Solo después de las debidas disculpas y explicaciones, se podrán reconstruir las confianzas mutuas indispensables para forjar una nueva Alianza. De lo contrario, las cabezas de Piñera y Longueira serán sólo las primeras víctimas de una guerra civil que terminará por espantar a una buena parte de los electores que por primera vez se atrevieron a votar por la derecha en 1999. Si la UDI insiste en mantener la querella contra Guzmán, el mayor perjudicado será el propio Lavín. Si es desaforada, la diputada se convertirá en mártir de la arrogancia y del matonaje gremialista. Acostumbrada a escuchar acusaciones de inverosímiles complots en la derecha—con testigos secretos, alegados intentos de soborno y amenazas gangsteriles de por medio—la opinión pública no tardará en articular toda clase de teorías conspirativas que legitimen las acusaciones de Guzmán aun si la diputada pierde la batalla en la Corte de Apelaciones. Si no es desaforada, sus irresponsables acusaciones serán interpretadas como validadas por la sentencia judicial.

 

Aunque algunos parecen satisfechos de las ganancias de corto plazo, la Concertación debe entender que la crisis política de la Alianza representa pan para la centro-izquierda hoy y hambre para todo el país mañana. Para que la democracia funcione se precisan de partidos que privilegien la inclusión, tolerancia y diversidad. Mientras la Alianza no apruebe el test de la blancura democrática, nuestra democracia seguirá coja. De hecho, la amenaza populista aumenta en la medida que la guerra civil de la derecha se intensifica. La ausencia de una derecha democrática constituye hoy la principal amenaza a nuestra estabilidad democracia.