Vencer y Convencer

Patricio Navia

La Tercera, marzo 13, 2004

 

El reciente golpe de timón dado por Joaquín Lavín al interior de la Alianza refleja íntegramente tanto las fortalezas como las debilidades del presidenciable derechista. Demostrando lo equivocado de las frecuentes críticas, Lavín sí es capaz de mostrar ocasionalmente un liderazgo decisivo y resuelto. Pero también contrariamente a su imagen de un hombre tolerante y plural, su reciente demostración de liderazgo ha sido arbitraria y egoísta. Más que defender un proyecto de gobierno de derecha, Lavín golpeó la mesa exclusivamente para proteger sus propias aspiraciones presidenciales.

 

Históricamente, el alcalde de Santiago ha demostrado un débil compromiso con la derecha. Entendiendo que su popularidad personal es marcadamente superior que la convocatoria electoral de su sector, Lavín correctamente supone que mientras menos se identifique con la derecha clásica, mejores sus posibilidades de ganar las elecciones. Pero los líderes responsables se deben abocan también a construir partidos políticos confiables y ordenados. El populismo, mal endémico de las débiles democracias latinoamericanas, está directamente relacionado con la ausencia de agrupaciones políticas fuertes. En Chile, las experiencias de gobiernos de derecha fracasaron al no poder construir partidos políticos que dieran gobernabilidad. Al poner todos los huevos en la canasta del liderazgo personal, la derecha ha evidenciado tanto desconfianza de los partidos políticos como incomprensión que la democracia necesita de partidos políticos representativos, democráticos, tolerantes e incluyentes. Su reciente imposición de una solución rápida y mediática a los problemas de cohabitación de la Alianza refleja que, pese a su discurso de modernización y cambio, Lavín presenta los mismos síntomas históricos de los presidenciables de derecha, su incapacidad para lidiar adecuadamente con la construcción de partidos y coaliciones basadas en la confianza y la unidad de objetivos. 

 

Por cierto, su decisión de promover el distanciamiento de Pablo Longueira y Sebastián Piñera de las presidencias de la UDI y RN demuestran también el comprensible favoritismo de Lavín por el gremialismo. La ecuanimidad estuvo ausente en la petición de renuncia. Las palabras de agradecimiento y aprecio que tan efusivamente ha repetido hacia Longueira no han sido articuladas para reconocer las contribuciones de Piñera. Peor aún, mientras la salida de Piñera representó una derrota para su sector, la salida de Longueira hacía rato que era inevitable. Después de su desafortunada reacción mesiánica e innecesariamente agresiva al escándalo desatado por Pía Guzmán, su permanencia en la presidencia del partido representaba un costo imposible de pagar para la UDI.  O sea, Lavín logró intercambiar un peón herido de la UDI por el más combativo alfil de RN.

 

Es cierto que Piñera siempre ha demostrado más preocupación por su carrera personal que por la salud de RN. Como el empresario-político, que no se esmera en evitar conflictos de interés entre sus negocios y su accionar político, siempre ha ejercido un liderazgo personalista, sus osadas maniobras le han granjeado una justificada reputación de inconsecuencia y oportunismo mediático. Al final Piñera siempre se termina bajando, y aquellos que lo apoyan quedan con la sensación de haber sido abandonados. Pero al forzar la renuncia de Piñera, Lavín ha dejado en claro que su corazón está mucho más con el gremialismo que con la Alianza. Y aunque sobran aquellos en RN que se conforman con ser socios menores en una coalición donde la UDI ejerza poder total, la gobernabilidad del país solo se garantiza con la formación de amplias coaliciones políticas.

 

Finalmente, la decisión de forzar la renuncia de los dos presidentes no enfrenta el problema de fondo que generó esta crisis. La irresponsable e infundada acusación de la diputada Guzmán y la respuesta virulenta e igualmente irresponsable de la UDI no han sido enfrentadas apropiadamente. El odio mutuo que existía entre muchos y que se ha exacerbado con esta crisis no desaparece con este golpe de timón. La Alianza sigue siendo demasiado pequeña para incluir a los acusados por Guzmán y los defensores de Guzmán. El ansia de ver correr sangre no se apaciguará con la caída de Piñera y la salida negociada de Longueira. Es más, la salida forzada y vergonzante de Piñera sólo contribuye a debilitar aún más la frágil confianza que existe en esta coalición de enemigos íntimos.

 

Históricamente la derecha ha errado en privilegiar los liderazgos personales por sobre la construcción de partidos políticos serios y coaliciones responsables. En vez de seguir el exitoso ejemplo del Partido Popular español, donde el liderazgo de Aznar permitió transformar una derecha autoritaria y personalista en una corriente moderada, confiable y más preocupada de las instituciones que de las personas que ocupan los cargos, la reciente intervención de Lavín refleja que la derecha chilena fácilmente cae en la tentación del liderazgo autoritario. Ya que al forzar la renuncia de los presidentes, Lavín logró vencer sin convencer, las desconfianzas y los desencuentros en la Alianza no se acabarán con el sacrificio de estos dos chivos expiatorios.