Cancillería Reactiva

Patricio Navia

La Tercera

Enero 3, 2004

 

Después de enarbolar por más de una década la promoción de la integración comercial como la principal bandera de lucha de nuestra política internacional, la Cancillería parece haber caído en una crisis de identidad después de la entrada en vigencia de los tratados de libre comercio (TLC) con Estados Unidos y la Unión Europea. Pero ahora, además de una justificada satisfacción por una misión cumplida, el gobierno necesita articular una nueva visión que de consecuencia y sentido a nuestra política exterior.

 

Aunque no faltan aquellos que pretenden utilizar los acuerdos con India y otros países en desarrollo como excusas para no actualizar las prioridades de política exterior, la opinión pública correctamente percibe que la visión que guió las acciones de Cancillería desde comienzos de los 90 está agotada. Es cierto que para aprovecharlas bien, las oportunidades que brindan los TLC deben ser acompañadas de políticas de promoción de exportaciones. Pero la Cancillería debe ser mucho más que ProChile.

 

La incomodidad producida por la repentina popularidad internacional de la demanda boliviana por una salida al mar refleja la necesidad de articular una nueva visión de política exterior para el país. Como única respuesta a las demandas bolivianas, nuestros diplomáticos insisten en nuestra disponibilidad para lograr un TLC con el país altiplánico. Creyendo equivocadamente que la misma receta sirve para todas las crisis, la política exterior chilena ha perdido la batalla por evitar que la opinión pública internacional esté con Bolivia.

 

Para definir adecuadamente los términos del debate internacional sobre la mediterraneidad boliviana, Chile debe abandonar sus posturas defensivas. La Cancillería debe ser proactiva para lograr que el debate internacional pase de la soberanía marítima a iniciativas para mejorar y consolidar las ya existentes condiciones de acceso al mar que posee Bolivia. Pero la obsesión por intentar transformar este problema es una cuestión de comercio internacional, desafío que la Cancillería está preparada para enfrentar con éxito, subraya la carencia de una nueva visión integradora y ordenadora de política exterior.

 

Hay una crisis de ideas en nuestra política exterior. Además de la necesidad de una modernización administrativa que permita tanto el uso más eficiente de recursos como la generación de iniciativas innovadoras, la Cancillería debiera adoptar también la flexibilidad laboral. Junto con exigir mejor rendimiento y más productividad a los diplomáticos de carrera, se deben diseñar fórmulas para que personas exitosas del sector privado se incorporen al servicio diplomático en programas similares al Servicio País. Después de penetrar otros ámbitos de la vida nacional, la transparencia y la rendición de cuentas golpean ahora las puertas de nuestra diplomacia.

 

Comprensiblemente se critica la impericia para detener a tiempo la ofensiva boliviana, pero más que la incapacidad por evitar el resurgimiento de un viejo problema, la popularidad internacional del sueño de bañarse en una playa boliviana evidencia un problema aún peor. Producto de su propio éxito, nuestras relaciones exteriores se han quedado ahora sin un hilo conductor.  Mientras no logre articular una nueva visión de presencia internacional, la Cancillería inevitablemente seguirá actuando en forma reactiva y el Chile al ataque de los 90 será reemplazado por un Chile a la defensiva ahora que el objetivo de lograr TLCs con Pedro, Juan y Diego es una feliz realidad.