Concertavín

Patricio Navia

Diciembre 27, 2003

 

Desde el retorno de la democracia, la Concertación ha ofrecido gobernabilidad y la derecha ha enfatizado los liderazgos individuales. Pero para el 2005, la Concertación tiene que entender que necesita un candidato con suficiente atractivo personal como para neutralizar el de Joaquín Lavín y la derecha no podrá pretender que una golondrina cosista haga verano de gobernabilidad.

 

Concentrada en recordar que ha dirigido responsablemente al país desde el fin de la dictadura, la Concertación ha olvidado los proyectos de futuro. Muchas de las transformaciones prometidas en 1988 ya son realidad. Otras promesas serán cumplidas en el sexenio Lagos y unos cuantos legados autoritarios ya son tradiciones inamovibles. Pero para una coalición que se forjó con objetivos claros y mensajes simples de entender, la actual falta de ideas y nuevas iniciativas es alarmante. Las críticas a las iniciativas de Lavín serán efectivas sólo si se complementan con propuestas alternativas sólidas. Los presidenciables de la Concertación hasta ahora presentan tan pocas ideas innovadoras que las playas de Lavín y sus inefectivas medidas para reducir la delincuencia parecen  propuestas atrevidas. La Concertación insiste en que deben seguir en el poder porque lo han hecho bien sin entender que la gente quiere tener en La Moneda a aquellos con mejores ideas para el 2010. En vez de obligar a la gente a mirar para atrás, la Concertación debe aceptar que los chilenos quieren mirar hacia delante.

 

Porque la Concertación debe ser capaz de combinar liderazgo con gobernabilidad, el posicionamiento mediático de sus figuras no puede ser utilizado como sinónimo de liderazgo. Esta obsesión por creer que la alta popularidad equivale a intención de voto invalida la estrategia de subrayar la falta de gobernabilidad y liderazgo derechista. Después de todo, Lavín sigue primero en la carrera presidencial pese a la ingobernabilidad en la derecha. Por cierto, el injustificado entusiasmo socialista por la popularidad de Michelle Bachelet subraya la contradicción vital entre el discurso y la acción del socialismo. El PS cree que, pese a sus posiciones ideológicas trasnochadas, puede ganar la presidencial gracias a una candidata de atractiva personalidad.  Eso sí, la popularidad de Bachelet debilita a Soledad Alvear. Si la candidatura de Alvear se construyó sobre su popularidad en las encuestas, los argumentos que antes se esgrimían a favor de la Canciller ahora obligan noblemente a los Alvearistas a convertirse en Michellistas. El liderazgo de las chicas superpoderosas se ha construido siguiendo el modelo no confrontacional de Lavín. Evitando el conflicto, ellas no se involucran en los problemas de sus propios partidos. Pero en los últimos meses, Lavín ha hablado mucho más de los conflictos de la Alianza que Alvear de los de la DC y que Bachelet de las discrepancias del PS con las políticas económicas de Lagos.

 

Aún así, ellas si entienden que para aprovechar mejor las fortalezas de la Concertación hay que fortalecer el liderazgo personal. El ex presidente Frei debiera también entender que sin cercanía a la gente en un plano emocional y cotidiano, su experiencia como presidente no será suficiente para ganar. Para que el argumento de garantía de gobernabilidad sea decisivo, el abanderado de la Concertación necesitará neutralizar la ventaja en atractivo personal que ya lleva el candidato del partido UDI. Y para subrayar las debilidades de Lavín, el candidato Concertación tendrá que demostrar que puede ser tan cosista como el alcalde pero mucho más responsable en su relación con los partidos.

 

Lavín también necesita aprender de la Concertación. Su obsesión por desconocer que la crisis de la Alianza debilita sus propias opciones no le permitirán asumir la difícil tarea de construir partidos políticos responsables. Apostándolo todo a su popularidad personal, olvida que las candidaturas exitosas combinan adecuadamente sus recursos para subrayar fortalezas y también para corregir debilidades. Si la derecha se hubiera abocado a construir una coalición seria y responsable, Lavín habría ganado las presidenciales de 1999. Peor aún, sin dar garantías de gobernabilidad será difícil ganar el 2005. Si resultara victorioso, las posibilidades que su gobierno devenga en el populismo o la inacción por su incapacidad de alienar a sus propios partidos amenazarán constantemente al primer gobierno derechista elegido democráticamente en 45 años. Para ganar, Lavín debe neutralizar las fortalezas de la Concertación.

 

Si Lavín fuera el candidato de la Concertación, sería imparable. Pero un candidato personalista es incompatible con una coalición que se caracteriza por la gobernabilidad y la responsabilidad colectiva. Así, las fortalezas de la Concertación son las debilidades de Lavín, y viceversa. Por eso, para ganar el 2005, más que preocuparse en consolidar aún más sus reconocidas fortalezas, tanto la Concertación como Lavín deben buscar trabajar con sus debilidades. Ambos deben abordar las próximas presidenciales aprendiendo de las fortalezas de sus oponentes, forjando una campaña que logre posicionar un mensaje balanceado de cambio y continuidad, un mensaje de Concertavín.