Soldado que Arranca

Patricio Navia

Diciembre 6, 2003

 

Como soldado que arranca sirve para otra guerra, la decisión de distanciarse de su balcanizada Alianza por Chile adoptada por el abanderado presidencial Joaquín Lavín responde a su comprensible interés por privilegiar su candidatura presidencial sobre el futuro de esa coalición. Pero así como al escapar, un soldado deja en evidencia su irresponsabilidad y falta de confiabilidad, la opción de Lavín le terminará haciendo más daño que bien a sus aspiraciones presidenciales y pondrá en tele de juicio la viabilidad del proyecto UDI.

 

Después de señalar que “el líder de la Alianza por Chile soy yo”, Lavín ahora insiste en desentenderse de la crisis de confianza y gobernabilidad de su coalición. Al potenciar la idea que “mi liderazgo no es de partidos políticos, fue impuesto por la gente,” Lavín desconoce la importancia que tuvo la UDI para lograr imponer su candidatura a RN, sus enemigos íntimos de la Alianza. Pero no es solo el desagradecimiento hacia sus disciplinados colaboradores gremialistas uno de los costos de esta nueva estrategia. Lavín ha demostrado ser capaz de darse volteretas como el más escurridizo y ambiguo de los políticos que él siempre se esmeró en criticar.

 

Después de ser candidato por ese partido en 1989 y 1992, Lavín fue uno de los pocos alcaldes UDI que no renunció a su militancia antes de las municipales de 1996. Al anunciar que se convertiría en independiente en caso de ser electo presidente, Lavín pretende que la gente olvide que su carrera política y que su propia condición de candidato es producto de su militancia. Evidenciando que su decisión es resultado de la ingobernabilidad que reina en la Alianza más que de una convicción política, Lavín ha decidido romper con Longueira y con su propio partido.

 

Las diferencias entre Lavín y Longueira se remontan a mucho antes del escándalo Spiniak, de las dudas del presidenciable sobre la tesis del complot anti-UDI y la de crítica a los ‘errores comunicacionales’ de Longueira. Mientras Longueira busca convertir a la UDI en el nuevo partido de centro, Lavín busca únicamente convertirse en presidente. Después de él, diluvio en la derecha. Repitiendo el mismo error que cometió Pinochet, Lavín quiere poner todos los huevos de la derecha en su canasta personal. Aunque probablemente mantenga la lealtad de la mayoría de sus militantes, al decidir potenciar su candidatura personal sobre el fortalecimiento de su sector, Lavín enterró el proyecto histórico de Longueira.

 

Si quiere gobernar como independiente, ¿por qué el alcalde no renunciar al partido desde ya? No tiene sentido militar en un partido del que uno se avergüenza y del que pretende alejarse apenas logre conseguir el objetivo electoral. No es correcto engañar a militantes que confían en que su candidato promoverá sus ideas y postulados. Los partidos existen para promover programas y visiones de país, no para potenciar a candidatos. Cuando el candidato es más importantes que el partidos, el rostro reemplaza a la visión como el motor de fuerza electoral. Derecha out, Lavinismo in. Por otro lado, si renuncia al partido sólo como golpe comunicacional, engañará al electorado con esta demostración de liviandad política.

 

Por cierto, porque aunque la mona se vista de seda, mona se queda, la promesa de gobernar sin los partidos es inverosímil. Los presidentes necesitan apoyo partidario para poder avanzar sus agendas legislativas. El desafío es concitar apoyos más allá de los partidos que inicialmente lo favorecieron. Para eso hay que sumar, no prometer restar. Allende equivocó el camino al señalar que no era el presidente de todos los chilenos. Lavín cometería un error similar al sugerir que el suyo sería un gobierno sin partidos políticos. Además de representar un modelo fracasado en la primera parte del gobierno de Jorge Alessandri, la idea de demonizar a los partidos reflota la tesis personal-populista que mantuvo a la derecha fuera del poder por gran parte del siglo XX.

 

En América Latina, los presidentes sin militancia han devenido inevitablemente en el desgobierno o el populismo. Desde Lucio Gutierrez a Hugo Chávez, pasando por Alberto Fujimori y Carlos Ibáñez, aquellos que desconocen el papel de los partidos y fortalecen el liderazgo personal son cómplices del estancamiento económico, pobreza generalizada e inestabilidad política. La singularidad de Chile en los 90 fue precisamente la fortaleza de su coalición de gobierno. Al proponer liderazgos individualistas y desconocer la importancia de tener partidos políticos fuertes, responsables y confiables, Lavín nos invita a seguir el camino de inestabilidad de nuestros vecinos andinos.

 

Es fácil simpatizar con Lavín. La guerra fraticida de la derecha, con acusaciones y contra-acusaciones que se vieron agravadas, pero ciertamente no iniciadas, por el affaire Spiniak, harían dudar a cualquiera de involucrarse como mediador en el conflicto. Pero los líderes se prueban en desafíos difíciles. Y Joaquín Lavín asumió voluntariamente el liderazgo de la Alianza por Chile. Como soldado de la política partidista, no le corresponde ahora arrancar. Las guerras las ganan los ejércitos, no los soldados. Soldado que arranca no sirve para la presidencia de Chile.