Impúdica

Patricio Navia

La Tercera, 29 de noviembre de 2003

 

Si la reacción del partido UDI ha sido errática al escándalo producido por la acusación de la diputada Pía Guzmán de la supuesta participación de dos de sus legisladores en la red de pedofilia de Claudio Spiniak, la forma en que el presidente gremialista ha manejado su estrategia comunicacional ha sido claramente impúdica.

 

Definida como “falta de recato y pudor” y “cinismo en defender cosas vituperables,” esta palabra describe a la perfección los destemplados arrebatos de convicción mística y la agresividad comunicacional desmedida desplegados por Pablo Longueira. El presidente UDI no sólo desoyó la voz de la moderación, sino que activamente se involucró en el caso, cuál abogado defensor, reuniéndose con jueces, acusadores y abogados. Cuando tenía que demostrar ser hombre de estado, Longueira jugó a ser detective privado. Sus acusaciones terminaron por confundir hasta a los más cuidadosos observadores. Hoy nadie sabe si Pía Guzmán es o no parte del supuesto complot. Tampoco se entiende por qué los únicos beneficiarios de un Lavín débil no aparecen en el montaje. En vez de involucrar desde sacerdotes hasta periodistas, Longueira debiera apuntar hacia la Concertación para hacer menos inverosímil su tesis del complot. Por cierto, si la presunción de posible conflicto de interés fue suficiente para remover al juez Calvo de la investigación, el senador UDI Andrés Chadwick hace rato debió haberse distanciado de su colega de estudio jurídico Luis Hermosilla, el defensor de Claudio Spiniak.

 

El ejemplo de seriedad demostrado por el PDC desde que la acusación inicial involucrara a uno de sus legisladores contrasta con la estrategia UDI. Como la DC apagó el incendio con agua, y no con parafina, ese partido rápidamente se distancio de este escándalo que involucra desde violación de menores hasta tráfico de drogas. No era inevitable que la UDI respondiera a la irresponsable insinuación que tres parlamentarios eran parte de esta red de pedofilia con una seguidilla de acusaciones absurdas de complots, lamentables intentos de asesinato político y demostraciones de falta de respeto por las instituciones.  

 

Joaquín Lavín ha evitado decir si cree todavía en la inverosímil tesis del complot. Después de poner innecesariamente las manos al fuego por sus colegas gremialistas—cuya inocencia debemos presumir todos, a menos que la justicia sentencie lo contrario—Lavín optó por distanciarse de la coalición que tendrá que liderar en caso de ser presidente. Es comprensible que en medio de acusaciones de pedofilia, montajes políticos y mensajes del más allá, el alcalde haya optado por hacerse un lado. Pero en pro de la transparencia, Lavín debiera aclarar si todavía cree en la tesis del montaje o si entiende que esto ha sido una comedia de equívocos y exabruptos que ha alimentado el propio liderazgo UDI.  Preocupado de salvar al capitán, el círculo de Lavín demuestra poco interés por salvar al barco de la derecha. La tentación del camino propio que lo acosa hoy, puede provocarlo a tentarse a decir ‘la derecha soy yo.’ Si lo hace, Lavín demostrara que comparte con Longueira el irrespeto por las instituciones democráticas.

 

Pablo Longueira le puede rezar a su padre espiritual Jaime Guzmán y desconocer a Pinochet, el padre biológico de la UDI, todas las veces que quiera, pero el combativo diputado no puede pretender estar sobre las instituciones. No entendiendo que los parlamentarios no pueden tomarse la justicia en sus propias manos, Longueira siguió el ejemplo de no pocos legisladores acusadores—algunos de ellos estrellas electorales de la Concertación—que buscan desesperadamente ser el centro de la atención mediática. Justo cuando empezaba a consolidar un liderazgo responsable y moderado, Longueira se convirtió al dogma que desde hace unos años predicaba el megalómano Nelson Ávila.

 

El affaire Spiniak subrayó la principal debilidad de la derecha. Mientras la fortaleza de la Concertación es ser una clase política responsable da garantías, la fortuna de la derecha depende de liderazgos personales. Mientras Lavín promovía el cosismo mediático, Longueira ofrecía el orden partidista y la visión de estado. Pero Longueira ha destruido la garantía de gobernabilidad y responsabilidad aliancista con la que necesita contar un popular candidato cuyo mensaje reconocidamente light no pudo superar electoralmente la oferta de gobernabilidad de una Concertación mucho menos cordial en las presidenciales de 1999. 

 

Comprensiblemente, Lavín intentará mantenerse alejado de Longueira, minimizando los costos políticos y electorales que implica estar asociado con la balcanizada Alianza. Entre la espada de tener que defender a los suyos de insinuaciones sobre una supuesta afiliación con la red de pedofilia y la pared de adherir a la inverosímil tesis de ‘complot de todos contra la UDI”, Lavín comprensiblemente prefiere huir de tal predicamento. Aunque arriesga que la Concertación termine por convencer al electorado que una golondrina ‘cosista’ no hace verano en la gélida e irresponsable derecha aliancista, la impúdica estrategia adoptada por Longueira está haciendo imposible que Lavín pueda seguir manteniendo una abierta militancia en el partido UDI.