Los nuevos argentinos de Latinoamérica

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 23, 2003

 

A partir de nuestros éxitos económicos y de la consolidación de nuestra democracia protegida, los chilenos parecemos querer ser los nuevos argentinos de Latinoamérica. Los chilenos parecemos disfrutar nuestra posición actual de objeto de la admiración con mezcla de envidia que se granjearon los argentinos a través del siglo XX. Pero la frivolidad que evidencia ese licencioso placer contrasta con la obsecuencia que mostramos ante uno de los más evidentes problemas geopolíticos sudamericanos, la mediterraneidad de Bolivia.

 

Por cierto, están equivocados aquellos que alegan que Chile quiere convertirse en una isla en la región, relacionados más con el resto del mundo que con América Latina. Nuestra política de apertura comercial no es discriminatoria. La rebaja unilateral de aranceles realizada por Chile facilita la integración comercial con todos el mundo. Si otros países de América Latina no tienen más comercio con Chile no es culpa nuestra.

 

Nuestros éxitos económicos y sociales y nuestra estabilidad política de los ‘90 nos han convertido en un ejemplo a seguir en América Latina. Pero con apenas el 3% de la población regional, nuestra economía equivale al 3,9% del producto interno bruto latinoamericano. Nuestras exportaciones constituyen sólo el 5,6% y nuestras importaciones son el 5,3% del total de América Latina. Nuestro tamaño relativo no nos permite adoptar un liderazgo demasiado influyente. Porque el tamaño sí importa, Brasil y México continúan siendo los líderes sociales y políticos de la región.

 

Pero el reconocimiento internacional a los éxitos de Chile nos da la oportunidad de mostrar nuestra identidad ante el mundo. Más que presentarnos como un país provinciano y conservador, donde la elite gobernante desde la colonia ha desarrollado una estructura social caracterizada por la exclusión y la desigualdad, comprensiblemente queremos aprovechar de adoptar una nueva identidad nacional. Y ahí el modelo que parecemos querer copiar es el de la autocomplacencia argentina.  Nuestra nunca oficialmente reconocida envidia por la forma en que los argentinos se ven a sí mismos nos lleva a expresar una cierta satisfacción al saber que hemos desplazado a Argentina como el país más admirado/odiado en Latinoamérica. Pero la identidad auto-referente trasandina ha sido históricamente alimentada por el reconocimiento mundial a su música, sus figuras políticas, sociales y deportivas. La cueca no es el tango, nuestro fútbol no ha logrado los logros del fútbol argentino, nuestras misses de belleza no se casan con herederos de coronas europeas, ni Santiago ha logrado opacar la popularidad de Buenos Aires. Así, nuestra pretensión de generar la misma admiración/envidia que provoca Argentina en Latinoamérica se basa fundamentalmente en nuestros éxitos económicos y consolidación institucional. Eso es meritorio, pero no glamoroso.

 

La reciente ola de comentarios críticos o abiertamente negativos hacia Chile que culminara el histriónico Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, tiene menos que ver con esa admiración/envidia por lo que Alvaro Vargas-Llosa denominó “la insoportable soledad de Chile”, sino más bien con un comprensible reproche a nuestra intransigencia a los reclamos de mediterraneidad boliviano.

 

No basta con obstinarse en alegar que Chile tiene la legalidad de su lado y que los tratados firmados legitiman nuestra negación a ofrecerles una salida al mar. El gesto a dialogar que otros esperan de nuestro país no se justifica en la legalidad, sino en una visión estratégica de futuro e integración regional. No basta con promover el intercambio comercial. Este no reemplaza la necesidad de hacerse cargo de una reivindicación que, aunque legalmente infundada, es parte esencial de la identidad nacional boliviana. Por cierto, resulta paradójico que Chile busque negociar un acuerdo de libre comercio con un vecino con el que no tenemos relaciones diplomáticas a nivel de embajador.

 

Una visión integradora de futuro justifica actualizar la legalidad vigente y discutir la mediterraneidad de Bolivia. Los pocos kilómetros cuadrados que perdamos de soberanía nos harán un país mucho más fuerte, respetado e influyente. Los nacionalistas obcecados bolivianos se quedarían sin argumentos para justificar el fracaso de su elite gobernante en lograr el desarrollo social y económico de ese país. Nosotros demostraríamos un liderazgo sin precedentes en la historia latinoamericana reciente. Incluso nuestros nacionalistas obcecados terminarían más contentos al ver crecer la influencia económica, social y política de Chile mucho más allá de nuestras fronteras.

 

Un cambio en nuestra posición histórica de negarnos a reconocer siquiera la existencia de la demanda boliviana y un llamado a abrirse a la posibilidad de explorar salidas para otorgarle la tan ansiada mediterraneidad nos convertiría en líderes regionales mucho más gravitantes de lo que supone el tamaño de nuestra economía y en visionarios estratégicos merecedores y beneficiaros de una admiración que nos consolide como un país que sabe construir puentes y sabe ganarse el respeto de otros por sus actos de grandeza. Nos permitiría incluso ser más admirados que los argentinos.