Enemigos Íntimos

Patricio Navia

La Tercera, Noviembre 1, 2003

 

De entre los muchos matrimonios por interés que ha visto la política nacional en las últimas décadas, la alianza RN-UDI es probablemente aquel en que la violencia contenida y el desprecio mutuo han batido récord. Pero a diferencia de lo que sugieren muchos en la Concertación, la principal amenaza de esta violencia doméstica que existe en la Alianza no es el riesgo de ingobernabilidad en caso de llegar a La Moneda ni la falta de liderazgo de Lavín para ordenar su coalición. Lo más complicado de estas disputas es lo que nos deja ver sobre la poca predisposición a la diversidad, tolerancia, inclusión y diálogo que reina en la derecha chilena.

 

La comedia de errores y desaciertos que inició la diputada Pía Guzmán con su irresponsable acusación fue entusiastamente profundizada por la excesiva y extravagante reacción de la UDI. Las diferentes versiones sobre el supuesto montaje del que ha sido víctima ese partido han incluido improbables pactos e irresponsables afirmaciones. RN también ha contribuido, al insistir en demostrar que es un partido balcanizado donde las peripecias de Sebastián Piñera sólo dejan claro que nadie puede pilotear un barco así de fragmentado. Pero fue la irresponsable acusación de Longueira contra un cura por su supuesta participación en el alegado complot, basada, según reconoció el propio diputado, en un mensaje del ya fallecido Guzmán a quien Longueira reza por las noches, la gota que rebalsó el baso de los infortunios. Cuando más tenían que callar, más hablaron. Cuando más tenían que demostrar cordura, más perdieron la cabeza los líderes de la derecha chilena.

 

La reacción visceral de la UDI fue motivada, más que por el contenido de las acusaciones, por el origen de las mismas. Tanto RN como la UDI están profundamente convencidos que el objetivo de sus socios es hacerlos desaparecer. Desde el escándalo Piñera-Matthei hasta las acusaciones sobre parlamentarios que consumían drogas, la relación RN-UDI  ha estado marcada por las intrigas. De ahí que la acusación de Pía Guzmán fuera interpretada por Longueira como un intento por destruir al partido. De ahí también que esa reacción visceral fuera interpretada en RN como un esfuerzo de la UDI por convertirse en el único partido de la Alianza. Para dos socios que no se pueden dar la espalda resulta difícil mirar el conjunto de la diversa realidad política y social del país.

 

Es cierto que hay algunos en RN que preferirían ver a su partido como el socio menor de una UDI con la voz cantante. Pero los líderes visionarios de RN entienden que tamaña abdicación terminaría con sus propias carreras políticas. Aunque pocos abandonarían el barco, la principal arma de negociación de RN es la amenaza de un quiebre unilateral de la Alianza que sería suficiente para terminar con las aspiraciones presidenciales de Joaquín Lavín. Porque la UDI no puede pasarle la aplanadora a sus socios, la difícil coexistencia se prolonga en el tiempo.

 

Los presidentes de RN y la UDI no se guardan afecto. Hasta el lenguaje corporal de Piñera y Longueira en sus encuentros refleja la falta de afinidad política y entendimiento personal.  Por un lado, Piñera demuestra un protagonismo excesivo para ocultar el evidente hecho que su liderazgo no comanda la lealtad de todas sus tropas. Por el otro, Longueira se permite ejercer un protagonismo necio precisamente porque controla un partido donde el dogma se impone sobre la razón. Porque su liderazgo en la UDI es indiscutido, Longueira cometió el torpe error de argüir complots y confabulaciones más propias de los libros del General Manuel Contreras (jefe de la DINA de Pinochet) que de alguien que hace unos meses se ovacionaba como hombre con visión de país.

 

En la Concertación, muchos creen que estos desencuentros entre RN y la UDI son una gran arma electoral para debilitar las opciones presidenciales de Joaquín Lavín. Para un líder que se ha esforzado por alejarse de la coyuntura política y que insiste que los problemas de los partidos no son sus asuntos, su decisión de no involucrarse efectivamente pone en tela de juicio su capacidad de liderazgo. Pero la tentación de entrar al ruedo puede terminar siendo todavía más costosa para Lavín. Se necesita mucho más que buenas intenciones para reconstruir una relación política donde la traición y el engaño han sido la principal arma de negociación desde el retorno de la democracia en 1990. No obstante, equivocará el camino la Concertación si su principal argumento electoral es señalar las debilidades de sus contrincantes. Ganará las presidenciales de 2005 aquel que ofrezca una propuesta de futuro más atractiva, no el que logre atemorizar más al electorado sobre las debilidades de sus oponentes. La única ventaja que la Concertación puede aprovechar de esta coyuntura es demostrar, por contraste, que en su seno reina el diálogo, la tolerancia, la diversidad, la inclusión y la confianza mutua. Mientras tanto, RN y la UDI seguirán intentando convencer a los chilenos con el difícil argumento que esa Alianza de enemigos íntimos nos puede llevar por el camino del entendimiento, tolerancia, diálogo y unidad nacional.