Políticos Pedófilos

Patricio Navia

La Tercera, octubre 15, 2003

 

La diputada Pía Guzmán se animó a declarar que había tres parlamentarios involucrados en la recién descubierta red de pedofilia porque hay predisposición para creer que de los políticos se puede esperar cualquier cosa. Irónicamente, la acusación de Guzmán recayó principalmente sobre el partido que ha construido su plataforma electoral sobre la premisa que la clase política es nefasta. Desde la repetidísima frase ‘yo no soy político’ de Joaquín Lavín, el hombre que más veces ha sido candidato desde 1989, hasta la vieja aseveración de Pablo Longueira de su convicción que había parlamentarios que consumían drogas, la UDI buscó crecer enlodando a los políticos tradicionales. Con un discurso explícitamente diseñado para desacreditar al establishment político, la UDI buscó ganancias electorales de corto plazo. Y las obtuvo. Pero 13 años después de la transición a la democracia, los jerarcas de la UDI son tan parte del establishment como el resto de los políticos nacionales. Los propios Pablo Longueira y Carlos Bombal llevan ya 13 años como parlamentarios. La percepción social de los políticos como personas corruptas y con cuestionable moral, que la UDI contribuyó a alimentar se ha convertido en una amarga sopa del propio chocolate gremialista.

 

Lo que hizo Pía Guzmán fue, por lo decir lo menos, inoportuno e insensato. Pero el manto de duda que la diputada exitosamente sembró en la opinión pública sobre los parlamentarios fue facilitado por el trabajo previo de descalificación de la política que con tanto ahínco realizaron los camaradas del partido que ahora se ve más afectado por las acusaciones. Lamentablemente, de poco sirve subrayar que la diputada irresponsablemente desvió la atención pública de la lucha contra la pedofilia en el país. Pero no por ser ahora víctimas de acusaciones sin fundamento, la UDI ha abandonado su estrategia de desprestigio a la política. Aludiendo inconcebibles conexiones con el asesinato de Jaime Guzmán en 1991, el presidente de la UDI advirtió que “no nos doblegaron cuando mataron a Jaime, menos lo van a hacer con esto.”  Sin dar nombres, pero insinuando un complot político, Longueira recurrió a la misma estrategia necia e irresponsable de Pía Guzmán.

 

No sorprende entonces que la opinión pública otorgue cierta credibilidad a las infudadas acusaciones de la diputada. No faltan los que ya argumentan que la clase política ha cerrado filas para protegerse a sí misma. Otros correctamente señalan que da igual, porque con el sistema binominal, la Concertación y la Alianza se dividirán los escaños parlamentarios en partes iguales el 2005. 

 

Las instituciones democráticas requieren que los partidos políticos que las operan funcionan adecuadamente. En Chile, pese a los problemas y dificultades, la clase política ha demostrado ser notablemente eficiente. Los liderazgos ejercidos por Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Ricardo Lagos han sido responsables, mesurados y, sobre todo, honestos. Se han cometido errores, ¡qué duda cabe! Pero La Moneda ha sido una reserva constante de autoridad moral y ética. Hoy, que la campaña de descalificación de los políticos ha alcanzado al partido que irresponsablemente tiró la primera piedra, es momento propicio para poner fin a la demonización de la política y separar a los buenos de los malos. Pero también debe primar el celo y el compromiso absoluto para perseguir criminalmente a pedófilos y pederastas, caiga quien caiga.