Ricardo, El Bueno

Patricio Navia

La Tercera, octubre 4, 2003

 

En menos de un año la clase política ha pasado de subrayar en exceso las debilidades y carencias del presidente Lagos y de su gobierno a un ensalzamiento igualmente excesivo de sus bondades. Aunque ha cometido errores (e inevitablemente los seguirá cometiendo en los 29 meses de mandato que le restan), su alta popularidad continuará siendo una poderosa arma de negociación y una formidable coraza frente a sus adversarios. Sin duda alguna, el presidente pasa por su mejor momento en La Moneda. Pero el gran desafío de su administración se mantiene vigente. Para pasar a la historia como un grande, Lagos tendrá que entregar la banda presidencial a un sucesor de su propia coalición. Así como Allende entró a la historia por la puerta ancha pese a haber hecho un mal gobierno, Lagos podría entrar a la historia como un derrotado si no logra evitar el triunfo electoral de Lavín en diciembre del 2005.

 

Después de sus primeros 43 meses en el poder, nos hemos acostumbrado a su estilo de gobierno, caracterizado por su sobre-exposición mediática, su obsesión por participar de todos los debates y su poca preocupación por fortalecer a la Concertación. No nos sorprende verlo enfrentar problemas por más difíciles que estos parezcan. Cuando los casos Coimas y Gate parecían tenerlo al borde del knock-out, Lagos contraatacó impulsando la modernización del estado, una reforma que será uno de sus legados más importantes. A un año de los escándalos, el presidente goza de los niveles de popularidad más altos de su mandato. Su decisión de acompañar a su esposa a una intervención quirúrgica en Boston ayudó a confirmar que este hombre que parece haberse preparado toda la vida para llegar a La Moneda es también un esposo ejemplar y un compañero solidario. La única duda que persiste es qué tan alta puede llegar su popularidad en las próximas encuestas.

 

La cercanía a Lagos se ha convertido en un preciado bien. Los principales aspirantes presidenciales de la Concertación son los ministros del gabinete. Socialistas y PPD se apresuran en subrayar que Lagos es un militante de sus filas. La canciller Alvear permanentemente destaca el liderazgo del presidente y el ministro Ravinet parece feliz de trabajar para el que alguna vez criticó por querer ser director de orquesta y tocar todos los instrumentos a la vez. Incluso el belicoso presidente DC ha variado su estrategia. Hace meses que Adolfo Zaldívar ha evitado criticarlo directamente. Lagos se ha transformado en el principal capital electoral de la Concertación.

 

Hasta la derecha registra el cambio. Desde Longueira hasta Lavín, los jerarcas UDI entienden que atacarlo es una mala estrategia. Lavín entiende que sería desastroso convertir la presidencial del 2005 en un plebiscito sobre Lagos. Por eso la UDI buscará hacer del primer mandatario un factor irrelevante el 2005. ‘Lo nuestro es el futuro de Chile’ dirán desde las trincheras gremialistas. La UDI buscará neutralizar el efecto Lagos profundizando su estrategia de ser más leal con el presidente que la propia Concertación.

 

Para las presidenciales, Lagos enfrentará un desafío doble. Primero, la falta de un liderazgo dominante en la Concertación llevará a muchos a pedirle que señale su pre-candidato favorito. Aunque ninguno de los aspirantes reúne la combinación de sus destrezas administrativas, su experiencia en el gobierno y su estatura intelectual, Lagos se verá presionado a dar señales sobre sus preferencias. Si opta por marginarse del proceso electoral concertacionista después de las municipales del 2004, será difícil que logre transferir su popularidad al ungido de su coalición. Pero si se involucra demasiado en la selección del candidato, las intrigas y rencillas internas debilitarán la lealtad de los partidos con su gobierno.

 

Su segundo desafío será saber privilegiar adecuadamente una postura más concertacionista que de líder nacional. Aunque Lagos debe seguir insistiendo en que es el presidente de todos los chilenos, debe también dejar en claro que es un militante concertacionista disciplinado y dispuesto a trabajar resueltamente por el abanderado de su coalición. La tentación de adoptar una posición del tipo ‘después de mí, el diluvio’ no solo dañará la unidad de la Concertación sino que enlodará irremediablemente su legado histórico. Los presidentes populares no traspasan automáticamente su aprobación a sus delfines presidenciales. Como nos enseñó la experiencia de Churchill, haber sido exitoso en un momento histórico no representa una garantía de apoyo electoral. El país puede estar agradecido de su líder y a la vez querer cambiar de liderazgo.

 

La tentación a concentrarse sólo en su popularidad personal en vez de velar por la salud y unidad de la Concertación comprensiblemente aflige a un presidente cuya popularidad crece inversamente a la viabilidad futura de la Concertación. Pero sería un error para Lagos suponer que su lugar en la historia no está invariablemente atado al resultado electoral del 2005. Es hora de que el presidente, con tacto, tino y mucha discreción, se dedique activamente a lograr que su popularidad se traspase hacia sus aliados y beneficie a la coalición política que lo llevó al poder.