Patricio Aylwin Azócar

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 6, 2003

 

En días cargados de simbolismo, cuando líderes de izquierda y derecha se enfrascan en debates históricos de cuestionable utilidad inmediata, urge rescatar la figura de un político que se caracterizó por su moderación, su búsqueda de consensos y su apego a los principios democráticos y al estado de derecho. Cuando algunos intentan redimir al consecuente Salvador Allende y otros, cada vez menos, insisten en ensalzar al vilipendiado Augusto Pinochet, apremia la necesidad de destacar la figura de Patricio Aylwin.

 

Sin pretender ser héroe, Aylwin contribuyó mucho más que Allende a construir un Chile democrático, de más oportunidades para todos, libertad y solidaridad. Este abogado DC que tuvo una carrera sin excesivo brillo hasta asumir la presidencia del Senado en 1971, pasará a la historia como un líder mucho más valioso y eficaz que el inmolado socialista. Mientras Allende demostró ser mucho mejor mártir que presidente, Aylwin demostró en sus cuatro años en La Moneda que un hombre sencillo, ajeno a la frivolidad e incluso en ocasiones parco, puede contribuir mucho a abrir esas grandes alamedas por donde pasen los hombres libres. 

 

Sin creerse salvador de la patria, Aylwin también contribuyó más que Pinochet a consolidar una economía de libre mercado. En buena parte, debido al liderazgo del presidente Aylwin, Pinochet pasará a la historia mucho más por su legado de violaciones a los derechos humanos que por sus reformas económicas. Aylwin entendió la necesidad de mantener las saludables reformas económicas impulsadas durante el gobierno militar, apropiándose así de esa herencia dictatorial. El abandono que hoy sufre Pinochet por parte de sus otrora aliados y protegidos se explica por la imposibilidad de imponer el legado de las políticas económicas sobre el de las violaciones a los derechos humanos. Pero Aylwin hizo todavía más, otorgó un rostro humano a las políticas económicas poniendo un acento especial en la lucha contra la pobreza. Incluso su desafortunada declaración sobre el mercado cruel refleja su preocupación por los marginados de los beneficios de la modernidad y del capitalismo.

 

Hijo de un abogado que llegó a juez de la Corte Suprema, Patricio Aylwin nació en un Chile muy diferente. La movilidad social estaba directamente asociada al estado benefactor y al servicio público. Pero el Estado solo alcanzaba a proteger a un reducida clase media. La mayoría de los chilenos nacía, vivía y moría víctima de la exclusión y la pobreza. Su preocupación social lo llevó a intentar buscar remedio a la obstinada desigualdad. Y así inició una carrera política en la Falange y luego en el PDC, que lo llevaron a convertirse en presidente del Senado en 1971. Actor relevante en el proceso que culminó con el quiebre democrático de 1973, Aylwin, como la mayoría de los chilenos, quería que el caos del gobierno de la UP terminara pronto. Pero a diferencia de la mayoría de los chilenos, Aylwin trabajó activamente para lograr el fin de la dictadura. Promotor durante los 80 de un entendimiento entre demócratas de todos los colores políticos, Aylwin fue instrumental para la formación de la Concertación, pero también para garantizar a la derecha que una transición a la democracia no significaría una caza de brujas contra aquellos que colaboraron con la dictadura. Obsesionado con la moderación y la cautela, el liderazgo de Aylwin nos ayudó a tener una de las transiciones a la democracia más pacíficas y tranquilas del continente.

 

Como ocurre con todos los grandes hombres, su carrera política estuvo también marcada por notables errores. La obsesión por recuperar el poder en 1988 llevó a la Concertación a aceptar una transición pactada en términos excesivamente favorables para la saliente dictadura. La prudencia de Aylwin también le llevó a ceder a presiones indebidas durante la transición. Pero en el saldo final de su contribución política es marcadamente positivo. Sus aciertos superan con creces sus errores. A diferencia de la mayoría de los líderes latinoamericanos, Aylwin se retiró de la política después de su periodo presidencial. Sus esporádicos retornos al ruedo público han sido mayoritariamente acertados.

 

En estos días que conmemoramos las divisiones y viejos conflictos políticos, es imperativo rescatar la figura de aquel que simboliza el reencuentro de los demócratas. Con errores y debilidades, Patricio Aylwin ha entrado ya los anales de los grandes presidentes. Su habilidad para guiar al país por el difícil sendero de la transición y consolidación democrática, fortaleciendo una economía social de mercado con un fuerte énfasis en la lucha contra la pobreza lo convierte en un verdadero repúblico de la patria. Próximo a cumplir 85 años, Aylwin debiera observar satisfecho como su memoria no evoca las confrontaciones que provocan las de otros líderes. Lo suyo fue siempre la moderación y la cordura. La patria se lo agradecerá con la misma tranquilidad, justicia, tolerancia y orden que el nos ayudó a recuperar y a construir. Aunque su monumento debiera ocupar un lugar destacado junto al de Arturo Alessandri frente a La Moneda, la gratitud nacional por su liderazgo no debiera esperar hasta el día de su partida.