Fotos con el presidente

Patricio Navia

La Tercera, 28 de junio de 2003

En la activa bolsa de la popularidad política se están transando cuatro fotos con Lagos por una con Soledad Alvear. Tres fotos con el presidente bastan para obtener una con Jaime Ravinet. Después de su new look, se necesitan cinco fotos con Lagos para poder adquirir una con Michelle Bachelet.

Al advertir que no se tomaría fotos con parlamentarios oficialistas que se oponen a elementos del plan de sustitución de tributos de La Moneda, el presidente innecesariamente tensionó la difícil convivencia entre su gobierno y la DC. Los líderes deben buscar convencer más que imponer. Y los buenos líderes controlan su temperamento para evitar que las diferencias de opiniones devengan en crisis políticas. Pero el principal error del quisquilloso presidente socialista no fue su predisposición a retomar la senda de la confrontación, sino negarse a aceptar que debe olvidarse de su popularidad personal y dedicarse a mejorar la popularidad del gobierno y de los precandidatos de la Concertación.

El presidente no erró al permitir que sus ministros señalen a los parlamentarios derechistas que votaron contra del Chile Solidario. Aunque la derecha defiende un sistema electoral donde los votantes no tienen ninguna capacidad de decidir, la democracia supone que los electores pueden castigar a los parlamentarios que no defienden sus intereses. Enojarse porque se informa sobre sus historiales de votación demuestra una vez más el favoritismo por el despotismo ilustrado que reina en el mundo conservador. Pero el presidente no tenía para qué usar la misma estrategia con sus aliados. Adolfo Zaldívar había comenzado a entender que el futuro éxito de la DC depende de su capacidad para dar garantías de gobernabilidad y responsabilidad política en la Concertación. Mientras la derecha ha caído víctima de un optimismo excesivo respecto al 2005, con RN y la UDI peleando por cuotas de poder a repartirse después de un hipotético triunfo electoral, la DC había dado señales de acercamiento a La Moneda.

Por cierto, la ambición desmedida y la animadversión evidente entre RN y la UDI subrayan tanto lo riesgoso que resulta tener en el poder a una coalición política inviable como la falta de liderazgo político de Joaquín Lavín. Su obsesión por quedar siempre bien con todos ha llevado al alcalde de Santiago a huir de su principal desafío: la construcción de una coalición política amplia que lo respalde con votos y unidad de criterios en caso de llegar a La Moneda. Sin coaliciones fuertes, los presidentes en América Latina inevitablemente corren la suerte del peruano Alejandro Toledo y el argentino Fernando de la Rúa. El gran mérito histórico de la Concertación ha sido su capacidad de garantizar la gobernabilidad. Aún cuando han escalado las disputas entre DC y La Moneda, la Concertación nunca ha dado el espectáculo de odiosidad y descontrol que han brindado Pablo Longueira, Sebastián Piñera y los caudillos de RN. Las democracias necesitan coaliciones políticas que garanticen estabilidad y gobernabilidad. Para ser exitoso, los países exitosos también precisan de líderes que puedan congregar y convocar. No sirven los líderes que huyen de los problemas para cuidar su imagen.

Pero tampoco sirven los líderes que están más preocupados de su popularidad personal que de la fortaleza y cohesión de sus gobiernos y coaliciones políticas. En un país donde la re-elección inmediata es imposible, la alta popularidad presidencial solo sirve si es traspasada creíblemente a los candidatos del gobierno. Y aún si eso fuera fácil de lograr, el candidato presidencial concertacionista del 2005 tendrá que privilegiar una estrategia más de quiebre que de continuidad con el gobierno de Lagos. Ningún candidato que diga ‘porque hemos gobernado 16 años queremos cuatro años más’ tendrá éxito. Aunque realizar un buen gobierno es condición necesaria para ser viable en las próximas presidenciales, el candidato oficialista deberá huir del continuismo y minimizar el costo que implica ser el abanderado (o abanderada) de una coalición que lleva tanto tiempo en el poder.

Al fustigar a parlamentarios concertacionistas por no acatar subyugadamente todas sus propuestas legislativas, Lagos demostró una vez más la soberbia y el mal genio que le han traido problemas en sus tres años en La Moneda. Pero ese exabrupto también dejó claro que el presidente sigue más preocupado de su futuro político que del de la Concertación. Aunque nunca ha dicho después de mí el diluvio, la actitud Lagos no facilita la construcción de confianzas al interior de la Concertación. Es más, hace daño al principal activo de la coalición del arco iris, la capacidad de garantizar gobernabilidad y cohesión en el mando.

Más que aspirar a que los candidatos quieran sacarse fotos con él para sus campañas, el presidente debiera aspirar a que los parlamentarios quieran fotos con él para sus escritorios privados, para recordarlo como un hombre que lideraba convenciendo, construyendo consensos, asumiendo responsabilidades, no huyendo de los problemas ni tratando de imponer sus iniciativas amparado en sus altos niveles de popularidad.