Hoy vamos bien, mañana mejor

Patricio Navia

La Tercera, sábado 19 de abril de 2003

 

La frase era el estribillo de una propaganda de la dictadura a comienzos de los 80. El país entonces no iba bien y después iría peor. Pero los asesores de Pinochet se esmeraban en presentar una imagen más optimista. Usted no está solo, presidente, le decían. Los gobiernos a menudo caen en la tentación de creer que la gente no percibe el lamentable estado de ánimo que las crisis políticas generan al interior del gobierno.

 

Fiel a su costumbre de sobreexponerse ante los medios de comunicación, el Presidente Lagos ha salido a desmentir que su gobierno esté en crisis. Hace unos días señaló que “parece que está de moda hablar que el Presidente de Chile está solo, pero les quiero decir, mis amigos, que pocas veces me he sentido más acompañado de cada uno de los trabajadores y las personas de este país". La gran mayoría de los chilenos, que nunca leyó la entrevista donde el PPD Guido Girardi dijo que el presidente estaba solo, recién se enteró del asunto cuando Lagos se refirió al tema. Sin necesitar hacerlo, el propio presidente puso en el tapete del debate nacional la crisis política que hace varios meses acosa a su gobierno.

 

Para ser justos, la crisis parcialmente es producto de situaciones que escapan al control de La Moneda. El lento crecimiento de la economía mundial, los problemas económicos y de gobernabilidad de nuestros vecinos, el nuevo orden mundial después del 11 de septiembre del 2001 y el agotamiento de la Concertación después de 13 años en el poder son desafíos que ni Aylwin ni Frei debieron enfrentar. Pero la crisis también ha sido causada por errores propios. Su estilo de hacer gobierno hizo aguas hace tiempo, pero el presidente se niega a abandonar su protagonismo mediático y su tendencia a inmiscuirse en todos los temas.

 

Desde sus primeros nombramientos, Lagos demostró especial preferencia por el nepotismo, amiguismo y apellidismo. Cinco de sus  primeros 15 ministros eran hijos de políticos importantes. Lagos se rodeó de familiares en el Segundo Piso y de asesores cuyo único objetivo era aumentar la popularidad presidencial. En los momentos claves, el presidente pareció ponerle más atención a sus amigos y familiares, en especial a su cada vez más influyente esposa, que a asesores profesionales que buscaran el éxito del gobierno y de la Concertación. El presidente no entendió que la política es como el fútbol americano, el equipo ofensivo no puede ser el mismo que el equipo defensivo. Aquellos con los que trabajó en la campaña no eran necesariamente los más idóneos para acompañarlo en La Moneda. La unidad y el fortalecimiento de la Concertación, principal garante del crecimiento y estabilidad política en los 90, quedó en último lugar en la lista de prioridades.

 

Lagos sabía que la Concertación sufría un proceso de debilitamiento desde 1997. Con Pinochet derrotado después de su arresto londinense, la fuerza unificadora de la coalición había desaparecido. Lagos debía buscar una nueva razón de ser para la coalición que le permitió ser el primer socialista en obtener una mayoría absoluta de los votos. Dejar a los partidos que se encargaran de reinventarla fue un acto de suprema irresponsabilidad. Al olvidarse de su salud y fortalecimiento, Lagos literalmente dejó morir a la gallinita de los huevos de oro de la estabilidad política y la mayoría electoral de los 90. De poco sirve ahora empezar a preguntar si la primera piedra que ha terminado por derribar al edificio Concertación salió de éste u otro partido. La historia consignará que la Concertación murió bajo el liderazgo de Lagos.

 

Aunque resulte de perogrullo señalarlo, toda crisis es también una oportunidad. Pero para pasar de la defensiva a la ofensiva se necesita primero la valentía de abandonar la negación y reconocer los problemas. Sólo así se podrán diseñar estrategias que permitan pasar a la ofensiva, gobernando con éxito y ejerciendo constructivamente su liderazgo.

 

Más que la corrupción o la crisis económica, el principal problema del presidente hoy es la debilidad de la Concertación. Aunque los pesimistas la dan por muerta, los más optimistas reconocen que tiene serios problemas. Pero no todo está perdido. El presidente tiene grandes cosas a su favor. La economía finalmente empieza a repuntar. Aunque tardío, el despegue económico llegará en el momento exacto, a pocos meses de la campaña electoral para las municipales. Dichas elecciones también servirán para que la Concertación abandone las disputas generadas por choques de personalidades diferentes y se vea obligada a privilegiar lo que los une por sobre lo que los separa. Finalmente, pese a todo y porque ha eso se han dedicado en el Segundo Piso, el presidente goza de respetables niveles de popularidad. En los 18 meses que faltan para las elecciones municipales, Lagos debe abocarse a reconstruir la Concertación. Si eso implica enemistarse con líderes díscolos y defensores de la vía propia, el precio bien vale la pena. Si Lagos se anima, no tendrá que preocuparse de que “los trabajadores y las personas de este país,” que saben que la estabilidad y el crecimiento de los 90 estuvieron asociados con la fortaleza y unidad de la Concertación lo vayan a dejar solo.