El Mesías

Patricio Navia

La Tercera, febrero 8, 2003

 

En Chile no tenemos déficit de políticos impopulares. A mediados de los 90, Camilo Escalona se caracterizó por enarbolar la bandera del ‘odio quiero más que indiferencia’. En los últimos años, Pablo Longueira ha dado la pelea para quedarse con el título de político más impopular. Pero desde que asumiera la presidencia de la DC, el senador Adolfo Zaldívar ha logrado posicionarse rápidamente en los primeros lugares. En la última encuesta del CEP (diciembre 2002), la lista de políticos más rechazados la encabezó Gladys Marín, seguida de Longueira. Adolfo Zaldívar compartió el tercer lugar con Escalona (PS), Jovino Novoa (UDI) y Carlos Bombal (UDI.)

 

Pero los políticos que despiertan rechazo en la opinión pública a menudo entienden que lo suyo es hacer el trabajo sucio. Ya sea porque buscan sembrar una semilla que germinará en muchos años más, porque necesitan predicarle a sus conversos o porque en el juego del bueno y el malo entienden que les toca ser el malo, dichos políticos entienden que su papel está restringido a construir las condiciones para que sean otros los que puedan cultivar el afecto de la opinión pública.  En ese sentido, Camilo Escalona fue en su momento un leal escudero del candidato presidencial PS-PPS. Mientras Ricardo Lagos se esmeraba en ganar la simpatía de los votantes moderados, Escalona se preocupaba que la izquierda de la Concertación no mirara para el lado. A su vez, Longueira ha ido al sacrificio innumerables veces por Joaquín Lavín. Mientras Lavín parece moldearse al estribillo de la canción Nunca quedas mal con nadie, Longueira ha hecho el trabajo sucio a la perfección. Desde el arresto de Pinochet en Londres hasta la ley de pesca, Longueira se sacrifica para que Lavín mantenga índices de popularidad altos. Si detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer (o viceversa), detrás de un político simpático siempre hay uno que sabe hacer el trabajo sucio.

 

Adolfo Zaldívar quiere desafiar esa regla de la política. Envalentonado por su éxito en  devolverle el alma al cuerpo a la DC, el senador que obtuvo 11.302 votos en diciembre del 2001, ha dejado escapar en varias ocasiones su intención de ser el candidato presidencial el 2005. Con un discurso mesiánico que se ha legitimado al interior de la DC después que aparentemente la salvó después de la catástrofe electoral del 2001, el senador quiere ahora ser el salvador de la Concertación.

 

Pero hay algunos problemas. Primero, suponiendo que ha sido exitoso, Zaldívar salvó a la DC porque cree profundamente en ese partido. Su compromiso con la Concertación siempre ha sido, a lo más, tibio. Es difícil salvar un proyecto del que uno nunca ha estado completamente convencido. Segundo, tanto Zaldívar como sus adversarios partidistas creen equivocadamente que el entusiasmo de los militantes es condición necesaria y suficiente para que la DC vuelva a ser el partido más importante del país. Sin entender que el partido con militantes más comprometidos es el PH, Zaldívar actúa como si tuviera el camino recorrido. Pero para volver a encantar al electorado, la DC no puede resucitar el discurso de la Revolución en Libertad de 1964 ni buscar ser garantía de una transición pacífica hacia la democracia. El mismo mensaje que usó para re-encantar al partido no sirve para re-encantar al país.

 

Pero el principal problema que enfrenta el mesiánico senador por Coihaique es no entender que el papel que le tocó representar en el teatro de la política es más parecido al de Juan el Bautista que al de un Mesías. Habiéndose posicionado como el equivalente DC de Escalona y Longueira, Adolfo Zaldívar solo puede aspirar a ser el valiente escudero que despeje y allane el camino al candidato(a) presidencial DC en dos años más. Y es allí donde el éxtasis de su victoria política del 2002 se convierte en el trago amargo de la derrota al no tener delfín presidencial. Ni la disciplinada, carismática y hábil política Soledad Alvear, ni el experimentado, dispuesto y curtido en el juego del poder Frei Ruiz-Tagle son sus candidatos favoritos. El ministro Jaime Ravinet y el senador Alejandro Foxley representan solo alternativas menos dolorosas para Zaldívar. Después de llegar exitosos a la cumbre del poder en la DC, Zaldívar se da cuenta que no tiene bandera alguna que clavar, proyecto presidencial viable que avanzar.

 

Aunque no se equivocan los que creen que el divorciado senador esconde aspiraciones presidenciales propias, tampoco hierran los que entienden que un candidato DC que nunca se identificó con la Concertación no tiene mucho futuro. Atrapado entre el éxito de haber aparentemente revivido a una difunta DC y la desesperación de no tener carta presidencial creíble, el político del año 2002 no parece tener una buena salida. Tendrá que optar entre impulsar una suicida aventura presidencial que emule a Frei Bolívar en 1999 o Francisco Javier Errázuriz en 1989 o aceptar ser el Juan Bautista de algún camarada presidenciable DC. Nada fácil para un político con inclinaciones mesiánicas. Tal vez Zaldívar logre encontrar consolación en un poema de otro gran incomprendido en su tiempo, el gran literato argentino que escribió: “Oh, destino de Borges, tal vez no más extraño que el tuyo.”