Longueira para presidente

Patricio Navia

La Tercera, enero 25, 2003

 

Aunque hasta ahora solo los más recalcitrantes militantes UDI se habían atrevido a sugerir a Pablo Longueira como candidato presidencial, la decisión del presidente Lagos de invitar al presidente de la UDI a La Moneda a negociar un acuerdo para lograr la modernización del estado parecen haberle dado el espaldarazo soñado al belicoso diputado. Al convertir a Longueira en el interlocutor que ofrece una salida a la crisis de inacción oficial producida por los escándalos GATE y coimas, por la disolución de la Concertación y por las dudas presidenciales respecto al cambio de gabinete, La Moneda pagó demasiado caro por el salvavidas para salir del hoyo en que se encontraba a mediados de enero.

 

Sabiendo que no podía contar con la lealtad irrestricta del PDC, que el PPD sigue en estado de coma emocional y que el PS está más preocupado de su proceso interno que de darle piso a La Moneda, el presidente creyó verse obligado a optar entre un cambio de gabinete o negociar con la derecha. La primera opción fue correctamente descartada por extemporánea. Los cambios de gabinete se realizan para anunciar una nueva etapa, no para hacerse cargo de una crisis. Así, el presidente invitó a un ávido Pablo Longueira a La Moneda. Las encuestas indican que los chilenos quieren negociación y no conflicto. Por eso que en presidencia sonrieron cuando vieron a Lagos y Longuiera pactar un acuerdo para la reforma del estado y para legislar sobre el financiamiento de la política.

 

Pero en la audaz movida del presidente hay una serie de riesgos. Al negociar prescindiendo de sus ministros, el primer mandatario ha puesto su credibilidad en la línea. Si la UDI fuera realmente mal intencionada, los poderes fácticos del gremialismo no dudarían en sacrificar la carrera política de Longueira en un par de meses sólo para infligir un daño irreparable a la imagen presidencial. De acuerdo, los poderes fácticos no quieren que la crisis actual se convierta en una crisis de liderazgo nacional. Pero si las iniciativas acordadas entre Longueira y Lagos fracasan, La Moneda pierde muchísimo más que la UDI. Y lo que es peor para el oficialismo, mientras Lagos arriesga mucho, Lavín se mantiene totalmente alejado de esta maniobra.

 

Aunque Ricardo Lagos sea uno de los mandatarios más intelectuales y mejor preparados que ha tenido el país, su sorprendente intelecto no lo convierte necesariamente en el político más hábil que ha ocupado La Moneda. Hace 20 años, cuando arreciaba la crisis económica y el dictador Augusto Pinochet temía ser derrocado, la presión pública y el limitado espacio político para maniobrar lo obligaron a realizar un gesto conciliador hacia la oposición.  Pinochet encomendó la negociación a su recién nombrado Ministro del Interior Sergio Onofre Jarpa. Buscando ganar tiempo, pero también consciente de la urgencia de afirmarse en el poder, Pinochet entendió que no podía obstinarse en una posición intransigente. Pero el dictador no entró a negociar personalmente con la oposición para así evitar asumir el costo político de una fracaso de las negociaciones y guardarse la posibilidad de quitarle el piso, apenas volviera a sentirse fuerte, a su hábil ministro. Al final las conversaciones no llegaron a final feliz, pero Pinochet logró afirmarse en el poder.

 

De acuerdo, la situación del 2003 es muy distinta a la de 1983. La crisis política causada por el escándalo coimas y el escándalo Gate es minúscula comparada con la tensión provocada por la crisis económica y política de 1983. El presidente Lagos goza de una legitimidad democrática que Pinochet nunca logró obtener. Mientras Pinochet temía ser depuesto, en el peor momento Lagos sólo temió convertirse en un presidente forzado a la inacción. Además, Chile no es el mismo y las comparaciones son siempre odiosas. Pero Pinochet entendió algo que el presidente Lagos parece haber olvidado. Para evitar ser dañado por un eventual fracaso de las iniciativas acordadas en la negociación, los presidentes siempre utilizan a sus ministros como representantes a la hora de negociar con la oposición. Si la política fuera ajedrez, el presidente es el rey, el ministro del interior es la reina. Por eso, cuando se trata de asuntos espinudos y de alto riesgo político, el presidente envía a su ministro del interior.

 

Ya que Lagos aún no se decide respecto al cambio de gabinete y los ministros en ejercicio ocasionalmente parecen hombres y mujeres muertas caminando, resultaba difícil encomendarle a un gabinete desprestigiado la negociación con Longueira. Después que el presidente de la DC le quitara el piso a las negociaciones Insulza-Longueira hace unos meses, era complicado buscar que la UDI volviera a sentarse a la mesa de negociación. Pero esas dificultades debieran haber servido al presidente para decidirse primero a ordenar la casa concertacionista y al gobierno antes de salir a hipotecar su capital político personal en esta jugada arriesgada que, de salirle bien, rendirá muchos más frutos a Longueira y a la UDI que a la coalición política que llevó a Lagos a La Moneda.