Réquiem

Patricio Navia

La Tercera, enero 14, 2003

 

Los más autoflagelantes dirán que la Concertación empezó a morir el día de la derrota de Pinochet el 5 de octubre de 1988. La decisión de privilegiar la negociación y concesiones a la dictadura y a sus colaboradores supuso abandonar sus principios democratizadores y participativos fundacionales. En esa lectura, Aylwin, Boeninger y Correa, con la aquiescencia de los partidos integrantes, prepararon la elitista cicuta que ayer, después de 13 años, terminó con la vida de la Concertación. 

 

Los autocomplacientes, en cambio, enfatizarán los éxitos logrados y subrayarán la lógica electoral para explicar que, por más que se detesten, el PS, PPD, PRSD y PDC seguirán juntos en las próximas elecciones. Algunos incluso dirán que es saludable la alternancia de poder y, al final del día, gritarán ¡viva el cambio! No pocos empiezan ya, aduciendo a su condición de técnicos, a acercarse a Lavín. Es comprensible. Muchos nunca entendieron que además de crecimiento y estabilidad, la Concertación representaba un ideal de igualdad de oportunidades y mejor distribución de la riqueza. Esas no son prioridades de Lavín ni de la derecha.

 

Los autoflagelantes no entienden que el momento más glorioso de la Concertación no fue el 5 de octubre sino el periodo 1990-98. Lo que en 1988 parecía una posibilidad atractiva se convirtió en una realidad que nos permitió soñar con las estrellas y ver sueños convertidos en realidad. Por su parte, los autocomplacientes recién empiezan a reconocer que la premura por tomar el poder en 1990 los llevó a una lógica de ‘transar sin parar,’ en palabras del historiador Alfredo Jocelyn-Holt.

 

Cuando Pinochet pasó de ser sujeto a objeto de la política nacional, el elemento aglutinador de la Concertación comenzó a desaparecer. Las presidenciales de 1999 permitieron mantener unida a esta coalición. Después, al intentar gobernar sin atender las necesidades y complejidades de los partidos, el presidente Lagos abandonó al paciente en la unidad de cuidado intensivo. La aparición de Adolfo Zaldívar fue la respuesta desesperada de un partido que sabía moribundo. Para salvar a la DC, Zaldívar se apuró en darle el tiro de gracia a la Concertación. Pero el colorín solo apretó el gatillo, los asesinos intelectuales son otros. Algunos siguen parapetados en los partidos sin entender que la Concertación era mucho más que la suma de sus partidos. Otros insisten en la lógica de políticas públicas eficientes sin entender que la gente quiere también mística e identidad. En vez de trabajar para convertirla en un solo partido político moderno, ágil y con estilo de siglo XXI, la elite política concertacionista se obstinó en mantener viva una lógica de partidos propia de la década de lo 60 y la elite tecnocrática nunca entendió la necesidad de construir sueños.

 

El presidente Lagos, cuyo triunfo electoral fue solo posible gracias a la Concertación, cometió el peor de los errores, dejó morir a la gallina de los huevos de oro electorales. La lealtad de los legisladores y funcionarios de confianza pasa por la expectativa de seguir en el gobierno más allá del fin del actual periodo. Lagos, rodeado de falsos y aduladores profetas, no entendió que para generar lealtad hay que primero otorgarla y para cosechar fidelidad hay que primero dar muestra inequívoca de la misma. Al privilegiar su presidencia sobre la salud de la Concertación, Lagos demostró su poca lealtad con la coalición de gobierno.

 

Hoy el presidente está golpeado y dolido, sin carta de navegación y sin saber cómo responder a la coyuntura. Aunque parezca irresponsable, lo más adecuado sería retirarse a sus vacaciones a diseñar una carta de navegación para los próximos tres años y prepararse a relanzar el gobierno en marzo. Hay mucho cimiento sobre el cual construir. Después de todo, el suyo ha sido un gobierno realizador y el presidente tiene la mística y la capacidad intelectual para embarcarse en un proyecto refundador.

 

A estas alturas, ir salvando a los partidos o recomponer la Concertación a través de negociaciones entre partidos que se guardan rencor es imposible. Pero el presidente puede asumir el verdadero gran desafío de su periodo. Hoy, cuando más inevitable parece el naufragio, cuando más oscuro se anticipa el porvenir, es también el momento más adecuado para convocar a los millones que se sienten identificados con los valores de libertad, igualdad de oportunidades, justicia social y crecimiento de la Concertación (aunque también privilegien el estilo de hacer política de la derecha). La clave de la estabilidad y el crecimiento experimentados por el país en los 90 fue la existencia de la Concertación. Hoy, que la Concertación yace en la morgue, más urgente se hace la tarea de construir un gran conglomerado político, amplio, pluralista, democrático, moderno, tolerante y libertario. Vino viejo, pero en odres nuevas, con estilo moderno y con instituciones políticas adecuadas para el siglo XXI. La existencia de la Concertación es condición necesaria, no suficiente, para volver al sendero del crecimiento económico y estabilidad política. En su ausencia, volveremos a los tres tercios, al populismo, al estancamiento y a la confrontación que nos llevó por el sendero del caos y la crisis hace 30 años.