El Legado

Patricio Navia

La Tercera, 11 de enero de 2003

 

Cuando más inmerso parece estar en la coyuntura política, más preocupado debiera estar el presidente de no perder de vista su objetivo más importante, su legado.

 

Hoy que arrecian las críticas por la errática forma en que La Moneda ha respondido al caso coimas y al escándalo GATE, el gobierno parece aletargado por el calor del verano. El excesivamente discutido cambio de gabinete, que parece haber quedado para después de las vacaciones, ha confabulado para que el shock concertacionista por los recientes golpes judiciales devenga en una paralización ministerial que sólo hacen reaparecer el fantasma del ‘este año no va a pasar nada’ del peleador y populista presidente UDI Pablo Longueira. El presidente Lagos se ve malhumorado y las palabras ‘dolor’ y ‘pesar’ son más frecuentes en sus declaraciones que los llamados a construir futuro y echarle para adelante. Por eso que para salir de la crisis actual e iniciar la segunda mitad de su presidencia, el presidente debe alzarse por sobre la coyuntura, olvidarse de la táctica cotidiana y utilizar sus vacaciones para diseñar una estrategia para ser exitoso en los próximos tres años. 

 

La historia—y nunca hubo presidente más preocupado de ella que Lagos—juzga a los presidentes con síntesis excesivamente simplistas y generales. En los libros de historia los hay sólo de tres tipos, los presidentes de buen legado, los de mal legado y los de confuso legado. En Chile hemos tenido de todo. Mientras Aylwin y Frei quedarán en la primera categoría, Pinochet y Allende corresponden al tercer grupo. La ubicación final de Lagos dependerá de lo que haga en su segunda mitad. Las señales que de entre febrero y mayo, partiendo por el cambio de gabinete, permitirán anticipar lo que Lagos hará en la segunda mitad.

 

Patricio Aylwin pasará a la historia como el presidente de la transición a la democracia. Pese a sus desafortunados comentarios sobre el mercado cruel y su antipatía por los malls, será recordado como un demócrata que avanzó enormidades en lograr la reunificación nacional. No obstante su excesiva cautela para investigar casos de corrupción durante la dictadura o para obligar a los militares a ser más respetuosos del orden institucional, Aylwin entendió muy bien que su legado sería uno marcado por la transición.  Junto a reabrir el país al mundo, Aylwin buscó la reconciliación nacional. En rasgos generales, tuvo éxito. Si en Chile se pudiera construir monumentos a próceres antes de morir, Aylwin ya tendría uno en la Plaza de la Constitución.

 

Eduardo Frei Ruiz-Tagle, entendiendo menos de política y con mucha menos experiencia que Aylwin, también comprendió la necesidad de dar un hilo conductor a su mandato. El suyo fue el gobierno de la modernización. La reforma educacional, la reforma judicial, las privatizaciones y el monumental programa de concesiones le harán pasar a la historia como un presidente realizador. Su poca curiosidad intelectual, poca muñeca política y excesiva confianza en ministros que no siempre entendieron bien la necesidad de construir un legado serán invitaciones permanentes para análisis revisionistas sobre su sexenio, pero Frei Ruiz-Tagle fue un presidente mucho más exitoso que su padre. La guinda de la torta de su buen periodo fue el 11 de marzo del 2000 cuando entregó la banda presidencial a Ricardo Lagos, un miembro de su coalición de gobierno.

 

El legado de Lagos, así como van las cosas, es confuso, con momentos de gloria y situaciones vergonzosas, una mezcla de lo mejor de nuestra historia y también de sus momentos más lamentables. Hasta hoy, se está pareciendo en la naturaleza, más que en el contenido, al del dictador Augusto Pinochet y del socialista Salvador Allende. Si la imagen de Allende evoca recuerdos de justicia social mezclados con desorden y caos político, el recuerdo del ex dictador genera no menos controversia. Acertadas reformas económicas e imperdonables violaciones a los derechos humanos componen un legado difícil de definir, ambiguo, con lo mejor y peor de lo que hemos vivido en el país. 

 

Después de tres años en La Moneda, el legado de Lagos comienza a tomar forma. Qué duda cabe, el presidente se ha anotado grandes éxitos. Los acuerdos de libre comercio, el seguro de desempleo, el fin de la censura, la institucionalidad cultural, la incorporación decidida de las mujeres a puestos de liderazgo y una serie de reformas económicas demuestran que este ha sido un gobierno realizador. Pero la lenta actividad económica junto a los escándalos de corrupción recientes amenazan con salpicar feamente el legado presidencial. Peor aún, la actitud dubitativa y errática del primer mandatario respecto a la rúbrica que le quiere dar a su segunda mitad poco a poco se convierten en negras nubes en el horizonte político de los próximos tres años.

 

Felizmente para Lagos, sus días de vacaciones le darán una oportunidad inmejorable para definir inequívocamente el rumbo a seguir en su segunda mitad. El cambio de gabinete deberá ser la señal de mando del presidente para convocar a sus aliados, adherentes y al país entero a la tarea de forjar un Chile mejor y, de paso, asegurarse un lugar en la galería de los presidentes de buen legado.