La huella de Felipe

Patricio Navia

La Tercera, edición especial, diciembre 2003

 

A comienzos de los 90, antes de que Tony Blair se alzara como modelo para la centro-izquierda, muchos en América Latina gustaban de compararse con el entonces presidente del gobierno español Felipe González.

 

González (1942) entró al Partido Socialista Obrero Español en 1962 en plena dictadura. Rápidamente subió por la escalera del poder y en 1974, a los 32 años, fue nombrado secretario general del PSOE. En 1976, al año siguiente de la muerte de Franco, el primer ministro Adolfo Suárez inició la transición a la democracia que culminó con la nueva constitución de 1978 que convirtió a España en una monarquía constitucional. Liderando el PSOE, Felipe González jugó un papel fundamental en los acuerdos de La Moncloa, logrando tanto mayor democracia en todo el proceso como un compromiso total y decidido de su partido con la vía institucional. La apuesta resultó bien, porque después de la renuncia de Súarez en 1981, González llegó a la presidencia del gobierno con mayoría absoluta en el parlamento en 1982. Con Felipe, España vivió un renacimiento, salió a conquistar el mundo. Las olimpiadas en Barcelona y la Expo de Sevilla en 1992 fueron una forma magistral de celebrar el quinto centenario. Felipe fue, a todas luces, el socialista más exitoso de la década de los 80 en el mundo.

 

Para el socialismo renovado de Chile entonces, la figura de González evocaba cariño y admiración. No sorprende pues que el promisorio líder Ricardo Lagos lo viera como un modelo a seguir. Menos carismático y de más edad que el español, Lagos a menudo era comparado con González tanto por sus ideas como por su capacidad de lograr llevar al socialismo a posiciones más moderadas, más afines al capitalismo y al libre mercado. En fin, la capacidad de crear una social democracia eficiente, capaz de gobernar, generar mayor crecimiento y combatir la desigualdad eran lo que había logrado González y lo que podría lograr Lagos en Chile.

 

Pero a diferencia de González, Lagos no logró su posición de liderazgo subiendo peldaños en la estructura partidista del socialismo. A mediados de los 80, Lagos era un líder socialista más, y pese a que muchos reconocían su gran capacidad intelectual, tenía poca participación en la vida partidista. El liderazgo de Lagos se consolidó fundamentalmente a través de los medios. El hombre que siempre ha querido pasar a la historia como el gran presidente republicano, en la mejor tradición decimonónica, logró ganarse su lugar en La Moneda utilizando la televisión. A diferencia de González, Lagos no invirtió mucho tiempo y esfuerzo en lograr la renovación de las bases del socialismo. Lo importante para él era que la gente viera a socialistas renovados y generalizara respecto a todo el partido. Fue desde el espacio público Lagos se impuso como el candidato presidencial del socialismo. Por eso que 14 años después del plebiscito, los dos partidos de Lagos están lejos de ser fuente de apoyo y legitimidad como fue el PSOE para González. Mientras el PS es un partido paladín de los derechos humanos, el PPD nunca llegó a convertirse en un partido político de verdad. Si la militancia del PS no logra entender que las prioridades de la gente incluyen también otros temas, la militancia del PPD lisa y llanamente no existe. Por eso mientras la presidencia de González fue también la llegada al poder del PSOE, la presidencia de Lagos no será considerada en la historia como el regreso al poder del Partido Socialista.

 

Así y todo, al llegar a la presidencia, Lagos evocó algunos temas característicos de González. La obsesión de nuestro presidente por posicionar las metas del bicentenario guardaban una cierta similitud con la visión de Felipe de una España reintegrada al mundo para 1992. La búsqueda de acuerdos comerciales que nos integren al mundo recuerda la obsesión de González por hacer de España una parte integral de Europa y un puente con América Latina. La superior capacidad intelectual de ambos líderes es digna de destacar, pero también lo es el excesivo celo con que ambos buscaban participar de la cotidiana tarea de gobernar.

 

La ironía de la comparación es que tal vez lo que más termine acercando a Lagos con González sea la forma en que ambos dejaron el poder. Mientras González perdió las elecciones de 1996 frente a José María Aznar, un renovado y joven líder derechista católico español, Lagos tendrá que jugársela con fuerza para evitar que entregarle la banda presidencial a Lavín. Y si la caída de González sumió al PSOE en una crisis de la que recién se empieza a levantar, la derrota del candidato presidencial de Lagos sumirá tanto a la Concertación como al PS-PPD en una crisis de la que también costará mucho levantarse. Finalmente, si el único recuerdo verdaderamente lamentable de la era González son los recuerdos de corrupción, la memoria del periodo Lagos ha quedado inevitablemente manchada también por los escándalos que sacudieron al país. Quiéralo o no, las lista de similitudes entre Lagos y González incluye ahora una que el presidente chileno habría hecho cualquier cosa por evitar.