Tentación al populismo

Patricio Navia
La Tercera, diciembre 28, 2002

Después de haber sido reemplazado por dictaduras militares y transiciones a la democracia, el populismo ha reaparecido en América Latina, y con rabia. La región hoy tiene más populistas en el poder que todos los que aparecieron en la década anterior. Ya sea hayan aparecido como respuesta a la corrupción creciente, hayan capitalizado el rechazo y descontento con la crisis económica o se alimenten de sentimientos nacionalistas, indigenistas o anti-globalización, los populistas han cosechado importantes éxitos electorales. La preocupación por su reaparición es justificada. El flagelo costó más muerte y sufrimiento a la región que cualquier epidemia en el siglo XX.

El populismo ha menudo se confunde con el liderazgo. Los populistas son líderes naturales. Su gran oratoria, simpatía natural o capacidad para sentir en carne propia los sufrimientos de la gente les permite ganarse la confianza de millones que ansían trabajo, servicios básicos o mejores oportunidades. En esta ocasión, los populistas aparecen justo cuando se habla de una nueva crisis de liderazgo regional. Después de años de enfatizar la importancia de las instituciones, ahora se ha redescubierto la necesidad de buenos líderes: con las mismas instituciones, el Brasil de Lula no será igual al Brasil de Cardoso. La preocupación por construir instituciones que funcionen vino después de la justificada obsesión por adoptar medidas que terminaran con las enfermedades históricas de las economías latinoamericanas. La creación de Bancos centrales independientes, entes regulatorios adecuados y estados más pequeños y ágiles llevó a muchos a pensar que América Latina saldría del subdesarrollo con las instituciones adecuadas. Hasta el más inútil de los políticos podría ser exitoso si contaba con el marco institucional apropiado. Hoy sabemos que las instituciones son castillos de arena cuando arrecia la marea del populismo.

En Chile, los gobiernos de la Concertación se caracterizaron por el anti-populismo. Es más, se les criticó por gobernar desde la elite, intentando desarticular a la sociedad civil. Pero la contraofensiva populista volvió en 1999. Con su iniciativa de pasar la noche en casa de vecinos, pedir juicio a Pinochet y buscar congeniarse con los familiares de detenidos desaparecidos, Joaquín Lavín utilizó sus ilimitados fondos económicos para hacer una campaña sin propuestas concretas. Peor aún, sus posiciones no eran compartidas por los líderes de su sector, su plan de gobierno era diametralmente opuesto a lo que entonces y hoy defiende la UDI y sus iniciativas de cercanía a la gente estaban diseñadas para la tele. Ricardo Lagos, que siempre se sintió más cómodo dando clases que golpeando puertas, le siguió malamente el paso. El contraste entre Lavín y Lagos lo ejemplificó a la perfección Arturo Fontaine Talavera cuando dijo que cualquier chileno le pediría primero a Lavín que a Lagos ayuda en caso de necesitar cambiar un neumático. De acuerdo. Lavín era claramente más simpático. Pero se trataba de elegir un presidente, no al mejor compañero de curso.

Al convertir la campaña presidencial en un concurso de popularidad personal más que en un debate de ideas y propuestas de coaliciones políticas, Lavín abrió una caja de pandora que había estado cerrada desde los 50. Después de salir electo, Lagos se compró el cuento. Nunca tuvimos un presidente más intelectual en la historia moderna, pero tampoco uno más preocupado de las encuestas o de sus apariciones en la televisión. Si Mitterand fue el presidente del Estado-Nación y Clinton el presidente mediático de las encuestas semanales, Lagos quiere ser las dos cosas a la vez. El mismo presidente que le dio 60 días a la ministra de salud para solucionar el problema de las colas pasará a la historia como el líder que nos dio acuerdos de libre comercio con Estados Unidos y Europa. De acuerdo, Lagos no es populista. Pero su presidencia ha echado mano a más herramientas populistas que las utilizadas por Aylwin o Frei.

Mientras gran parte de América Latina está siendo gobernada por populistas, en Chile nos enfrentamos a alternativas populistas igualmente preocupantes. Lo de Nelson Avila es el caso más emblemático y anecdótico, pero no el más potencialmente dañino. Empiezan a sobrar los líderes que buscan aparecer en las buenas fotos pero que rehuyen jugársela a la hora de alinear a sus partidos y coaliciones. Es cierto que un mundo cada vez más mediático es importante elaborar mensajes simples, directos y diseñados para la televisión. Pero eso no debería ser excusa para reemplazar proyectos de país por slogans de campañas publicitarias. Lo mediático no tiene por qué atentar contra las ideas de fondo y la visión de un país.

La tentación del populismo acecha. Hace tres años, Joaquín Lavín coqueteó con el populismo como candidato. Hoy, como único candidato presidencial oficialmente declarado, debiera ser él quién lidere la campaña de tolerancia cero a los políticos populistas que con sus promesas fáciles, discursos bonitos y campañas nos pretenden llevar por una pendiente resbaladiza a un país de caos, desorden, ingobernabilidad y crisis política.