¿Salvar al capitán o al barco?

Patricio Navia

La Tercera, 9 de noviembre de 2002

 

Que se hunda el barco, lo que importa es el capitán. Esa es la arenga de moda en Chile hoy. Pero no solo aplica a la estrategia diseñada por el círculo de hierro del presidente Lagos. La misma lógica informa la actitud de Adolfo Zaldívar en la DC, cuya frialdad para enviar al paredón a sus diputados acusadores acusados ha sido de antología. Pero el premio en esta categoría se lo lleva la UDI, que sacrificó al mismísimo Pinochet con tal de privilegiar a Lavín, el nuevo capitán del barco derechista, en las presidenciales de 1999.

 

La preocupación del círculo íntimo, entourage, de Lagos por fortalecer la imagen del presidente sobre la de su coalición de gobierno y de los partidos que la componen fue parcialmente heredada de los gobiernos anteriores. Pero Aylwin y Frei nunca estuvieron tan obsesionados con los niveles de aprobación como está hoy La Moneda. De acuerdo, ellos no tuvieron que enfrentar cuatro reñidas elecciones en 24 meses, pero era precisamente la naturaleza de las dos últimas elecciones y la necesidad de elaborar un mensaje ganador lo que debió haber llevado a La Moneda a fortalecer la imagen de la Concertación más que la del presidente. Como para responder a la estrategia de la derecha, que tiene todos los huevos puestos en la canasta Lavín, el segundo piso de La Moneda decidió que la suerte electoral de la Concertación dependería exclusivamente de la aprobación presidencial, y no de que ésta pudiera ofrecer una alternativa creíble de gobernabilidad y pluralismo. Lagos equivocó el camino pensando que su éxito dependía de su popularidad personal y no de los niveles de aprobación de la Concertación.

 

Desde el nombramiento de su primer gabinete, Lagos optó por calmar a los partidos con nombramientos que respondían a una lógica casi tribal. Pero en vez de incorporar a los partidos al gobierno, Lagos pareció creer que al nombrar a hijos de famosos, protegidos de políticos importantes y amigos personales, los partidos se iban a contentar. En vez de incorporarlos de verdad al gobierno, Lagos pareció entender que el asunto se trataba de repartir puestos entre diferentes feudos. Por cierto, la ruptura con la DC data de marzo del 2000. Allí comenzó a germinar el descontento de la militancia que terminó con Adolfo Zaldívar, el menos concertacionista de toda la DC, en la presidencia del partido.

 

Lagos no logró entender que su fortaleza dependía esencialmente de la fortaleza de la Concertación. En vez de dedicarse a la refundación y a darle una nueva razón de ser, Lagos se contentó con dejarla convalecer, sino morir. No se involucró como líder, solo como árbitro ocasional, en las negociaciones de las candidaturas a alcaldes y parlamentarios y no se esmeró en generar instancias que pudieran fortalecer y consolidar la que ha sido, pese a todo, la coalición más exitosa y realizadora en la historia nacional. 

 

Hoy, con una Concertación descorazonada, anímicamente en coma y políticamente desahuciada—aunque los milagros, en política, también existen—el presidente sólo se puede escudar en su popularidad. Pero la popularidad no basta para aprobar leyes en el congreso. Es más, la popularidad del capitán de nada sirve cuando el barco se está hundiendo. Especialmente cuando la tripulación en su fuero interno sabe que el capitán y su entourage estaban más preocupados del puente de mando que de que no hicieran agua la proa y la popa de un barco que ahora se ve demasiado viejo, demasiado corroído y demasiado inútil para poder seguir navegando. Con su obsesión por ser el líder del país, Lagos olvidó que era también capitán del barco Concertación, el mismo que ahora corre el riesgo de hundirse. Pero no todo está perdido, el presidente puede actuar con celeridad e imaginación para refundar hoy la Concertación y transformar lo que se anuncia como una vergonzosa debacle en una purificadora reinvención de un proyecto país de futuro, creíble, probo y, como le gusta decir al presidente, capaz de asumir los desafíos del bicentenario.