El Lula chileno

Patricio Navia

La Tercera, octubre 19, 2002

 

Lo peor que le puede pasar a un político en Chile es que lo acusen de populista. Sinónimo de irresponsabilidad, hiper-inflación, corrupción y, eventualmente, golpes de estado, el populismo está asociado con los peores recuerdos de nuestra historia. Apenas podemos, apuntamos a experiencias populistas en países vecinos para recordarnos que no podemos, como país, volver a caer en eso. La candidatura presidencial de Lula en Brasil es el ejemplo más reciente de populismo que han esgrimido algunos profetas que nos conminan a mantenernos alejados del mal. La referencia es injusta, porque si nos comparamos con Lula, el fantasma del populismo se cierne mucho más amenazador sobre Chile que sobre Brasil.

 

Luiz Inácio da Silva (1945), líder sindical, fundó el Partido de los Trabajadores (1980) cuando recién se empezaba a perfilar la transición a la democracia. En 1986, Lula salió electo diputado con la primera mayoría nacional. En las presidenciales de 1989, fue derrotado por el populista y corrupto Collor de Melo. En 1994, perdió ante Fernando E. Cardoso, artífice del Plan Real que puso fin a la hiperinflación en Brasil. Cuatro años más tarde, Lula volvió a perder ante Cardoso. Recién en su cuarto intento, Lula logrará la presidencia. Pero el tiempo no ha pasado en vano. Por 22 años, Lula ha formado un partido político democrático, pluralista, de izquierda, pero disciplinado y responsable. No por nada, el PT es el partido con más parlamentarios en Brasil después de la última elección. La victoria de Lula, a diferencia de los triunfos de Chávez en Venezuela o Toledo en el Perú, ocurre junto al posicionamiento del PT como primer partido político en su país. Ni Lula es un aparecido, ni el PT un partido formado días antes de una elección. De acuerdo, en el pasado Lula rayó en promesas populistas y coqueteó con propuestas irresponsables de política económica. Pero su evidente renovación, que lo llevó a formar una coalición amplia con empresarios y sectores moderados, le han permitido marcar sobre el 60% de las preferencias para la segunda vuelta. Pese al nerviosismo inicial, los actores internacionales parecen dispuestos a darle el beneficio de la duda a este hombre que lleva a la izquierda al poder en Brasil después de 40 años.

 

Como sugirió The Economist, los brasileños quieren cambio, pero não muito. Por eso que el éxito de Lula dependerá de su habilidad para poder implementar reformas sin alienar a los sectores moderados y sin exasperar a los más izquierdistas de su alianza. Como presidente de Brasil y líder del PT, Lula podrá disciplinar a sus parlamentarios para que cierren filas detrás de sus iniciativas y sirvan de base para forjar coaliciones parlamentarias amplias que permitan sacar al país adelante. Su liderazgo claro e incuestionable sobre el PT le facilitará la monumental tarea que enfrentará como presidente. 

 

En Chile, en cambio, la oferta electoral de la derecha dista mucho de poseer la disciplina y claridad de la oferta electoral Lula-PT. Mientras Joaquín Lavín potencia un discurso atractivo para electores moderados que antes votaron por la aparentemente agotada Concertación, el liderazgo de su partido está en otra. Pablo Longueira, brillante polemista y leninista líder político, privilegia un discurso combativo y confrontacional de exclusión y crítica. Mientras Lavín se esmera en ser cordial, Longueira sólo anda buscando peleas.

 

La tensión es evidente entre la estrategia incluyente, ambigua y poco comprometida de Lavín y la actitud belicosa y acalorada de Longueira. Aunque ambos intenten bajarle el perfil a sus estilos y visiones de mundo contrapuestos, permanece una legítima duda. De llegar a La Moneda, ¿primará el estilo conciliador del alcalde o el método avasallador e intolerante del diputado presidente?  Más aún, ¿puede Lavín dar garantías de que él efectivamente es el líder de la UDI y de la derecha?

 

Lula, acusado injustamente de populismo por muchos analistas chilenos, ha demostrado fehacientemente que es también el líder indiscutido del PT y ha logrado alinear a sus parlamentarios detrás de su moderado programa de gobierno. Su discurso es fiscalmente más responsable que las promesas realizadas en 1999 por Lagos y Lavín. Lula no promete volver a crecer al 7% ni un desempleo del 5%. Es cierto que el político brasileño ha sido esquivo en los detalles de su política económica, pero sus respuestas son mucho más claras que las 'esos no son los problemas de la gente' a los que nos tienen acostumbrados en Chile.

 

El eventual triunfo de Lula debiera ser aleccionador tanto para la izquierda como para la derecha chilena. Mientras la izquierda debe entender que sólo dentro del sistema democrático, ganando elecciones con la mayoría de los votos, se puede aspirar a generar más libertad, igualdad y solidaridad, la derecha tiene que aprender que el candidato presidencial debe a la vez apelar al electorado moderado y ejercer incuestionablemente el liderazgo en su sector. Pronunciar discursos izquierdistas nostálgicos para la galería, olvidándose de convocar mayorías, o pretender ignorar la contradicción entre ser candidato presidencial y no asumir el liderazgo de su sector, es lisa y llanamente populismo en su más dañina expresión.