El modelo de Tony

Patricio Navia

La Tercera, octubre 5, 2002

 

El affaire del General Ríos ha demostrado que lo único que queda de la Tercera Vía en el gobierno de Lagos es la pericia ‘Blairiana’ del presidente chileno para aprovechar condiciones favorables, potenciar su liderazgo, acallar a los críticos de la Concertación y dejar sin tribuna a la oposición derechista. Es cierto que el escándalo sobre los coletazos del Comando Conjunto, el organismo represivo de la FACH durante la dictadura, fue un regalo del cielo. Pero la habilidad presidencial permitió convertir una oportunidad en una contundente victoria.

 

Muchos critican a Tony Blair por hacerle el juego a George W. Bush en la campaña para derrocar al deleznable dictador iraquí Saddam Hussein. Aunque lo de Bush es fundamentalmente una obsesión personal, intentar defender a Hussein es impresentable. Por eso la estrategia de Blair de enfatizar su compromiso con  la democratización del mundo y consolidar su liderazgo internacional ha borrado del mapa de la política británica al partido conservador. En Chile, Lagos ha aprovechado la coyuntura Ríos de una forma similar, ordenando la Concertación, dejando sin voz a la derecha y consolidando su liderazgo. Dada la creciente incertidumbre sobre la situación económica mundial, Lagos ha demostrado que en tiempos de tormenta y vicisitudes, él sabe como controlar el timón y llevar a este país a buen puerto.

 

Al sugerir la necesidad de la renuncia sin entrar a meterse con las limitaciones constitucionales, el presidente puso toda la presión en el desprestigiado Comandante de la FACH. Lagos defendió la mesa de diálogo, blindó a su popular ministra de defensa y subrayó su compromiso con hacer funcionar las instituciones pero también revestirlas de  legitimidad democrática. Optó por no convocar al cuestionado COSENA y forzó a la derecha a optar entre postular la indefendible inamovilidad de los comandantes en jefe o plegarse a la necesidad de introducir inequívocamente en la Constitución la subordinación del poder militar a las autoridades democráticamente electas. Mientras en RN aceptan eliminar la inamovilidad, en la UDI se confunden entre declaraciones tipo ‘las prioridades son otras’ y defensas inverosímiles del legado autoritario. Mientras Lavín diga una cosa y el ex almirante Arancibia diga otra, la UDI tendrá problemas para convencer al electorado que las nostalgias autoritarias son cosa del pasado. Pese a hablar del cambio, la UDI tiene mucho más de legado dictatorial que del partido que el país necesita para enfrentar los desafíos del siglo XXI.

 

Al golpear la mesa en el caso Comando Conjunto, que ya costó la renuncia de un general FACH casado con una ex agente de la represión dictatorial, Lagos también dio un golpe de fuerza en la Concertación. El PS, que hubiera preferido denunciar a Bush más por  apoyar causas perdidas que por argumentos de peso, ha vuelto a su tema favorito, las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura. La DC, con su díscolo y belicoso presidente Adolfo Zaldívar, reculó en su estrategia de distanciarse del primer mandatario. ¿Qué sentido tiene querer diferenciarse de un presidente crecientemente popular? Es más, ¿qué discurso diferenciador podría articular en esta coyuntura la DC?

 

Sin saber qué hacer, los partidos han debido mirar desde la banca cómo sube la popularidad presidencial. La única posibilidad de frenar la ofensiva sería poniendo en entredicho la declaración oficial de desconocimiento de los hechos que hizo La Moneda. ¿Cómo decir que no sabían nada si había causas pendientes en tribunales? Aunque la derecha intentó esgrimir ese argumento, el riesgo de volver a convertirse en el sector que defiende el legado de Pinochet la hizo cambiar de estrategia. Aunque hablen de futuro, cuando vuelven a penar las violaciones a los derechos humanos, algunos líderes derechistas recuperan su antigua identidad de apologistas de la dictadura.

 

Si la DC cuestionara a La Moneda, el principal afectado sería el Ministro de la Secretaría General de Gobierno, Mario Fernández. El bien intencionado ministro, que ocasionalmente hace desafortunadas declaraciones, está entre la espada y la pared. O insiste en no haber sabido nada y renuncia por mala gestión cuando estuvo en Defensa, o reconoce que mintió al decir que no conocía los hechos, y renuncia en consecuencia, Pero mientras siga allí, la presión sobre el General Ríos perderá fuerza y legitimidad.

 

El presidente claramente ha resultado favorecido, pero en la medida que en la Concertación se siga imponiendo la lógica de que nunca nadie renuncia independientemente del tamaño del escándalo, las peticiones de renuncia de los uniformados involucrados carecen de autoridad moral. El General Ríos se debería ir por confiarle al General Campos la difícil misión de recabar información para la Mesa de Diálogo, Fernández debería partir por la responsabilidad que le cabe al gobierno en la crisis de credibilidad que ahora atraviesa la Mesa de Diálogo. Y La Moneda debería tener claro que este tema no durará para siempre y que los chilenos también juzgarán al gobierno por el desempeño económico del país.