Los atroces políticos

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 21, 2002

 

“Los políticos son atroces, lo único es que son mejores que los dictadores,” dijo hace una semana el ministro de hacienda Nicolás Eyzaguirre. El gobierno, correctamente, intentó bajarle el perfil a la reflexión. Los empresarios tampoco tomaron bien el comentario porque ellos apoyaron decididamente a la dictadura. La prensa aprovechó de instigar a una nueva ronda de cuchillazos en la Concertación. Y la derecha aplaudió, mezclando las nostalgias autoritarias con su patología tradicional de negar su condición de políticos.

 

Pinochet será recordado como el político nacional más importante de la segunda mitad del siglo XX. Las grandes contribuciones del dictador, la Constitución de 1980 y la adopción de la economía de mercado, fueron actos políticos que requirieron de mucha capacidad de muñequear, bastante oportunismo, autoritarismo y represión. La obsesión pinochetista por querer negar su identidad política fue heredada por sus discípulos. De las 8 ocasiones que los chilenos hemos ido a las urnas desde 1989, Joaquin Lavín ha sido candidato 5 veces. En la más reciente, sin ser candidato, su rostro apareció en todos los afiches de su sector. Y pese a tener el récord nacional como candidato, el alcalde insiste en que él no es político. El síndrome de la negación lo comparte la UDI en pleno.

 

De acuerdo, la Concertación también está llena de políticos profesionales. Algunos parlamentarios vienen dando vuelta desde los 50. Después de la dictadura, volvieron a vivir de la política. Pero en la Concertación no rechazan su identidad. Salvo el ministro Eyzaguirre. Pero él es tan político como el que más. Su puesto no lo consiguió en concurso público. De no haberse acercado con mucha visión política a Ricardo Lagos y al PPD hace una década, no estaría en Teatinos 120. Al negar su identidad política, Eyzaguirre solo ayuda a confundir el debate y exacerbar los problemas. No ayuda a encontrar soluciones.

 

El parlamento goza de pésima reputación. En no menor medida, los propios parlamentarios son responsables. Pero hay también fallas de diseño institucional. Cuando el partido político es incapaz de determinar quién va de candidato dónde y no contribuye en nada a las campañas de los candidatos, los legisladores electos correctamente concluyen que no le deben nada al partido y por lo tanto se indisciplinan. Eso quiere decir que en vez de tener 2 grandes bloques, terminamos con una Torre de Babel de 120 diputados y 48 senadores con posiciones diferentes. Si el sistema de representación proporcional que existía en el país hasta antes de 1973 dificultaba la gobernabilidad al facilitar la multiplicidad de partidos, el sistema actual transforma a los partidos en entes irrelevantes. Uno puede desconfiar de los partidos, las razones sobran. Pero un sistema político sin partidos es sinónimo de caos y populismo. Si los políticos son atroces, los políticos sin partidos son fatales.

 

Hay que modificar el sistema de incentivos institucionales para lograr que los parlamentarios se dediquen a realizar su mandato constitucional y para que los partidos se dediquen a forjar acuerdos y generar gobernabilidad. Es más, también hay que lograr que lleguen al parlamento aquellos con más herramientas para realizar bien el trabajo. Para comenzar, una ley de financiamiento público de las campañas políticas reduciría la posibilidad de que cada parlamentario ‘juegue por la libre’ y facilitaría el logro de acuerdos partidistas y la gobernabilidad, haciendo más expeditas las iniciativas legislativas. Un cambio al sistema electoral también es urgente. Los sistemas electorales son para determinar quién gana, no para declarar empates por secretaría. El sistema binominal tiene efectos perversos en la composición del Senado. Por cierto, defender el binominal por lo que ocurre en la Cámara sin hacerse cargo de lo que pasa en el Senado, como ha venido haciendo la UDI, equivale a argumentar que mientras uno no le pegue a la mujer durante la mañana, no hay violencia doméstica.

 

Pero no basta con eso. También hay que hacer públicas todas las votaciones de los parlamentarios, desarrollar un código de ética que prohíba contratar familiares, que obligue a hacer públicas las contribuciones a las campañas, que transparente los intereses económicos de los parlamentarios y que permita aplicar millonarias multas cada vez que un parlamentario sea sorprendido mintiendo. Hay que regular la acción parlamentaria.

 

Aunque conflictivo, lo que dijo Eyzaguirre es lo que mucha gente piensa. Pero no se le puede echar la culpa al chancho sino a quien le da el afrecho. Nuestros legisladores actúan de la forma que actúan por los incentivos institucionales que existen. Mientras no se modifiquen esos incentivos (ley de financiamiento de partidos y ley electoral), los políticos seguirán siendo atroces, porque esa es la mejor forma de mantener sus pegas. Y por más que algunos se escuden en las definiciones de ‘técnicos’ o ‘políticos no tradicionales’, mientras siga así de mal la percepción popular sobre la clase política (sin apellidos), los afectados terminamos siendo todos porque el sistema, lisa y llanamente, así no funciona.