Retroceder sin transar

Patricio Navia

La Tercera, agosto 24, 2002

 

 

Avanzar sin transar describe el período de confrontaciones mesiánicas y voluntarismos polarizados de la era que culminó con el sangriento golpe militar. Enunciada por el combativo senador socialista Carlos Altamirano, la frase comunicaba la convicción de que ni la oposición derechista (burguesa, terrateniente y golpista), ni la democratacristiana (usted no es na, ni es chicha ni limoná), ni mucho menos el imperialismo yanqui podrían detener la construcción del hombre nuevo socialista. Al final, revertir el proceso resultó bastante fácil, porque la mayoría del país estaba en contra del descabellado proyecto UP. Pero la frase quedó como ejemplo inmejorable de cómo no conducir los destinos de la patria. Están destinados al fracaso aquellos que intentan imponer una visión de cambio social y económico minoritaria sin generar consensos ni convencer a una mayoría.

 

El sábado pasado, 29 años después del golpe militar, el PS chileno se reunió en Santiago. Dada la coyuntura política actual, con la Concertación en la unidad de tratamiento intensivo y con los médicos DC interesados en la eutanasia, el encuentro adquirió importancia inusitada. La irrupción de Michelle Bachelet como promesa electoral y la consolidación de José Miguel Insulza como el ministro más poderoso del gabinete, pese a las abolladuras del affaire Rentas II, hicieron pensar que los autoflagelantes que controlan el partido perderían fuerza ante los modernizadores que llevaron la batuta en la década de los '80.

 

Pero no fue así. En una ardua discusión de sábado de noche, donde poca gente entendió los argumentos pero los ánimos se caldearon, reapareció la discusión entre el marxismo crítico y el socialismo científico. Mientras el resto del país se iba a pasear al mall o se quedaba mirando televisión en sus hogares, marginados de la posibilidad de consumir por sus reducidos ingresos, los socialistas parecían querer decir, en lenguaje difícil y extemporáneo, que hay que empezar a preocuparse de las cambiantes necesidades de la gente. Pero tanto en el texto de las declaraciones como en el espíritu de la velada se hacía evidente una injustificada nostalgia por el período de la UP y por los heroicos días de resistencia de la dictadura. Aunque los socialistas parecían mantener la convicción de no transar, parecía ser que el nuevo lema era retroceder sin transar. En vez de buscar articular mensajes que se hicieran cargo de la desigualdad y la falta de oportunidades de nuestro país, construyendo sobre la renovación ideológica lograda en la década de los '90, los delegados estaban más interesados en autoflagelarse públicamente por haber sido parte de la Concertación, la coalición de gobierno más exitosa en la historia de Chile, y en anunciar su disposición a perder el poder para poder ser oposición al modelo neoliberal imperante.

 

El correcto mensaje del presidente del partido, Camilo Escalona, llamando a mirar al futuro más que a seguir pegados en el pasado, representó una señal positiva. Pero Escalona no logró convencer a las bases que se comportan como los veteranos de la Guerra del Pacífico, presos de idealizados recuerdos de sufrimiento y gloria. Lo que es peor, Escalona no se hizo cargo de lo que viene después de mirar al futuro: la elaboración de un mensaje atractivo que conjugue las utopías de libertad, igualdad y fraternidad del socialismo con las realidades del mundo actual. Para decirlo de otra forma, hubiera bastado con una declaración final de dos páginas, al grano, en vez de las insulsas 33 carillas con llamados a la independencia del Sahara Occidental, nostálgicas evocaciones a la lucha de clases e incomprensibles divagaciones intelectuales trasnochadas.

 

Se perdió la oportunidad para aterrizar los debates emocionalmente cargados a una realidad donde todavía existen simpatías razonables hacia la izquierda. Los resultados electorales recientes deberían servir de faro para la izquierda. En las parlamentarias de 2001, los tres partidos de izquierda obtuvieron en conjunto un 26,8% de los votos. Junto a los humanistas y comunistas, la izquierda totalizó 33,3%. Pero para ser gobierno no se puede andar como tres tristes tigres partidistas, peleándose por cuotas decrecientes de poder y deslegitimados espacios políticos. Tampoco sirve olvidarse del PC y renunciar a incorporar sus válidos cuestionamientos (no su rechazo) al sistema actual. La izquierda se opone a las injusticias y la desigualdad, pero también debe buscar el crecimiento económico, mejorar la calidad de vida de todos y profundizar la democracia. Hay que proponer alternativas y aterrizar los sueños sin renunciar a las utopías.

 

Un tercio del país cree en la izquierda. Para poder llegar a ser el partido gravitante de la política chilena, la izquierda debe estar unida, debe ser moderna, atractiva para sectores moderados, capaz de defender sus ideales, promover sus utopías y, a la vez, dar garantías de gobernabilidad, buen manejo económico, pluralismo, tolerancia y valorización de la capacidad de emprender. Insistir en las nostalgias de un pasado doloroso hasta el punto de ser desleales con aquellos que dieron sus vidas para construir un país mejor sólo lleva a la derrota. Chile espera una izquierda capaz de proponer, además de criticar, una izquierda que sea sinónimo de futuro más que de pasado.