Sweaters chilotes en verano

Patricio Navia

La Tercera, 10 de agosto de 2002

 

Los grandes líderes saben aprovechar el momento justo para pasar del anonimato a los anales de la historia. Inversamente, los deplorables caudillos siempre intentan sus aventuras en los momentos menos oportunos. El buen uso del timing es clave para el éxito político. Por eso, no basta con tener una buena idea, también hay que identificar el momento oportuno para aplicarla. Pero aunque ni el más arriesgado empresario se atrevería a exportar sweaters de lana chilota en junio al caluroso Nueva York, algunos políticos a veces intentan llevar adelante ideas igualmente descabelladas.

 

Un reciente ejemplo de mal timing político es la obsesión DC de subrayar sus diferencias con la UDI y los socialistas. En vez de negociar la aprobación de iniciativas de ley incluidas en el programa inicial del tercer gobierno de la Concertación, algunos DC creen que este es el momento para desenmascarar a la derecha, denunciar a la izquierda y defender a una mítica clase media (que incluye desde pobres arribistas a millonarios que quieren pagar menos impuestos). Pero los gobiernos no se miden por las épicas peleas que dan y pierden, sino por las leyes que pasan. De acuerdo, subrayar las diferencias resulta ocasionalmente provechoso para entusiasmar a partidarios y ganar adeptos antes de una elección. Pero como faltan tres años para la próxima presidencial, las peleas perdidas hoy sólo ayudarán a construir un récord de gobierno ineficaz incapaz de cumplir sus promesas.

 

El rechazo de la DC al acuerdo de Insulza con la UDI sobre la Ley de Rentas Municipales II es como tratar de exportar sweaters chilotes a Nueva York en verano. Por cierto, nadie discute el derecho de la DC a destacar sus diferencias con la UDI. Mientras los primeros defendieron los derechos humanos, los segundos fueron parte integral de una dictadura que se dedicó, entre otras cosas, a torturar y hacer desaparecer opositores. Mientras la DC nació y creció valorando la vida, la UDI se forjó en la lógica de diferenciar entre humanos y humanoides marxistas. Cuando fue gobierno, la DC nacionalizó el cobre, los tecnócratas de la UDI, en cambio, se dedicaron a privatizar y comprar ellos mismos empresas públicas a precios regalados. Con todos sus problemas, la DC se anota tres gobiernos democráticos que, matices más, matices menos, dejaron al país mejor que como lo habían encontrado. Y no mataron gente en el proceso. Pero cuando el país atraviesa por aguas internacionales de inestabilidad económica y social, cuando nuestros vecinos caen atacados por una plaga de desconfianza, y especialmente cuando faltan todavía dos años para las próximas elecciones municipales, no es el momento para andar marcando las diferencias.

 

En esta lógica de subrayar diferencias y dificultar acuerdos, la DC no está sola. Pese a su disponibilidad para negociar, el vociferante presidente de la UDI predijo, con más placer que preocupación, que este año no se avanzaría en materia legislativa. Amparados en el subsidio que le da la mitad del Senado (sin haber ganado nunca una elección), la Alianza está más preocupada del reloj electoral que de la formación de consensos. La UDI anda más preocupada de provocar a la DC que de demostrar una visión de Estado. Obsesionada por mantener los amarres autoritarios de la Constitución del '80 y más interesados en hablar de la pobreza que en adoptar medidas innovadoras que la reduzcan y disminuyan las vergonzosas desigualdades que nos afligen, la UDI se pelea con la DC como niños chicos por el nombre de Partido Popular y por la propiedad intelectual de la "Marcha por la Patria" (joven, justa, marketera). Pero no son sólo ellos. Hay otros en el gobierno que buscan aclarar que la Concertación es sólo una alianza temporal entre el centro y la izquierda. Incluso, el Presidente ha caído en el juego de enfatizar las diferencias con los opositores al amenazar con desechar toda la reforma constitucional si no se incluye la eliminación del vergonzoso sistema binominal.

 

La historia de la Concertación ha sido una de acuerdos y negociaciones. Algunas han sido vergonzosas, como la de los pinocheques, pero en general el país está hoy mucho mejor que en marzo de 1990. En vez de subrayar las diferencias (nosotros demócratas, ellos dictatoriales), la Concertación siempre buscó generar consensos que también permitieran democratizar a la oposición de derecha. Cuando la región pasa por su peor momento económico en 20 años no es bueno comenzar a avivar la cueca del conflicto y las disputas ideológicas irrelevantes. Además, será electoralmente inútil, porque falta mucho para las próximas elecciones.

 

La lógica de diferenciarse hoy no es buena para el país y, por lo tanto, tampoco lo es para la Concertación, coalición de la que, por más que a algunos no les guste, la DC sigue siendo parte integral. De la búsqueda de acuerdos que faciliten la gobernabilidad y reduzcan las tensiones depende el éxito del gobierno de Lagos. Del éxito de Lagos dependerá la fortuna electoral de la DC el 2005. Entonces habrá amplia oportunidad para diferenciarse con la UDI, porque a los dos partidos no los separa sólo la historia, también su forma de entender el mundo y su visión para el futuro Chile. Entonces, y no antes, el electorado querrá y podrá decidir con cuál de las opciones se queda.