El pituto y el nepotismo

Patricio Navia

La Tercera, 27 de julio de 2002

 

En una declaración en que parecía justificar el nepotismo, el contralor general de la república Arturo Aylwin justificó la contratación de familiares en el poder ejecutivo. Aunque impresentable, la defensa del nepotismo realizada por don Arturo tenía cierto mérito. Los familiares son las personas que mejor conocen a los personeros públicos y a menudo cultivan más confianza. En muchos casos, los familiares también poseen las credenciales y las atribuciones que los hacen elegibles para dichos cargos. Además, tradicionalmente los oficios se pasaban de generación en generación.

 

Pero en una sociedad donde se privilegia la igualdad de oportunidades y se rechaza la discriminación, la decisión de contratar a familiares acarrea más costos que beneficios.  De partida, hay una cuestión de imagen de probidad. No basta con ser probo, también hay que parecerlo. Contratar a familiares como personeros de confianza no es necesariamente corrupto, pero al prohibirlo se envía una señal contra el pituto. Es más, al fomentar que todos los puestos de confianza sean escogidos en procesos abiertos y transparentes (que dependiendo del caso también pueden incluir afinidad ideológica y requieran demostración de lealtad), se avanza en la difícil tarea de construir un país con menos desigualdades. En parte porque carecen de parientes ‘bien ubicados’, los niños nacidos pobres tienen muchas más posibilidades de ser pobres toda la vida. Hay otros motivos también que dificultan romper el círculo vicioso de la pobreza, pero la enraizada práctica del pituto y el nepotismo perpetúan las desigualdades existentes. 

 

El tema de andar contratando familiares volvió a la palestra cuando el senador Jaime Naranjo evadió reconocer que contrató a su esposa como asesora. No es el único parlamentario que lo hace, pero eso no justifica ni su vergonzosa conducta ni su lamentable performance televisiva. Días después, la decisión de la Corte Suprema de terminar con la contratación de hijos como secretarios privados dejó en evidencia que pese a ser el país más probo de América Latina, igual tenemos problemas. El evidente enojo del supremo Hernán Álvarez ante la medida demuestra ya sea una desvergüenza total o la profunda convicción de que andar apitutando familiares no tiene nada de malo. Al optar por contratar a su hija, un Supremo discrimina contra aquellos que pudiendo haber hecho un excelente trabajo, no tenían parientes que les abrieran puertas. La respuesta de Álvarez pareció ser algo así como ‘si lo hacen otros, ¿por qué no yo?’ Para eso apuntó sus dardos al presidente de la república, que tiene en su staff familiares de su mujer. Ese comentario motivó la defensa del presidente hecha por el contralor, el encargado de velar por la probidad en el estado. Era un buen momento para sacar al presidente a la palestra, pero no como ejemplo de prácticas de nepotismo sino como sujeto en quién recae la oportunidad propicia para solucionar de una vez por todas ese problema. 

 

El presidente Lagos se acerca a la mitad de su mandato. Las difíciles circunstancias internacionales no le permitirán convertir a Chile en un país desarrollado para el 2010. Aunque ha logrado la aprobación de una reforma laboral, una reforma tributaria y probablemente logre también una reforma a la salud y una nueva institucionalidad cultural, su visión de un país desarrollado el 2010 es un sueño frustrado. Su ansiado legado no será realidad. Pero en sus últimos tres años en el poder, Lagos puede construir un nuevo legado que le asegure un lugar distinguido entre los presidentes chilenos. Así como Aguirre Cerda gestionó la creación de CORFO y nos enseñó que gobernar es educar, y Frei Montalva logró la nacionalización del cobre y la reforma agraria, Lagos tiene la oportunidad de convertirse en líder visionario y realizador. Poner fin al pituto y al nepotismo en la administración pública, promoviendo también el fin de esa práctica en las fuerzas armadas, empresas privadas y sociedad en general son el tipo de iniciativa que, de resultar exitosa, hacen la diferencia entre un buen presidente y un gran presidente. En la primera mitad de su periodo, el presidente ha logrado la aprobación de un capítulo sobre probidad administrativa en la ley de la administración del estado. Pero para erradicar el pituto y el nepotismo se necesita mucho más que una reforma legal, se requiere un proyecto país, de aquellos que el mismo presidente nos ha invitado a soñar.

 

Pasar a la historia como el presidente que puso fin al pituto y al nepotismo probablemente ameriten algún monumento en las plazas del país, pero por sobre todo permitirán granjearse el cariño, la admiración y el agradecimiento de millones de chilenos sin parientes importantes y que siguen soñando con un país de más oportunidades y, en palabras del entonces candidato Ricardo Lagos, donde haya “menos desigualdades que nos entristecen y debilitan.” En septiembre de 1999 en Lonquimay, Lagos dijo que Chile limitaba al centro de la injusticia. Al emprender una cruzada firme y decidida contra el nepotismo y el pituto, el presidente habrá avanzado mucho más que sus antecesores en la construcción de un país más justo, solidario y de iguales oportunidades para todos.