De la cuestión del sacristán a la del Cardenal

Patricio Navia

La Tercera, 16 de junio de 2002

 

Si en el siglo XIX la Cuestión del Sacristán motivó un quiebre entre la iglesia y el estado, en este nuevo siglo bien pudiera ser la Cuestión del Cardenal lo que termine gatillando un nuevo rayado de cancha que delimite lo que incumbe al clero, al estado y lo que es soberanía individual. La activa y vociferante oposición de la Iglesia Católica a la ley de divorcio, a la distribución de la píldora del día después, a la educación sexual, promoción de condones y al fin de la censura cinematográfica han hecho evidente que además de militares y empresarios, el triángulo de poderes fácticos del país lo completa el clero.

 

El conflicto, de a ratos, parece una pelea de box. En el rincón de la iglesia, el Cardenal Medina ha tomado el puesto del cura Hasbún. Con sus declaraciones más espaciadas y menos virulentas, el Cardenal no es menos polémico. Ahora último, criticando la inminente legalización del divorcio, Medina lo definió como “peor que el terremoto de Chillán.” Olvidándose que nueve de cada diez chilenos no tienen memoria del sismo de 1939, Medina no sólo realizó una comparación sin significado, también insistió en ignorar que la mitad de los niños chilenos nacen fuera del matrimonio y que la familia es mucho más que un contrato nupcial. El cardenal que podría alzarse como forjador de acuerdos que permitan a la iglesia convertirse en aliada del cambio y no en defensora de una institucionalidad viciada, desacreditada y, lo que es peor, ignorada, ha sido piedra de tropiezo. Pero también, al no adaptarse a la cambiante sociedad, la iglesia se empieza a parecer un poquito al Partido Comunista, poseedora de grandes convicciones pero incapaz de convencer a nuevos adeptos.  Si el cardenal Errázuriz es como Lavín, conciliador y comedido, Medina es como Longueira, peleador y agresivo. La duda que queda en el aire es quién es el verdadero líder, el cordial arzobispo de Santiago o el virulento cardenal en Roma.

 

Por el gobierno, Ricardo Lagos no reza, no invoca a Dios en sus discursos y no se esmera en evitar pisarle las sotanas, simbólicamente hablando, a los curas. Aunque es uno de los pocos políticos abiertamente no católicos, en esto de marcar distancia con las enseñanzas de la iglesia Lagos no está solo. Lavín inauguró un cine porno en Santiago y se tomó fotos con travestis. El presidente de la DC es un divorciado (bueno, anulado) y los que lo conocen dicen que  Longueira visita con más frecuencia las iglesias evangélicas que la católica. De acuerdo, en Chile ser creyente nunca fue requisito para ser presidente, pero la Iglesia Católica tiene hoy más poder que durante la segunda mitad del siglo XX. Pero como líder de una coalición que le debe mucho a la Iglesia Católica y donde los creyentes controlan tanto a la DC como al PS, el presidente no ha podido transformar el sorprendentemente alto apoyo ciudadano a una ley de divorcio en legislación. 

 

Parte del conflicto actual entre el gobierno y la iglesia es por los ratings. La Iglesia Católica ha olvidado que el país se ha diversificado. En nuestro país libre mercadista confluyen diferentes credos y compiten varias denominaciones por los clientes en el mall de la religiosidad. Si en 1930 (la década del terremoto aquel) el 97,7% de la población era católica, en la encuesta del Centro de Estudios Públicos de 1998, sólo el 72% se decía católico. En el mismo período los evangélicos pasaron de 1,5 a 16%. Otras encuestas recientes confirman esos datos. Para complicar las cosas, sólo el 14% de los católicos se declaró observante, mientras que el 38% de los evangélicos asiste a la iglesia, o practicar el culto, al menos una vez por semana. O sea, de los 10,8 millones de católicos sólo 1,5 millones va a misa semanalmente. Entre los cristianos no católicos, 900 mil asisten semanalmente a la iglesia. No alcanza a ser empate, pero tampoco es paliza. Además, la observancia religiosa tiene mucho que ver con el nivel de ingresos. Mientras el 90% de los católicos del estrato socioeconómico alto es observante, el 44% en el estrato bajo lo es. Entre los evangélicos, la cifra pasa del 10% en el estrato alto a 44% en el bajo. Aunque las simplificaciones son peligrosas, también son útiles. Por eso, podemos pensar que si en los años 60 la iglesia católica tomó la opción por los pobres, en los 90 han sido los ricos los que han tomado la opción por la iglesia católica. Entre los pobres, las cosas están más empatadas.

 

Pero algunos han querido extender los ratings a la religiosidad de las personas. La preocupación de algunos por lo que pudieran arrojar las cifras del censo, acompañada de noticias del tipo ‘evangélicos se preparan para censar’ hacen pensar que estamos más bien en Irlanda del Norte.  Por cierto, no cabe la crítica que las iglesias debieran dedicarse a buscar “las ovejas perdidas de la casa de Israel.” Aquí cada quién, incluidas las iglesias, se dedica a lo que quiere. Algunos predican en el Paseo Ahumada, otros en las poblaciones y otros se aseguran que los cuenten bien en el censo. Aunque históricamente las iglesias se han preocupado más de evangelizar, la globalización y la modernidad también han entrado a los claustros eclesiásticos y ahora los hacen mirar los ratings. Si seguimos así, pronto tendremos encuestas para ver quién será el próximo Obispo de Santiago. 

 

Así y todo, el presidente debe entender que éste sigue siendo un país religioso, aunque menos católico y menos dado a asistir semanalmente a la iglesia, y que en ese contexto tiene que promover un clima de mayor tolerancia, respeto y pluralismo más que pelearse con la iglesia. A su vez, la iglesia católica debe entender que en una sociedad de libre mercado, los que se esmeran en defender derechos monopólicos adquiridos en tiempos ancestrales sólo están destinados al fracaso. Cuando hay más de un supermercado en el barrio, la calidad del servicio mejora y los precios son más competitivos. Eso pasa hoy en el mercado de oferta religiosa en los estratos bajos y medios del país. Irónicamente, en el sector más acomodado, los más convencidos de las ventajas del libre mercado, la oferta de creencias religiosas es más representativa de la sociedad monopólica de antaño que del Chile moderno donde fluye el pluralismo, la competencia y la diversidad. Aunque guarda cierta similitud con la ‘cuestión del sacristán’ del siglo XIX, la ‘cuestión del cardenal’ tiene más que ver con la globalización, la competencia y la diversidad del siglo XXI. Si lo que estaba en juego en el Santiago decimonónico era la relación iglesia-estado, hoy está en juego la relación triangular individuo, iglesia y estado. Cuando la iglesia quiere imponer sus valores morales a los individuos, el gobierno tendrá que decidir de qué lado estará el estado.