Entre Playa Girón y el General Perón

Patricio Navia

La Tercera, 21 de abril de 2002

 

No había que ser adivino para anticipar que con su mensaje demagógico, su poco respeto por la oposición y su preferencia por discursos incendiarios e interminables, el presidente venezolano Hugo Chávez estaba llevando al país a una crisis institucional. Cuando llegó al poder, su autoritarismo populista lo ayudó a subir en las encuestas con la misma facilidad que le ayudó a bajar su popularidad en meses recientes. Su facilidad para burlarse de los valores democráticos en la bolivariana república, sus visitas a regímenes autoritarios y una cercanía lamentable con el dictador cubano llevaron a muchos a olvidarse que Chávez, después de todo, era un presidente democráticamente electo. El abortado golpe del jueves que terminó con su regreso al poder la madrugada del domingo nos enseña muchas lecciones, aunque también podría terminar siendo solo el anticipo de una crisis que, más temprano que tarde, terminará con la corta historia de este militar ex golpista que habiendo llegado al poder se mandó a hacer una constitución a la medida y gobernó con políticas populistas.

 

El fallido golpe bien pudiera ser sólo un preludio de la crisis. El retorno de Chávez y su discurso magnánimo recuerdan a Juan Perón después del intento de golpe del 16 de junio de 1955. Con un mensaje conciliador y un llamado a la calma, Perón intentó aplacar los ánimos. Pero muchos entendieron correctamente que el general estaba en una posición de debilidad. Por más que algunos de sus ardientes defensores quisieran atacar iglesias y desarticular a la oposición, el 16 de junio había quedado claro que Perón no era invencible. El levantamiento del 16 de septiembre, que eventualmente lo envió al exilio a la España de Franco, solo vino a verificar lo que quedó en evidencia en junio, el gobierno del General no daba para más. 

 

El llamado de Chávez a la reunificación nacional contrasta con su discurso confrontacional de las semanas anteriores. Su incapacidad para construir consensos y su facilidad para alienar opositores, contribuyó a la polarización y “generó las condiciones para lo que vimos el jueves”, como dijera el presidente Lagos. Pero no hay que confundirse respecto a lo que motiva al venezolano. El New York Times correctamente lo definió como un dictador en potencia. La carta enviada por Chávez hace un par de años al terrorista venezolano “Carlos el Chacal” detenido en Francia y su esfuerzo por convertir en feriado nacional el aniversario de su frustrado golpe militar en 1992 demuestran sus débiles convicciones democráticas. Su llamado a la calma y al consenso evidencia que, en vez de sentirse con el poder total como cuando llegó a la presidencia, se sabe y reconoce débil.

 

Por otro lado, este fallido intento de golpe podría convertirse en una repetición de Playa Girón, el malogrado esfuerzo de exiliados por invadir Cuba y derrocar a Castro en 1961. Apoyado, sino orquestado, por Estados Unidos, su triunfo en Playa Girón permitió a Fidel consolidarse en el poder y avergonzar a sus enemigos. La presencia del secretario asistente para asuntos hemisféricos en el Departamento de Estado, el cubano americano Otto Juan Reich, en Washington facilita la comparación con Playa Girón. Es cierto, no hay evidencia de que Estados Unidos incentivara el intento de golpe en Venezuela, pero los viejos lobos de mar de la política internacional rápidamente vieron las huellas de la intervención, o al menos de la venia, estadounidense. Las lamentables declaraciones del vocero de la Casa Blanca Ari Fleischer, confirmando el viernes que Chávez había renunciado, demuestran que siendo el gobierno mejor informado del mundo, Washington a veces prefiere inventar la realidad a asumirla. La culpa no es de Fleischer, sino de los encargados de América Latina que se apuraron en confirmar la salida de Chávez y culpar exclusivamente al militar por el caos. Con consejeros más voluntariosos que analíticos, más entusiastas que eficientes y más preocupados de tener líderes amigos que gobiernos democráticos, el gobierno del presidente Bush perdió bastante credibilidad como paladín de la democracia en América Latina.

 

En eso Washington no está solo. Al concluir anticipadamente que Chávez entraba a la galería de los hombres depuestos en golpes militares, muchos líderes latinoamericanos quedaron en off side, como en el fútbol, al pedir un pronto restablecimiento de la democracia con elecciones libres sin siquiera sugerir que esto había sido un golpe ni demandar que el líder democráticamente electo volviera al poder. Como si los golpes de estado fueran aceptables siempre y cuando los gobiernos de facto duren poco, varios líderes demostraron que el compromiso con el sistema democrático es menos profundo de lo que generalmente oímos. Insisto, Chávez puede ser un populista, irresponsable y dictador en potencia, pero eso no le quita la legitimidad democrática. Y si de sacar presidentes ineptos se trata, los ecuatorianos sacaron a Bucaram y los brasileños a Collor dentro del marco de la legalidad constitucional y los argentinos se deshicieron del poco hábil de la Rua sin recurrir a los cuarteles. En democracia no se vale andar llamando a los militares para sacar presidentes porque no nos gustan o aún porque sus gobiernos sean desastrosos.

 

La gran perdedora aquí ha sido la democracia de Venezuela y la propia institucionalidad que ya había sufrido bastante cuando Chávez se decidió a reinventar la rueda después de salir electo. Ahora todos los jugadores mostraron sus cartas. Estados Unidos volvió al pecado de querer decidir quién manda en los países de la región, los líderes latinoamericanos omitieron la palabra ‘golpe militar’ cuando las consideraciones de corto plazo así lo requerían, la izquierda se apuró en denunciar el golpe sin mencionar la represión policial ordenada por Chávez y el empresariado venezolano se apuró en formar un gobierno de transición sin entender que las salidas extra institucionales terminan costando más caro. A Chávez le toca evitar seguir el sendero de Perón en 1955 o caer en la tentación de seguir los pasos de Fidel después de Playa Girón. Si logra forjar consensos, construir grandes mayorías y articular acuerdos en Venezuela, consolidando el estado de derecho y la institucionalidad, todos habrán ganado. Si no, entonces podremos empezar a suponer que el siglo XXI se parece mucho al Siglo XX Latinoamericano, con naciones atrapadas entre el populismo, el autoritarismo, la inestabilidad y abortadas experiencias democráticas.