Asesino a sueldo

Patricio Navia

La Tercera, 24 de febrero de 2002

 

El ritual de la condena anual de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU a Cuba por violaciones a los derechos humanos ha comenzado. Pero a diferencia de años anteriores, Chile no será sólo uno de los 53 países miembros de la Comisión que voten a favor o en contra de la resolución diseñada—aunque no necesariamente formalmente presentada—por Estados Unidos. Este año Washington quiere que Chile patrocine la moción.

 

Chile votó a favor de la condena desde que volvió a la comisión en 1992 hasta 1997, en 1998 se abstuvo y en 1999 votó a favor. Aunque antes Chile había sido miembro de la Comisión (1947-56 y 1963-74), durante la dictadura fuimos más bien su objeto de estudio. En 1977, la Asamblea General de la ONU votó una denuncia contra la dictadura por violaciones a los derechos humanos. Esto provocó una dura respuesta de Pinochet. El 4 de enero de 1978, se celebró una “consulta nacional” en la que, según informó el gobierno, el 75% de los chilenos votaron a favor de Pinochet y en “defensa de la dignidad de Chile.” O sea, aunque para muchos las resoluciones son sólo un show, a los dictadores, especialmente a los que se creen salvadores de la patria—como Pinochet o Castro—igual les duele.

 

Desde comienzos de los 90, la resolución contra Cuba había sido patrocinada por la República Checa. “Me gusta Fidel tan poco como Pinochet”, dijo en abril del 2000 el premier checo cuando defendió su decisión de volver a ser patrocinante. Días después la Comisión aprobaba, Chile incluido, por 21-18 la resolución. El 2001 Chile no estaba en la Comisión, pero la condena también pasó por 22-20. En junio de este año, el premier checo Miloś Zeman buscará su re-elección en la Poslanecká Sněmovna donde su partido social demócrata controla 74 de 200 escaños. Temiendo perder votos ante conservadores y comunistas, ha decidido no remecer las aguas y ha dicho ya basta. Ahora le quiere pasar la ‘papa caliente’ a alguien más. 

 

Para complicar las cosas, después de ser el único país integrante desde su fundación en 1947—Francia estuvo fuera en 1976-78 y Gran Bretaña en 1978-80 y 1990-92—Estados Unidos no fue re-electo el 2001. Por eso Washington busca a un nuevo patrocinante entre los países miembros. Después de olvidarse de Libia, Argelia, Siria y Cuba, Bush entiende que Pakistán, Arabia Saudita y Corea del Sur están con otros problemas. Los europeos pueden terminar votando a favor de la condena, pero no la van a patrocinar. Al final, quedan los de América Latina: Argentina, Brasil, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Perú, Uruguay, Venezuela, Chile y México. De esos, los más amigos de Estados Unidos son los últimos. Pero los mexicanos quieren dar señales de independencia, no van a patrocinar nada. Y de llegar a votar por algo, lo harán incluyendo una fuerte condena al embargo y a las leyes estadounidenses que castigan a empresas de otros países que hacen negocios con Cuba.  No se necesita ser Henry Kissinger para concluir que Estados Unidos ejercerá su poderosa influencia para lograr que Chile patrocine ‘el ritual.’  Nuestra difícil posición tiene mucho de mala suerte, pero también algo de heridas auto infligidas. Primero, no hemos sido capaces de generar una postura alternativa para lograr que se respeten los derechos humanos en Cuba, como prometió Lagos el 2000. Segundo, no hemos definido bien nuestra relación (aliados o socios) con Estados Unidos y, tercero, tampoco hemos definido claramente nuestra relación bilateral con Cuba. Por andar en la ambigüedad, ahora quieren que seamos asesinos a sueldo.

 

En gran medida, nuestra incapacidad para definir una política coherente respecto a los DDHH en Cuba pasa porque hemos tenido otras prioridades en política exterior. Nuestra indeterminación respecto a Estados Unidos, en cambio, es injustificable. Desde que comenzó la negociación para el TLC en diciembre del 2000, Chile ha enviado señales contradictorias. Por ejemplo, cuando Bush iniciaba su guerra santa contra el terrorismo, nuestra cancillería lanzó una campaña para ayudar a niños afganos. Un país cuya mortalidad infantil de 151 por mil nacidos vivos era de las más altas del mundo en 1997 (en Chile era de 11 por mil), captó nuestro interés sólo cuando Estados Unidos decidió poner fin a la dictadura talibán. Cuando la política exterior se diseña sólo para consumo interno, la responsabilidad de terminar en posiciones incómodas es de nosotros mismos. No está mal que el objetivo de la Canciller sea ganar las presidenciales del 2005. Cuando era ministro de OOPP, Lagos pensaba diariamente en La Moneda, pero sabía que para llegar tenía que mostrar resultados concretos no sólo dar golpes de imagen. Chile tiene que decidir si quiere ponerse la camiseta como aliado de Estados Unidos (y asegurar el TLC) o si sólo pretende ser socio comercial (y olvidarse del TLC.) Hay que tomar una posición y asumir los riesgos que eso implique.

 

Nuestra ambigüedad bilateral hacia Cuba es pecado de izquierdas y derechas. Los primeros se debaten entre la nostalgia por una revolución ya podrida y la necesidad de ser consecuentes y demandar el respeto a los derechos humanos urbi et orbe. En la derecha se dividen entre los que quisieran ver caer a Fidel (pero rechazaban la intromisión internacional cuando era su dictadura la que violaba derechos humanos) y los que hacen negocios o buscan blanquear su pasado pinochetista en la isla. Los gobiernos de la Concertación mantuvieron las relaciones bilaterales con bajo perfil hasta que, accidentalmente, la captura de los secuestradores ‘frentistas’ en Brasil trajo a la palestra las complicaciones que hace tiempo se conocían en privado: ese país ‘amigo’ protegía a criminales fugados de cárceles chilenas. Toda la política es local, ahora la DC saldrá a pedir una condena, cualquier cosa vale para mostrar independencia del gobierno.

 

Así, Chile queda en la incómoda posición de tener a Estados Unidos extendiéndonos una pistola con balas que no matan pero que van a molestar a muchos. Si acepta la orden estadounidense de disparar, Lagos será el monigote de los yanquis. Si no dispara, demostrará deslealtad. Si saca de la manga una improvisada condena alternativa—con palos para Cuba pero también recriminaciones al embargo estadounidense—nos acusarán de querer quedar bien con dios y con el diablo, situación incómoda e innecesaria para un país que, siguiendo la analogía, se preciaba de ser agnóstico.