El autosuficiente

Patricio Navia

La Tercera, 21 de enero de 2002

 

Si pudiera escribir la historia de su mandato, Lagos probablemente diría “nunca hubo un presidente más visionario, mejor preparado y más decidido a sacar a Chile del subdesarrollo. Y lo logró.” Aunque todos los presidentes quieren quedar bien con la historia, ha habido pocos mandatarios más preocupados de gobernar para la historia que el actual. Desde su saludo inaugural del 11 de marzo del 2000, Lagos ha hablado tanto para la historia como para la gente que lo escucha en las plazas. De sus referencias elípticas a Allende en su primer saludo desde La Moneda hasta sus alusiones al ‘spread del bono soberano colocado en Wall Street’ en su conversación con campesinos y temporeros de la séptima región hace unos meses, Lagos en ocasiones olvida que debe hablarle a la gente del país en que vivimos y no del país que él sueña construir.

 

Después de dos años, las evaluaciones que se realizan de su gobierno difieren sustancialmente respecto a logros y fracasos. Pero una conclusión ya es posible. Ricardo Lagos no lo está pasando bien como presidente. Molesto por los desórdenes al interior del gobierno, el desánimo que impera en muchos, la sensación de ‘ceremonia del adiós’ de otros y la urgencia que parece sentir la UDI para que llegue pronto el 2005—para ver si logran terminar con la racha de 13 años de derrotas electorales—el presidente no ha logrado sentirse cómodo en la primera magistratura. Cuando reclama contra los ‘profetas del desánimo’ y fustiga a los suyos por tirar la toalla antes de tiempo, Lagos se ve enojado. Al llegar a La Moneda, tenía una misión clara, lo suyo no es sólo ser un buen presidente, sino el mejor presidente de la historia de Chile. Pero si su gobierno terminara hoy, el hombre que nos invitó a soñar con el Chile del segundo centenario pasaría a la historia como un buen mandatario, pero no como el forjador de un nuevo Chile. De hecho, su presidencia puede ser resumida hasta la fecha de la siguiente forma: “líder de una coalición multipartidista dividida entre autoflagelantes y autocomplacientes, Ricardo Lagos optó por ser un presidente autosuficiente.”

 

Por eso ahora, enfrentado a la amenaza de que pasará a la historia como “un presidente más,” ha comenzado a mover piezas para lograr su objetivo inicial, la inmortalización en la galería de los grandes próceres. Pero para lograr entrar a la historia por la puerta ancha, Ricardo Lagos necesita enfrentar algunos problemas, corregir algunas debilidades y consolidar sus fortalezas. Sólo así podrá escapar al fantasma de la mediocridad que siempre persigue a los gobiernos después de varios períodos en el poder.

 

1) El presidente debe convertirse en el líder de la Concertación. Para poder ser exitoso, el presidente debe zanjar las divisiones al interior de la alianza de gobierno. Simplificando, la opinión pública percibe una Concertación dividida entre autocomplacientes y autoflagelantes. Mientras los primeros ponen el acento en los innumerables logros de la Concertación (se dobló el tamaño de la economía, se redujo la pobreza a la mitad, somos el país mejor gobernado de América Latina) los segundo prefieren resaltar lo que aún falta por hacer (uno de cada cinco chilenos vive en la pobreza, hay crisis en la salud, la educación, la desigualdad es abismal y quedan muchos resabios autoritarios.) La Concertación sigue ganando elecciones, pero nadie entiende muy bien por qué. Unos dicen que se gana pese a lo que no se ha logrado, otros argumentan que ha sido por todo lo logrado. La percepción popular señala que mientras los autoflagelantes manejaron la campaña presidencial en primera vuelta—con un lema que reconocía falencias: ‘crecer con igualdad’—los autocomplacientes tomaron el control de la segunda vuelta (‘Chile, mucho mejor.’) Las conclusiones que sacan ambos bandos no pueden ser más disímiles. Mientras los primeros indican que el 48% de la primera vuelta apoyó su postura por la igualdad, los segundos señalan que con una campaña menos culposa, se podría haber ganado en primera vuelta. Como ministro Lagos evitó hacerse parte del debate y como presidente lo ha seguido ignorando. Mientras el gobierno de Frei fue claramente autocomplaciente, Lagos ha querido quedar bien con moros y cristianos y al final nadie queda contento. Para ser el verdadero líder de la Concertación, Lagos debe liderar un proceso que zanje ese debate.

 

2) Al presidente no le gusta tomar decisiones difíciles. Por eso, su estilo de gobierno ha empeorado el conflicto entre las dos almas de la Concertación. Ante problemas complejos, el presidente evita ofender o decepcionar a ciertos grupos. En vez de anunciar la línea a seguir, Lagos mantiene la ambigüedad, alimentando las esperanzas e ilusiones de grupos con objetivos opuestos. Cuando la situación se hace insostenible, Lagos toma decisiones apresuradas. Los ejemplos abundan. Cuando le tocaba nombrar a un nuevo consejero del Banco Central, Lagos permitió que se forjaran dos bandos, uno que apoyaba al autocomplaciente José Pablo Arellano y otro que prefería al autoflagelante Ricardo Ffrench-Davies. Cuando la situación se hizo insostenible, Lagos optó por nombrar a José de Gregorio. La disputa al interior de TVN, los conflictos respecto a la reforma laboral, la reforma tributaria y la ley de divorcio también han reflejado lo difícil que resulta para el presidente definir el rumbo a seguir. Varios salieron a decir cosas creyendo estar avalados por el presidente, pero luego se encontraron con que Lagos les había quitado el piso.

 

Es distinto decir ‘yo prefiero esto y por esto voy a pelear, aunque después tenga que hacer concesiones’ que darle aliento a distintas posturas para después ver cuál conviene más.  Esa tendencia ha llevado al primer mandatario a tomar decisiones ambiguas. Aunque construyó un gabinete de 16 ministros, también se preocupó de armar un equipo de asesores en el segundo piso que les hiciera seguimiento. Juntó a ministros con subsecretarios que no se llevaban bien y armó equipos en ministerios y servicios con personas que jamás lograron sintonizar. Es cierto que muchos líderes se aseguran de poner contrapesos y balances para limitar la acción de sus subordinados. Pero esa práctica en este gobierno ha fomentado la ineficiencia y ha comprometido la capacidad de coordinación entre organismos, dependencias y personas. A menudo los subordinados de Lagos se preocupan más de entorpecerse que de trabajar en conjunto.

 

3) El presidente no quiere delegar. Alguna vez lo dijo Jaime Ravinet, Lagos quiere ser el director de la orquesta y tocar todos los instrumentos a la vez. Ravinet se retractó cuando fue nombrado ministro, pero no por eso su crítica es menos válida. Dotado de un intelecto sorprendente, el liderazgo de Lagos se ha visto debilitado por su deseo de meterse en todos los temas. Como ex ministro de educación y de obras públicas, experto en temas constitucionales, abogado, doctor en economía, pieza clave en la transición política y hombre preocupado de las políticas de estado, el único ministerio donde Lagos no podría haber ejercido es SERNAM (y eso sólo porque es hombre, ya que el presidente también se ha preocupado los temas de género.) Pero un buen presidente sabe alejarse lo suficiente del manejo diario (micromanagement) de las políticas públicas para poder concentrarse mejor en determinar la dirección en que debe ir el barco. Con la colaboración de sus asesores del segundo piso, el presidente literalmente se entromete en la gestión de casi todos sus ministros, varios jefes de servicio, intendentes y hasta gobernadores. Si el presidente quiere entrar a la galería de los próceres, asesores que piensen el país del bicentenario más que supervisores del trabajo diario de los ministros es lo que necesita el vilipendiado segundo piso de La Moneda. Si Aguirre Cerda dijo ‘gobernar es educar’, Lagos debería comenzar a repetir ‘gobernar es delegar.’

 

4) El presidente no es capaz de abrir su círculo de hierro. A los problemas de la Concertación y su tendencia al micromanagement, se debe sumar lo difícil que resulta para el presidente incorporar gente nueva a su círculo más íntimo. Mientras Aylwin logró una cercanía impensada con Enrique Correa o Eugenio Tironi, y Frei hizo lo propio con José Joaquín Brunner o el mismo José Miguel Insulza, Lagos no ha podido ampliar su círculo íntimo más allá de sus aliados de siempre. Eso es peligroso porque los parientes, los asesores históricos y aquellos que han renunciado a tener agendas personales no siempre son los mejores candidatos para aconsejar al presidente. Lo que se gana en lealtad se puede perder en calidad. Los más ambiciosos, los más emprendedores, los que están más llanos a cuestionar y ofrecer alternativas pueden generar desconfianzas, pero también son los que dan vida a nuevos proyectos, los que incorporan nuevas perspectivas y los que más están dispuestos a arriesgar. Es como el mercado, mientras más competencia, mejor el servicio.  Pero en vez de traer gente nueva, el presidente ha optado por cerrar aún más su círculo desde marzo del 2000. Varios de sus ‘hombres cercanos’ han caído en desgracia en meses recientes y el círculo íntimo se ha achicado aún más. Los familiares del presidente pesan cada día más y la diversidad de ideas y posiciones ha dado paso a una uniformidad de criterios donde abundan los ‘sí, señor’ y faltan los que se atreven a expresar sus discrepancias. En parte, el presidente ha optado por este camino para tratar de disciplinar al gobierno y disminuir el desorden. Pero el descontento de los partidos, las diferencias entre las dos almas de la Concertación y el desencanto de los concertacionistas no se eliminan sólo por cerrarles el acceso a La Moneda. Es más, mientras menos se vean reflejadas esas diferencias en el círculo íntimo del poder, más desorden y descoordinaciones causarán en los mandos medios. Mientras menos canales existan para comunicar la molestia de ciertos sectores, más crecerá el descontento.  Muchos diputados y senadores concertacionistas exitosos atribuyen el éxito en sus campañas en que se plantearon en oposición a La Moneda. Y no son pocos los que argumentan que más que una mejor política comunicacional, este gobierno necesita diseñar mecanismos que permitan escuchar mejor lo que está diciendo la gente.

 

5) El presidente no quiere sombras. Lagos se asegura que nadie le haga sombra, como si alguien le fuera a quitar la presidencia. Esa actitud era comprensible cuando era candidato y temía que el PS o el PPD volvieran a negociar su candidatura como lo hicieron en 1993. Pero ahora es presidente y no debe tenerle miedo a las figuras emergentes. Mientras más líderes tengan proyección, mejor es para el futuro de la Concertación y menos los riesgos de que se lance la carrera presidencial del 2005 al interior de la alianza de gobierno. La reciente decisión de incorporar gente joven a las intendencias y gobernaciones provinciales es un paso en la dirección correcta, pero también puede ser interpretado como evidencia de la tendencia del presidente a evitar haya gente que le haga sombra. Su decisión de reorganizar un gabinete con personas leales y dejar de lado a potenciales hombres fuertes evidencia que al presidente le molestan los liderazgos alternativos. Pero con eso, lo que gana en lealtad lo pierde en poder y fortaleza.

 

La poca disposición de Lagos a hacerse cargo de los conflictos al interior de la Concertación y su desconfianza de los partidos ha agravado la crisis entre éstos y el gobierno. No es solo la DC que reclama falta de llegada con el presidente, algunos diputados del PPD han amenazado dejar el gobierno si el presidente no les hace caso y hace rato que el PS parece un partido de oposición más preocupado de dejar contento a su militancia dura que emprender el rumbo para poder consolidar el apoyo mayoritario que se logró en la segunda vuelta presidencial. De a ratos, la presidencia de Lagos se parece más a la de un independiente tibiamente apoyado por partidos de centro izquierda que a la de un convencido militante concertacionista que lidera un grupo, si bien heterogéneo, que comparte un ideal común y trabaja ordenadamente para lograrlo.

 

Así las cosas, con una coalición de gobierno ya dividida entre dos grandes bloques, su tendencia natural a ponerle contrapesos a los miembros de su equipo y a participar activamente de la gestión del día a día han llevado al presidente a estar tan preocupado de los árboles de hoy que ha olvidado su discurso inicial sobre el bosque del segundo centenario del 2010.  Muchos han repetido que a Lagos le quedan más días en el poder que los que tuvo el presidente Aylwin. Pero a diferencia de Aylwin, Lagos desconfía profundamente de los partidos y no goza del apoyo de una coalición de gobierno disciplinada.

 

Como buen intelectual y docente, Lagos también es un hombre que sabe escuchar cuando quiere y que ha sido capaz de corregir rumbo en el pasado. Al llevar a la Concertación más allá de las disputas actuales entre autocomplacientes y autoflagelantes—mas que obstinarse en su posición actual de autosuficiente—con un gobierno emprendedor, con espacio para el debate pero también liderazgo para convocar, Lagos podrá entrar a la historia como el primer gran prócer del siglo XXI chileno, como aquel que logró proyectar a la Concertación por la Democracia más allá de las tareas ya cumplidas de la transición a la democracia.