Es la ley electoral, estúpido

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 9, 2001

 

En Chile la polarización política está impuesta por ley. Para las elecciones parlamentarias, candidatos y partidos abandonan la búsqueda de consensos que, exitosa o infructuosamente, suelen propiciar y defender. El clima de confrontación se apodera del ambiente y el tono de las acusaciones y recriminaciones comienza a subir hasta que los insultos fluyen libres y numerosos.

 

“Es la inevitable confrontación política”, dirán algunos. “Los políticos necesitan diferenciarse para ganar más votos”, señalarán otros (algunos incluso firman como expertos.) Pero la polarización, que recuerda más al Chile de 1970 que al país que queremos, no tiene por qué existir en cada contienda electoral. Recordemos la campaña presidencial de 1999. Parecía otro país. Lagos y Lavín se esmeraron por privilegiar un discurso de unidad y de propuestas, manteniendo las acusaciones en un mínimo. ¿Por qué hay polarización en las elecciones parlamentarias pero no en las presidenciales?  ¿Por qué en 1999 Lavín y Lagos estaban de acuerdo pero ahora las diferencias entre la Concertación y la Alianza se agudizan?  Parafraseando el lema extra-oficial de la campaña de Bill Clinton en 1992, It’s the electoral law, stupid.  La ley electoral en vigencia hace que la polarización sea inevitable.

 

Imaginemos a las elecciones como una subasta. El sistema binominal permite ‘comprar’ el 50% de los escaños con el 33,4% de los votos en cada distrito. Pagar más (o sea, buscar obtener más votos) es malgastar plata. Pero en el caso de las presidenciales, hay que sacar 50% + 1 para ganar. La diferencia no es trivial. Aunque en las presidenciales vale la pena ‘invertir’ para buscar la moderación, el consenso, el voto de centro, en las parlamentarias no hay necesidad de hacerlo. Es más, conviene endurecer el discurso y parapetarse en lo que comúnmente se denomina el voto duro.

 

¿Por qué se mantiene este sistema tan nocivo? Las culpas son compartidas. La derecha sabe que con un sistema diferente (distritos de más diputados) la Concertación obtendría una abrumadora ventaja. Pero como no puede utilizar ese argumento, la derecha correctamente señala que tener distritos con más diputados sólo agudizaría la polarización. Si con una barrera de entrada del 33,4% existe este nivel de polarización, con distritos de 4, 5 o 6 diputados—donde la barrera sería 20%, 16,7% y 14,3% respectivamente—la polarización sería aún peor.

 

Por su parte, el gobierno insiste en que el sistema diseñado por la derecha para evitar que la Concertación tuviera una aplastante mayoría tiene que ser cambiado. Defendiendo la necesidad de que ‘todos los partidos estén representados,’ la Concertación ha abogado en defensa de un sistema más proporcional. Pero al privilegiar la representatividad, se disminuye la gobernabilidad. Mientras más partidos haya representados, más difícil es lograr formar coaliciones que den gobernabilidad y mayores son los incentivos para que los partidos y los candidatos se polaricen. Pero hasta la fecha la Concertación se ha concentrado en el aspecto de ‘representación’ y no se ha hecho cargo del problema de la polarización. La derecha ha hecho exactamente lo opuesto. Y ahí seguimos estancados.

 

Los que creen que sería más saludable y provechoso que las elecciones fueran tanto para debatir ideas y propuestas que permitan avanzar hacia los objetivos nacionales como para dar igual oportunidad de ganar a todos los partidos tienen a su disposición una herramienta electoral que permite lograr precisamente eso. En vez de defender el sistema binominal (2 parlamentarios) o propiciar un sistema plurinominal (varios escaños por distrito, como el que existía hasta 1973), una solución más razonable para el impasse actual sería adoptar el sistema uninominal con segunda vuelta (un parlamentario por distrito.) Conocido también como sistema inglés, ésta fórmula reproduce localmente los mismos incentivos que vimos aparecer en la última campaña presidencial. Así como las plataformas de Lagos y Lavín parecían copias manuscritas del mismo original porque reflejaban los grandes acuerdos nacionales y los deseos de la mayoría (ley de divorcio, reforma a la salud, ley contra la evasión tributaria y medidas para generar más crecimiento) los candidatos a parlamentarios tendrían incentivos para articular discursos y plataformas de campaña que buscaran la moderación y el apoyo mayoritario y no a desarrollar estrategias que capten sólo el apoyo del voto duro de los extremos.

 

La representación de las minorías se facilitaría con distritos uninominales más pequeños (129 mil habitantes en una Cámara de 120 diputados, 100 mil en una de 150 diputados) y habría más heterogeneidad geográfica e ideológica: Providencia sería un distrito único, pero también Lota o Pudahuel. Los acuerdos de omisión facilitarían la representación de partidos menores. Tener distritos más pequeños también reduciría los costos de las campañas para cada candidato y permitiría que aquellos que no tienen recursos igual puedan hacer campañas exitosas. Lo que es mejor, haría más fácil que los electores pudieran votar a los buenos parlamentarios y botar a los malos.

 

La evidencia empírica a favor de un sistema uninominal es enorme. La única nación del mundo con un régimen presidencialista que ha funcionado sin interrupciones por 225 años combina el presidencialismo con un Congreso escogido en distritos uninominales.  Por su parte, los sistemas de representación proporcional han florecido en Europa donde el régimen de gobierno es parlamentario, aunque Gran Bretaña y Francia tienen distritos uninominales y Alemania e Italia tienen un sistema mixto. En América Latina hemos intentado tener regímenes presidenciales con representación proporcional y los resultados han sido históricamente desastrosos. “A los estadounidenses les gusta jugar béisbol mientras a los chilenos nos gusta el fútbol,” dicen algunos para oponerse a copiar el modelo. Pero si vamos a tener un régimen presidencialista, hagámoslo bien. No se puede pretender jugar béisbol con una pelota de fútbol.

 

El año 2005, por primera vez desde 1993, se celebrarán elecciones presidenciales y parlamentarias conjuntas. A diferencia de 1993, se espera que éstas sean duramente competidas. Pero si no cambiamos el sistema electoral, nos encontraremos con candidatos presidenciales que promuevan un discurso de grandes consensos y moderación y candidatos al parlamento con plataformas de confrontación. Será el peor de los mundos. No sólo intentaremos jugar béisbol con una pelota de fútbol sino que en la misma cancha habrá otros queriendo jugar fútbol con bates de béisbol.