En el país de los ciegos

Patricio Navia

La Tercera, Domingo 18 de noviembre de 2001

 

El país es América Latina y el tuerto es, o podría ser, Chile. Desde el 11 de septiembre, Latinoamérica desapareció del mapa mundial. Una semana antes de los atentados, George W. Bush señaló que la relación bilateral más importante de Estados Unidos era con México. Pero en su discurso del 20 de septiembre, Bush reculó al señalar que el mejor amigo de Estados Unidos era Gran Bretaña. En menos de dos semanas, producto de la sorpresiva reacción anti-yanqui que plagó a medios y opinión pública mexicana, la tesis de interdependencia de los países de NAFTA perdió credibilidad y legitimidad en Estados Unidos. Con lo de México terminaron de caer las esperanzas de posicionar a América Latina en el centro del debate económico, político y estratégico estadounidense. Aunque estuvimos a punto de entrar a la casa, por el momento América Latina sigue estando en el patio trasero de Estados Unidos.

 

Junto a las Torres Gemelas cayó también la esperanza de una rápida recuperación económica para América Latina. Cundió el pánico y la región se quedó sin piloto. Con México (producto bruto de US $574,5 mil millones el 2000, datos del Banco Mundial) fuera de carrera, el presidente de Brasil (US $587,6) se alzó como el líder que coordinó la respuesta regional inicial. Pero Cardoso va de salida y su primera prioridad es encontrar un delfín para las presidenciales de octubre del 2002. En tercer lugar está Argentina (US $285,5), pero de la Rúa está más preocupado de salvar su pellejo que de intentar liderar un continente. En orden de tamaño sigue, por el elevado precio del petróleo de los últimos años, Venezuela (US $120,5), pero las diatribas nacionalistas bolivarianas (¿?) y una emotiva carta enviada al “distinguido compatriota” terrorista Carlos ‘el Chacal’ imposibilitan el liderazgo de Chávez sino en esta coyuntura, siempre. Colombia (US $82,8) está sumida en una lucha interna por sobrevivir y el presidente Pastrana también va de salida. Por descarte llegamos a la sexta economía de la región, Chile (US $70,7 mil millones el año 2000.) A diferencia de las anteriores, y pese al pesimismo nacional, Chile es un país ordenado con una economía sana.

 

Por eso el país está en condiciones de aprovechar la coyuntura y alzarse como líder regional no obstante su menor tamaño. Así como Costa Rica, cuya economía es más pequeña que la de Guatemala y sólo levemente más grande que la salvadoreña, logró convertirse en líder regional y su presidente Oscar Arias recibió el Nóbel por sus esfuerzos para conseguir la paz en Centroamérica en 1987, el presidente Lagos podría haber aprovechado la oportunidad hoy. Aunque Chile sea efectivamente tuerto, el que no nos hayamos arriesgado a tomar el liderazgo ha dejado a una América Latina de ciegos sin rey.

 

Chile es tuerto porque nuestra democracia tiene problemas estructurales. Un país cuyas FFAA son garantes de la institucionalidad  y no están supeditadas al poder civil—sus comandantes en jefe son inamovibles, tienen independencia presupuestaria y se rigen por leyes diferentes a la de los civiles—siempre tendrá problemas para alzarse como líder democrático regional. La bancada militar de senadores designados, los nombramientos del COSENA en el Tribunal Constitucional y lo difícil que le resulta a las FFAA expurgar a los violadores de los derechos humanos de su historia institucional dañan la imagen internacional del país. El excesivo gasto militar chileno—que según The Economist alcanzó al 4% del PIB en 1999, dos veces lo de Argentina—evidencia que en materia de sujeción de los militares al poder civil Chile no tiene el ‘camino recorrido.’

 

Pero también somos tuertos porque nos hemos quedado atrás en la integración regional. El presidente Frei terminó de solucionar los conflictos limítrofes con Argentina, pero quedan asuntos pendientes con Perú y Bolivia. La tarea es difícil. Los recientes esfuerzos para lograr una salida no soberana al mar a Bolivia y una jugosa oportunidad de negocios para el deprimido norte chileno han sido objeto de injustificadas alharacas nacionalistas. En Contrapunto en La Tercera (11 de noviembre), el senador Julio Lagos (RN, Tarapacá) creyendo defender la soberanía se refirió al Norte de Chile como “territorios ocupados.” El Instituto Libertad y Desarrollo reconociendo las oportunidades de negocios que existen, defendió en términos cantinflescos la soberanía como el “no reconocimiento de cuestiones pendientes que no reconocemos ni podemos reconocer.” Y si una salida al mar para Bolivia es anatema, el gesto de devolver el Huáscar al Perú sería visto como una traición a la patria. Pero si uno no se gana el respeto y el aprecio de los vecinos, difícilmente puede pretender gozar de la legitimidad necesaria para alzarse como líder regional.

 

También somos tuertos porque nos hemos acostumbrado a mirar con un solo ojo. Chile históricamente no se ha involucrado mucho en asuntos regionales, particularmente cuando hubo gobiernos de derecha (Alessandri, Pinochet), pero sin una agresiva política de integración regional y participación internacional no podremos dar el salto al desarrollo. Salvo con Frei Montalva cuyo modelo de Revolución en Libertad inspiró a muchos vecinos, los gobiernos chilenos han oscilado entre el nacionalismo patético y la copia de modelos importados. La revolución allendista con empanadas y vino tinto desconoció los factores externos que podían obstaculizarla y las variables del ‘mercado cruel’ que la hacían inviable. Así les fue: una economía en ruinas, un país dividido y un golpe militar que costó miles de vidas y 17 años de dictadura. Lo de Ibáñez fue, enhorabuena, una mala copia de Perón. Y la primera hola de reformas de los Chicago Boys, que utilizaron a Chile como conejillo de indias, dejó al país con un desempleo del 30% y provocó una recesión que vio a la economía contraerse en un 13% en un solo año. Seguimos obstinados en ser la Suiza de América Latina (¿por lo aislacionista?) y no entendemos que en un mundo globalizado hay que ser pioneros en integración e interdependencia para poder triunfar.

 

Así y todo, pese a los problemas, Chile está mejor posicionado que cualquiera de los otros seis grandes para liderar América Latina en los difíciles meses que se vienen. La recuperación económica, la tensión entre la necesidad de fomentar el comercio y las presiones proteccionistas que ya empiezan a aparecer en los países desarrollados, la presión sobre las jóvenes democracias que enfrentarán la primera crisis económica regional de envergadura y la incertidumbre generada por el nuevo (des)orden mundial serán obstáculos difíciles de superar si América Latina no logra cohesionar políticas y posturas.  Pero en vez de tomar la iniciativa y buscar una posición de liderazgo, el gobierno chileno parece paralizado por la indecisión. En el país de los ciegos el tuerto es rey siempre y cuando se atreva a serlo.