Defensa del oportunismo

Patricio Navia

La Tercera, octubre 21, 2002

 

En tanto nuestra política exterior se siga batiendo entre el principismo y el oportunismo no podremos desarrollar una estrategia coherente para convertirnos en líderes regionales e interlocutores respetados en el nuevo (des)orden mundial. Mientras el oportunismo nos lleva a ignorar las violaciones a los derechos humanos cometidas en China, el principismo nos hace condenar las que se producen en Cuba. Mientras el oportunismo nos lleva a ignorar a los niños africanos hambrientos hoy, el principismo pacifista nos lleva a recaudar fondos cuando Afganistán está en el centro de la noticia (¿o es eso también oportunismo?). Mientras el principismo nos lleva a hacer pomposas declaraciones en defensa de la democracia hemisférica, el oportunismo nos lleva a guardar silencio cuando Fujimori intenta robarse las elecciones. A menos que seamos perfectamente consecuentes en el tema de derechos humanos o de defensa de las resoluciones de la ONU, la lógica debería ser defender a brazo partido los intereses comerciales y estratégicos del país: principistas del oportunismo.

 

Un discurso principista mezclado con ocasionales arranques de oportunismo provoca resultados patéticos. El programa “no somos terroristas, ayúdenos” patrocinado por la cancillería busca ir en auxilio de los miles de niños que sufren hambre y miseria en Afganistán. No obstante, la miseria y las constantes violaciones a los derechos humanos perpetradas por el gobierno talibán existían desde antes del 11 de septiembre. Pero como entonces Afganistán no salía en la tele, no había necesidad de lanzar una campaña de donaciones. El entusiasmo por solidarizar con las víctimas de la tragedia no alcanzó para pagar una página en el New York Times expresando la empatía de Chile después del atentado. Decenas de ciudades y gobiernos alrededor del mundo hicieron el simbólico gesto de amistad y apoyo, pero no Chile, pese a nuestra condición de primeros en la fila para firmar un tratado de libre comercio con el país atacado. 

 

Es difícil ser principistas cuando hay intereses comerciales en juego, de ahí la necesidad de hacer caso omiso a las violaciones a los derechos humanos en China. Pero, si vamos a ser oportunistas, entonces hagámoslo bien. Como queremos aprovechar esta coyuntura para lograr un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, sigamos enviando delegaciones a hacer lobbying a Washington. Solo que no malgastemos recursos enviando al director del Instituto Libertad y Desarrollo a hablar con líderes conservadores y republicanos. Eso equivale a enviar a la Organización de Familiares de Detenidos Desaparecidos a reunirse con el Juez Garzón. Los republicanos libre-mercadistas y el Wall Street Journal ya apoyan el acuerdo. Ahora falta convencer a un número crítico de demócratas que tradicionalmente se han opuesto por motivos proteccionistas, defensa de los derechos laborales y del medio ambiente. Entre los escépticos hay varios congresistas que representan a la ciudad de Nueva York que no han visto ninguna campaña de solidaridad chilena con las familias de las 5000 víctimas fatales. Nada se logra con seguir predicándole a los conversos libre-mercadistas. Para aprovechar bien esta oportunidad hay que reclutar y enviar a diputados de izquierda, activistas ecológicos y líderes sindicales a granjear apoyos en sectores tradicionalmente renuentes. Si el objetivo es construir una coalición más amplia para el acuerdo con Chile y el libre comercio, lo que corresponde es convencer demócratas más que republicanos. Para eso hay que apoyarse en la izquierda, particularmente en aquella con lazos sindicales y políticos en Estados Unidos, y especialmente en los que tienen llegada con el partido demócrata.

 

El uso ineficiente del oportunismo se extiende más allá del gobierno. Sabiendo que la Concertación se favorece ante la incertidumbre provocada por una crisis internacional, Lavín insiste en que los problemas de Chile son domésticos (desempleo, delincuencia y pobreza.) El autor de “La Revolución Silenciosa”, apología de la incorporación de Chile a los mercados mundiales, minimiza ahora el impacto que tienen los fenómenos mundiales en el comportamiento económico del país. Buscando sacar ventaja de la coyuntura actual, el alcalde de Santiago esgrime ese discurso aislacionista. Pero aún así, el candidato presidencial del 2005 realizó una oportunista gira terror-turística a Nueva York. ¿Qué tenía que hacer Lavín en la Zona Cero si fue a Manhattan a aprender sobre políticas para combatir el crimen? Los chilenos tienen muchas más posibilidades de ser asaltados en sus poblaciones que de ser víctimas de un atentado terrorista. Pero el alcalde está atrapado entre un anodino discurso aislacionista y la necesidad de presentarse como un líder que puede llevar a Chile por las difíciles y cambiantes aguas de la interdependencia de los mercados mundiales. Su viaje a Nueva York, así como su visita a Perú sólo meses antes del escándalo de los vladivideos en la que señaló a Fujimori como un ejemplo a seguir, demuestra que en materia de relaciones internacionales el alcalde anda hace tiempo con el rumbo perdido.

 

El presidente Lagos es un estadista innato, capaz de encontrar el balance perfecto entre principismo y oportunismo. Cuando hay crisis internacional, su liderazgo crece. Pero de nada le sirve a la selección de fútbol ganar algunos partidos de visita si pierde los encuentros como local. La seguidilla de errores que provocaron el escándalo de Alto Hospicio y McDonald’s fue inevitable en un gobierno que se ha caracterizado por tener un exitoso saboteador interno. Cada vez que están dadas las condiciones para consolidar la aprobación de la opinión pública, alguien en el gobierno sale con una nueva chambonada. Los errores se pagan. Si no los pagan los asesores y funcionarios responsables, los pagará electoralmente toda la Concertación. De poco ayuda tener un líder cuya reputación mundial--favorecida por la falta de competencia regional--no logra convertirse en capital electoral debido a los errores internos.

 

La seguidilla de errores, oportunidades perdidas y abiertas contradicciones entre los que quieren ser principistas y los que buscan aprovechar las oportunidades para posicionarnos en el mundo hacen que nuestra política exterior parezca, parafraseando a un ex presidente mexicano, ni oportunista ni principista, sino que todo lo contrario.