La ciudad vulnerable

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 12, 2001

 

Desde la ventana de mi oficina todavía se ve el humo y el polvo elevándose del lugar donde hasta hace unas horas se alzaban imponentes las torres gemelas del World Trade Center. Hace unos minutos cayó una tercera torre. Al lado de los dos colosos de 110 pisos que se hicieron añicos esta mañana, la torre de 47 pisos que cayó a las 6 de la tarde parece una tragedia menor.  Está punto de oscurecer, y mientras en el sur de la isla reina la confusión, la sangre y los escombros, en el norte se asoman unos tímidos arreboles de fines de verano. Por unos segundos pareciera que todo vuelve a la normalidad (normalidad es siempre sinónimo del ‘como eran las cosas antes’) y que después del trabajo uno podría ir a descansar al Central Park, y aprovechar así los últimos días del verano. Pero en el sur el humo sigue saliendo como sí hubiera ahora una locomotora gigantesca que no se quiere alejar de Manhattan.

 

Es difícil intentar analizar fríamente, cuando todavía arden los escombros, lo que significa y conlleva este atentado para Estados Unidos o el mundo. No puedo siquiera imaginar qué será de Nueva York después de que lloremos a nuestros muertos y vayamos a dejar flores al sitio donde alguna vez se alzó imponente el World Trade Center. La geografía será radicalmente diferente, pero también la forma en que los neoyorquinos se ven a sí mismos. Las memorias memorables de la ciudad capital del mundo se verán manchadas para siempre con la sangre de miles de víctimas. En el orgullo altanero de sus habitantes quedarán grabados las escenas de terror y los rostros de miedo de la mañana del martes 11 de septiembre. 

 

Cuando los habitantes de la metrópolis nos levantemos mañana, no sólo nos costará reconocer el paisaje de la capital simbólica del mundo—imagínese un Santiago sin cordillera—sino que también sentiremos más miedo, miraremos con una inusual desconfianza a los otros sobrevivientes y sentiremos temor al entrar a la gran selva de cemento. Pero también seguiremos sorprendiéndonos a nosotros mismos al buscar en la rutina y cotidianeidad la seguridad que perdimos cuando verificamos dramáticamente que la ciudad más famosa del mundo es también una de las más vulnerables y una de las más odiadas. Además de llorar a los muertos, tendremos que comenzar a convivir con el temor. A partir de mañana cada habitante de Nueva York mezclará los motivos que lo trajeron a la gran manzana con un sentimiento de vulnerabilidad y fragilidad.

 

El ataque terrorista de 1993 contra el World Trade Center fue un llamado de alerta, pero también nos hizo creer que la ciudad, sin ser inmune, era capaz de salir airosa frente a los intentos por destruir el caótico sistema que permite la movilización de millones de personas y miles de millones de dólares que diariamente circulan por la ciudad. Pero el ataque de hoy demuestra que Nueva York no es invencible.

 

Es lógico ser incapaz de no reconocer el temor cuando se trata de atentados terroristas. Sus perpetradores buscan sembrar el miedo y la confusión. Más que ganar adeptos para su causa, la lógica del terrorista sólo pretende aumentar los costos que implica no ceder a las demandas de los movimientos que reivindican estos hechos. El temor y chantaje son las herramientas que utilizan para lograr sus objetivos. En cierta medida, hoy lo lograron. Los neoyorquinos y en general los estadounidenses sintieron miedo.  La lógica de miedo del terrorismo se ha instalado en la memoria colectiva nacional.

 

Este es el ataque más importante a territorio estadounidense desde el bombardeo a Pearl Harbor. Pero un ataque de esta magnitud a dos íconos del capitalismo y del poderío estadounidense—Pentágono y World Trade Center—tiene implicaciones diferentes a las que llevaron a Estados Unidos a entrar a la Segunda Guerra mundial. Aquí no está claro quién es el enemigo o qué quiere. A diferencia de los años de la Guerra Fría, ahora no hay un “imperio del mal.” El enemigo puede estar en cualquier parte. La explosión de las Torres Gemelas en Nueva York nos recordó que el mundo post-guerra fría es mucho más complejo e impredecible. La prolijidad y sangre fría que caracterizó a esta matanza colectiva nos mostró un rostro desconocido y un efecto tenebroso de la globalización y de la consolidación del poderío unipolar estadounidense.

 

Hoy cayeron las Torres Gemelas del World Trade Center, joyas de Nueva York y símbolo mundial de la supremacía del capital y del progreso tecnológico humano. Me tocó ver desde la Washington Square, a unos dos kilómetros del lugar, cómo caía la Torre Norte a las 10:30 a.m. Porque se veía igual que en las películas, supe que no era ficción. Observar cómo se venía abajo la mole de cemento era algo demasiado normal e inverosímil como para constituir una pesadilla. Es más, como en el poema “fin de mundo” de Jorge Tellier, pensé el World Trade Center no se puede haber caído porque “las palomas y los gorriones siguen peleando por la avena en el patio” de Washington Square.