Tompkins y la globalización

Patricio Navia

La Tercera, domingo 13 de mayo de 2001

 

Douglass Tompkins desordena el debate sobre la globalización en Chile. Por un lado muchos de los globalofobos que salieron a protestar en la última reunión del BID en Santiago defienden las aventuras de ecología profunda del multimillonario ex capitalista. Por otro, muchos globalizantes, enemigos de las barreras comerciales y del proteccionismo, paladines de la propiedad privada y amigos de la inversión extranjera están cerca de demandar que el gobierno interceda para confiscar las tierras del excéntrico estadounidense en aras de la defensa de la soberanía nacional.

 

¿La derecha pidiendo la confiscación de tierras? ¿La izquierda abrazando una nueva forma de imperialismo yanqui? No es que el mundo esté girando al revés. Ocurre que muchos globalofobos son herederos de la ideología que alguna vez hizo el llamado “trabajadores del mundo, unios” mientras que muchos globalizantes son hijos ideológicos de los que siempre rechazaron las “ideas foráneas.”

 

La historia de Tompkins se asemeja en algunos aspectos a la de la Colonia Dignidad.  Por motivos que no viene al caso ni siquiera conocer, Tompkins decide instalarse al sur de Puerto Montt mientras que Paul Schäfer y su gente lo hacen en la zona central. La llegada de los ‘afuerinos’ revoluciona a la comunidad local y preocupa a ciertos líderes nacionales. La opinión pública, que gusta de los escándalos simples—donde haya buenos y malos—recibe información contradictoria. Mientras unos los alaban como casi-héroes, otros los sindican como la principal amenaza a la seguridad nacional: un estado dentro de otro estado, una comunidad que se rige por sus propias normas y no respeta las leyes del país. En fin, Tompkins para unos y Colonia Dignidad para otros son peligrosos criminales. 

 

Es cierto, a Tompkins nadie lo acusa de abusar de menores ni es un forajido de la justicia como Schäfer, pero por la energía y dedicación con que sus opositores lo atacan, es fácil pensar que el ex CEO de Esprit es una amenaza para la soberanía nacional. Hay otras diferencias: mientras el Parque Pumalín está abierto al público, la Colonia Dignidad (Villa Baviera, para los legalistas) sólo recibe a los amigos (siempre de derecha y siempre con pasado turbio). Pero Tompkins y la Colonia Dignidad también se parecen en lo mal que manejan su estrategia comunicacional. El ecologista profundo no ayuda a contrarrestar la imagen de neo-imperialista obstinado. Nada costaría implementar una página web para explicar a la opinión pública de qué se trata esto de Pumalín o en qué consiste la visión a largo plazo que Tompkins quiere dar a su parque ecológico. Una estrategia comunicacional no significa pagar avisos en los medios. Bien podría crear becas para estudios en desarrollo sustentable o colaborar con organizaciones vecinales que se esfuerzan en crear áreas verdes en sus ciudades.  Pero el ecologista parece vivir con el lema de la canción de Frank Sinatra, a mi manera.

 

Mientras tanto, globalizantes y globalofobos se cambian de camiseta cuando se discuten las excentricidades de Tompkins. A muchos de los que otrora defendieron la reforma agraria y propiciaron el fin del latifundio parece ya no importarles la concentración de tierras en las manos de unos pocos. Es más, muchos globalofobos creen que el estado debe hacerse cargo de solucionar todos los problemas de la sociedad. A estos globalofobos estatistas parece tenerles sin cuidado que el principal promotor de la salvaguardia de los bosques ecológicos en Chile sea un privado.

 

Por otro lado, aquellos que señalan que la concentración de tierras es peligrosa para la soberanía también experimentan contradicciones. ¿No debería ser más preocupante para el país que la industria telefónica, eléctrica o minera esté en manos extranjeras? Si la protección de la soberanía pasara por quién es dueño de qué, entonces las privatizaciones de los 80 y los 90 entrarían a la historia como la peor traición que sufrió Chile.

 

Las posiciones antagónicas que sobre esto han tomado globalofobos y globalizantes evidencia que más allá de las visiones opuestas sobre el comercio y la integración internacional, las dos versiones nacionales de estas corrientes están separadas por un abismo que reproduce las mismas confrontaciones ideológicas de las últimas cuatro décadas. Muchos de los que hoy defienden a Tompkins se alzaron después que los opositores lanzaran la primera piedra: se puede aprender mucho sobre alguien sabiendo quiénes son sus enemigos.

 

Un sector de la derecha, supuestamente globalizante, quiere ponerle filtro ideológico a los bienes, servicios e ideas que entran al país. Una parte de la izquierda, supuestamente enemiga del capital multinacional, abraza a los imperialistas cuando piensan como ellos. Pero el gobierno, tanto el de Frei como el Lagos, ha sabido mantener el equilibrio ante este fuego cruzado que recuerda el ‘nadie sabe para quién trabaja.’ El respeto a la propiedad privada, la igualdad de todas las personas ante la ley y una política de apertura al mundo y no de temor al mundo globalizado deben ser los criterios con que el gobierno enfrente las desavenencias que produce el fenómeno Tompkins.