La humillada cerviz peruana

Patricio Navia

La Tercera, 1 de abril de 2001

 

En los años en que se entonaban los himnos nacionales en el fútbol, los televidentes cuidadosos podían notar que el himno peruano habla de cómo, al oír el grito de libertad en sus costas, el peruano “la indolencia de esclavo sacude” y “la humillada cerviz levantó.” El coro del himno es una arenga poderosa, libertad o muerte.

 

Muchos políticos peruanos en los últimos años han recurrido a consignas nacionalistas igualmente dramáticas. Pero a menudo el dramatismo salpica el debate y los candidatos se dedican a discutir primero quién es más cholo, para luego pasar a los epítetos de criminal, corrupto e, incluso, ‘auquénido (llama) de Harvard.’ Más que un mecanismo para elegir gobernantes, las elecciones son verdaderas disputas sobre quién representa mejor el verdadero y profundo ser nacional.

 

En esta vuelta, la guerrilla de acusaciones se centró entre los dos candidatos que lideran las encuestas. Alejandro “el cholo” Toledo ha sido acusado de drogadicto, mujeriego, padre natural y, por supuesto, corrupto. La candidata Lourdes Flores en cambio ha sido acusada de racista, Opus Dei y 'blanquita de Miraflores' (los insultos son sólo ofensivos en contextos culturales determinados).  Los entusiastas seguidores de los candidatos de Perú Posible y Unidad Nacional han recurrido a ofensas, gritos y piedras para terminar con el limitado grado de civilidad que alguna vez tuvo la campaña.

 

Las acusaciones remplazan a las propuestas concretas sobre políticas de gobierno y estrategias para promover el crecimiento y terminar con la pobreza y la corrupción.  La ausencia de partidos políticos estables ayuda a confundir el debate ideológico. Los candidatos, rodeados de figuras de diferentes ideología utilizan un discurso ambiguo, pero tremendamente nacionalista, para obtener el voto sin alienar a nadie. El electorado, incapaz de distinguir plataformas de gobierno, se deja llevar por el nacionalismo chabacano. Si el gobierno va a ser ineficiente y corrupto, al menos que sea nacionalista.

 

El temprano favorito ha perdido arrastre. Lo suyo fue siempre un “No a Fujimori.” Ahora lucha por entusiasmar con un poco convincente “Si a Toledo.”  Flores ha sido dañada por su propia estrategia confrontacional. Ante la sorpresa de muchos, Alán García (si, el mismo) aparece amenazando con clasificar para la segunda ronda.

 

García es prueba viviente de que no hay mejor aliado para un mal gobierno que ser víctima de la persecución indiscriminada por parte del gobierno sucesor. Cuando el nuevo presidente toma en sus manos la causa de castigar la corrupción anterior se vulnera el estado de derecho que supone la independencia del poder judicial. Si el nuevo gobierno llega a su fin en un caos político y económico (huída presidencial incluida), la persecución de que fuera víctima el mandatario anterior se convierte en su principal, y tal vez único, capital electoral. Al volver después de la renuncia a distancia de Fujimori, García llegó diciendo que él era el único que no estaba en los vídeos de Vladimiro Montecinos. Los “Vladivideos” simbolizan la corrupción, tráfico de influencias, violaciones a los derechos humanos y persecución a enemigos políticos que existió durante la década fujimorista. Pero en gran medida la elección de Fujimori en 1990 fue posible por el deplorable estado en que García y el APRA dejaron al país. El rechazo del electorado se extendió a todos los partidos políticos y los independientes enarbolaron la bandera de la salvación nacional. Aunque en un comienzo se pensó que Vargas Llosa ganaría las elecciones, la pedantería del candidato y su afán en insultar a los votantes más que en capturar la imaginación nacional permitió que Fujimori, un desconocido, se alzara como ganador. Hoy, con el descrédito del gobierno del “Chino” más fresco que el de García, los peruanos parecieran estar considerando seriamente re-elegir al cadáver político que resucitó del exilio. Y aún si no logra pasar a la segunda ronda, García podría tendrá suficientes votos para cargar la balanza de la segunda vuelta. ¡Tal es el caos que causaron los Vladivideos!

 

La caída de Fujimori empezó varios meses antes de su huída al Japón. No fueron las viciadas elecciones, sino un video lo que terminó de desestabilizar al régimen. Los videos que siguieron terminaron por desestabilizar al país. No sorprende entonces que Alberto Fuguet, en reportaje especial para el New York Times, dijera que fue a Lima a cubrir una revolución y terminó sentado en su hotel viendo televisión. La elección presidencial del 8 de abril es un cruce de telenovela con teatro del absurdo. Las opciones son el economista populista, una líder locuaz y torpe incapaz de aglutinar voluntades que esperan ansiosas un nuevo grito de libertad en sus costas y el ex presidente cuyo gran mérito es no aparecer en los obscuros vladivideos. Casi tan malo como tener que escoger a uno de los tres, es ser vecino de un país que se estremece al ritmo de las caderas de sus políticos populistas, del puente a la alameda.