Cómo reconstruir Chile

Patricio Navia

El líbero, octubre 8, 2021

 

Lo más probable es que el país avance hacia un modelo de desarrollo que nunca ha funcionado en ninguna parte, basado en el Estado y no en la iniciativa privada. Por eso, tendremos que esperar a que el país se despierte del sueño de que el desarrollo económico se construye a partir de una Constitución que garantice derechos sociales más que derechos de propiedad. Recién entonces tendremos la oportunidad de poder volver a construir un país que genere, a la vez, más riqueza y oportunidades para todos. Aunque las cosas empeorarán antes de que vuelvan a mejorar, es clave entender que, la próxima vez que tengamos la oportunidad de establecer un modelo de libre mercado basado en la iniciativa privada, pongamos como prioridad la igualdad de oportunidades y una cancha pareja que permita que se materialice el sueño de una sociedad capitalista donde cada quien tiene igual posibilidad de perseguir sus propios anhelos.

 

Ya va quedando claro que el proceso político que se inició con el llamado estallido social de octubre de 2019 terminará por derribar buena parte de las bases que hicieron que Chile fuera el país más exitoso de América Latina entre 1990 y 2018 en desarrollo económico, reducción de pobreza, ampliación de oportunidades e incluso reducción de la desigualdad. Aunque los chilenos sorpresivamente optaran por votar contra las opciones refundacionales de izquierda en las elecciones presidenciales de noviembre, la Convención Constitucional tiene la última palabra respecto al nuevo Chile que emergerá cuando entre en vigor la próxima Constitución. Y la Convención cree que hay que derribar el modelo. Precisamente porque el estallido social se construyó sobre la falsa afirmación de que Chile iba por el camino equivocado en su modelo de desarrollo, lo más probable es que el nuevo Chile se diseñe con un modelo centrado en el Estado que, aunque no ha funcionado nunca en ninguna parte, sigue pareciendo una idea atractiva para muchos.

 

Pase lo que pase en noviembre y diciembre, la Convención Constitucional tendrá la última palabra. Si no le gusta el resultado de la elección presidencial, la nueva Constitución probablemente tendrá una presidencia más débil. O si la mayoría legislativa no es del gusto de la convención, no costará nada establecer un sistema unicameral y forzar a nuevas elecciones en menos de dos años.

 

Aquellos que creen que hay opción de que una mayoría del país rechace la propuesta de nueva Constitución en el plebiscito de salida parecen olvidar que la gente quiere nueva Constitución porque, equivocadamente, cree que eso les traerá mejores pensiones y derechos sociales. Con la lógica de ‘no tengo nada que perder’, una mayoría probablemente votará a favor de la nueva Constitución que viene cargada de promesas. De poco servirá que algunos adviertan que el nivel de desarrollo del país hace imposible pagar derechos sociales como los que ofrecen las naciones de Europa del Norte. Los chilenos creen que hay plata de sobra para financiar todos los derechos sociales. La gente cree que es cosa de subirle los impuestos a los más ricos y las empresas para poder tener servicios públicos similares a los que existen en Finlandia.

 

Como estamos ante la crónica de una muerte anunciada, no queda más que sentarse a esperar que se produzca el fatal desenlace. En ese momento, la gente, decepcionada de las promesas incumplidas e insatisfecha porque la nueva constitución simplemente reprodujo los males que caracterizan a la sociedad, comenzará a pedir a gritos que Chile vuelva al camino de antes. El Make Chile Great Again será el resultado de este sueño aspiracional colectivo que, cuando se acabe la línea de crédito nacional y la situación fiscal se haga insostenible, se convertirá en pesadilla.

 

La buena noticia es que, mucho más temprano que tarde, la decepción que produzca esta nueva iteración en América Latina de convertir al estado en un ogro filantrópico abrirá las puertas a nuevos líderes políticos que prometan producir riqueza a partir del modelo capitalista de libre mercado. Cuando eso ocurra, es de esperar que los defensores del libre mercado hayan aprendido la lección y promuevan reglas que garanticen una cancha pareja, que castiguen duramente a los abusadores y la colusión y que permitan que la gente pueda ver que el modelo permite que cada quien tenga una justa oportunidad para convertir sus diversos y personales sueños en realidad.

 

Aunque el futuro de Chile ahora se vea oscuro, el péndulo de la historia volverá a sonreír para los que creemos en un modelo de libre mercado como el mejor camino para el desarrollo. Cuando eso ocurra, hay que asegurarse de que la promesa de igualdad de oportunidades, meritocracia y cancha pareja se convierta en una realidad que permita que el modelo eche raíces profundas y no vuelva a tropezar. Las cosas van a empeorar antes de que mejoren, pero mientras esperamos, hay que aprender lecciones para evitar que los abusadores y coludidos alimenten el mito de que hay mejores modelos que el capitalismo de libre mercado.