¿Qué tan irresponsable hay que ser para ganar?

Patricio Navia

El Líbero, septiembre 3, 2021

 

Las campañas electorales siempre son temporadas de promesas excesivas con tintes populistas. Como la gente sabe que los candidatos exageran, éstos se toman la libertad de hacer promesas imposibles de cumplir. Después no hay nada que cure mejor la fiebre de una candidatura que la realidad de llegar al gobierno y encontrarse con que los recursos son escasos y las platas no alcanzan para financiarlo todo. Pero lo que podría parecer una gripe de temporada en esta ocasión amenaza con convertirse en una enfermedad mucho más grave. La irresponsabilidad típica de los candidatos presidenciales alcanzará ribetes muchos mayores cuando la campaña entre en tierra derecha después de las Fiestas Patrias.

 

Hay cuatro razones que dan cuenta de por qué este año escucharemos promesas mucho más destempladas y populistas que las que normalmente se oyen en año electoral. La primera es que, desde el estallido social, los chilenos han sido inundados con promesas imposibles de expansión de derechos sociales y ayudas estatales. El abrumador apoyo al proceso constituyente se explica, fundamentalmente, porque la gente asocia a la nueva Constitución con mejores pensiones (dignas) y con mejores servicios sociales en educación, salud y vivienda. La gente cree que una nueva Constitución terminará con las AFP y hará que todos tengan una pensión que, cuando menos, sea igual al salario mínimo. Cuando se produce una inflación en las promesas en temporada no electoral —o cuando todo el año se convierte en una temporada electoral, que es lo que nos ha pasado en Chile desde octubre de 2020—, los candidatos presidenciales tienen que excederse todavía más en sus compromisos. Después de todo, si los miembros de la Convención Constituyente ganaron sus escaños prometiendo terminar con las AFP, cualquier aspirante presidencial tendrá que caer en el juego inflacionario de quién promete más.

 

La segunda razón tiene que ver con el debilitamiento del sistema de partidos. Aunque los partidos dejan mucho que desear, la democracia no existe sin un sistema de partidos institucionalizado. Igual que el sistema de recolección de basura que es esencial para que una ciudad pueda funcionar, los partidos son esenciales para la democracia. Cuando se debilitan, surgen candidatos que basan su campaña en su condición de independientes. En Chile hoy ser independiente es visto como un activo. Pero los independientes no tienen reputación institucional que cuidar. A diferencia de un partido que tiene un horizonte temporal más prolongado, los independientes funcionan con la lógica de, después de mí, otro estallido. Por eso, cuando una campaña está llena de independientes, habrá menos frenos —y menos pudor— en caer en el juego inflacionario de promesas.

 

La tercera razón es que desde que el gobierno y la coalición cayeron en el juego cortoplacista de salvarse ellos y entregar la Constitución, la gente sabe que no hay vacas sagradas en el firmamento institucional de Chile. Es ampliamente sabido que las instituciones fuertes son las bases del progreso y la estabilidad, pero hoy en Chile la fortaleza institucional es cosa del pasado. Si bien la Constitución de 1980 tenía un origen ilegítimo, el hecho que hayamos podido construir una democracia en base a una Constitución nacida en dictadura debiera habernos hecho sentir orgullosos de lo que habíamos logrado. Al derribar la Constitución de Pinochet, muchos celebraron que había caído el último vestigio de la dictadura pero no entendieron que también estaban socavando la fortaleza institucional que había hecho de estos últimos 30 años —sí, esos mismos 30 años tan denostados— el mejor periodo de crecimiento y creciente inclusión social en la historia de Chile. Ahora que nuestra fortaleza institucional es un recuerdo, parece lógico que cualquier idea descabellada sea factible de convertirse en realidad. Para no ir más lejos, estamos discutiendo la conveniencia de un cuarto retiro de las AFP. Igual que ante una persona que ya pasó por tres divorcios y está pensando en casarse por cuarta vez, hay buenas razones para sospechar que habrá nuevos matrimonios en el futuro.

 

La cuarta razón es que los candidatos presidenciales deben competir con las ambiciosas promesas que se están fraguando en la Convención Constitucional. Porque sus miembros fueron electos para ampliar los derechos sociales, la Convención va encaminada a redactar un texto maximalista que pondrá fuerte presión al gasto público. Porque los constituyentes pueden firmar cheques sin tener que preocuparse de dónde saldrán los fondos después, la convención redactará una constitución tipo arbolito de Pascua, con regalos para todos. Aunque los candidatos presidenciales sí deben preocuparse de dónde sacarán el dinero para financiar sus promesas, el hecho que la preocupación más urgente sea ganar la elección hará que dejen la consideración sobre cómo van a financiar sus promesas para después. Incluso aquellos que aspiran a ser responsables saben que sin hacer promesas irresponsables no podrán ser competitivos en noviembre. Por eso, pronto se desatará la competencia entre los candidatos presidenciales y los miembros de la convención constitucional sobre quién hace promesas más ambiciosas.

 

El país pasa por momentos complejos, pero como la campaña presidencial recién empieza a tomar forma, debemos prepararnos para una temporada inflacionaria de promesas realizadas por candidatos en un sistema democrático con partidos débiles y con una Convención Constitucional que ya rompió los límites de la responsabilidad política en el país.