El primer mes de la convención constitucional

Patricio Navia

El Líbero, julio 30, 2021

 

Ahora que la Convención Constitucional está a punto de cumplir su primer mes de trabajo, resulta difícil realizar análisis optimistas y esperanzadores sobre el camino por el que avanza y sobre lo que se viene en los próximos meses. Dado que ha mostrado bastante más claridad sobre lo que no quiere que sobre lo que quiere, y mucha más disposición a manifestar el descontento y la rabia de muchos de sus miembros que una disponibilidad a dialogar y a buscar acuerdos para delinear la nueva institucionalidad, la única evaluación posible al finalizar el primer mes de trabajo es más bien negativa.

 

A menos que la convención corrija el rumbo y acelere el tranco, esta aventura constituyente que se inició con el acuerdo de noviembre de 2019 terminará produciendo más frustración y profundizando los problemas de desigualdad, exclusión y falta de oportunidades en el país. Si el proceso fue presentado como una píldora mágica que ayudaría a solucionar los problemas, al menos en los primeros treinta días de funcionamiento no hay señales concretas de mejoría. La enfermedad de pobreza, exclusión y mal funcionamiento del sistema político que vino a sanar la Convención Constituyente se sigue profundizando y expandiendo.

 

Desde el primer día, la noticia ha sido más bien la voluntad de algunos por mantener el discurso de protesta y movilización social que la disposición a sentarse a conversar para construir un mejor país. Las continuas disputas entre los convencionales más radicales, que insisten en repetir el diagnóstico sobre las cosas que funcionan mal, y aquellos más interesados en buscar una forma de construir un país mejor, han llevado a que la Convención haya dedicado su primer mes de trabajo a discutir cuestiones de procedimientos y a hacer señales que no tienen mucho que ver con su mandato de redactar una nueva Carta Fundamental. El simbólico hecho que la primera resolución de la convención constitucional haya sido una declaración pidiendo una ley de amnistía para supuestos presos políticos fue interpretada por muchos como un gesto necesario para poder calmar a las huestes más radicales de la convención. Pero como siempre ocurre, mientras más concesiones se hacen a las fuerzas más radicales, más demandas emanan de ellas mismas.

 

La decisión de la Convención Constitucional de aumentar el número de vicepresidencias —para acomodar a todos los sectores— ha sido erróneamente interpretada como un esfuerzo por construir consensos. Lo cierto es que esa decisión permite anticipar lo que probablemente terminará siendo el criterio que utilice para dirimir diferencias y disputas. En vez de debatir y votar para avanzar en una dirección determinada, terminará buscando satisfacer a todos los sectores, incorporando al texto constitucional las visiones, objetivos e intereses de cada uno de ellos. Así, el texto constitucional que se vaya redactando comenzará a tomar la forma de árbol de Navidad —un árbol de Pascua, como se le llama en Chile— que tenga regalos para todos, de tal forma que todos los sectores se declaren ganadores y se den por satisfechos con el nuevo texto constitucional que se redacte.

 

Como es evidente que una Constitución no puede dejar contentos a todos, el esfuerzo por redactar un texto que sea aceptado por todos terminará por producir una Constitución extensa y llena de contradicciones y ambigüedades. Una vez que entre en vigencia —en caso de ser aprobado en el plebiscito de salida— los miembros de la convención constitucional darán por completada su tarea con éxito y se desligarán del proceso. Pero como las constituciones con ambigüedades y contradicciones inevitablemente llevan a procesos de judicialización, el resto del país entrará en un nuevo y prolongado periodo de incertidumbre. Los tribunales de justicia y el órgano que deba dirimir diferendos constitucionales —el sucesor del actual Tribunal Constitucional— deberá comenzar una extensa y difícil tarea de descifrar las ambigüedades y contradicciones que deje el nuevo texto constitucional. Pasarán varios años antes de que se termine de aclarar las contradicciones que van a quedar en él.

 

Es innegable, aunque no sorpresivo, que la instalación de la Convención Constitucional ha estado plagada de problemas.  Lamentablemente, y a decir por el camino que va tomando, estos seguirán en aumento y las consecuencias de ellos para el futuro del país irán quedando más claras en los meses que se vienen. Aunque nos comencemos a acostumbrar al caos y al desorden que reinarán en el proceso constituyente, es importante tener presente que, mientras más extensa, ambigua y contradictoria sea el texto de la nueva Constitución, más tiempo tomará para que, después de su promulgación, el país logre reducir los altos niveles de incertidumbre sobre las reglas del juego que inevitablemente siempre se producen cuando un país decide reescribir las normas sobre las que se construye su institucionalidad.