El costo de oportunidad de Piñera

Patricio Navia

El Líbero, noviembre 8, 2019

 

Aunque es fácil ser general después de la batalla, la rápida pérdida de capital político que ha tenido el gobierno hace pensar que, de haber jugado mejor sus cartas cuando asumió el poder, Pinera podría tener a estas alturas promulgada una reforma tributaria y una de pensiones mucho más cercanas a su agenda que las que saldrán ahora. Porque Piñera nunca quiso entender que, si bien él obtuvo mayoría en segunda vuelta, la izquierda es mayoría en el Congreso, la incapacidad de su equipo de negociar con legisladores moderados de oposición terminó representando un altísimo costo de oportunidad para su segundo gobierno.

 

Mirado a partir de lo que ha pasado estas últimas tres semanas, la capacidad de negociación del gobierno ha empeorado notablemente. En los dos años de gestión que le quedan —asumiendo que el irresponsable intento por destituirlo no prosperará—, el gobierno deberá impulsar una agenda legislativa muy distinta a la que tenía cuando llegó al poder y que, además, parece contrapuesta con los principios y valores que abraza la derecha chilena. Para calmar el descontento social que, al menos hasta ahora, recibe apoyo mayoritario en las encuestas, el gobierno ha renunciado a varias de sus prioridades y ha declarado estar dispuesto a negociar cuestiones que siempre fueron anatema para su sector.

 

Lamentablemente para el gobierno, el estallido social se dio antes de que sus principales iniciativas legislativas pudieran convertirse en ley. Después de una excesivamente lenta tramitación en el Congreso, la reforma tributaria recién había pasado al Senado y la reforma de pensiones recién entraba en tierra derecha en su primer trámite en la Cámara de Diputados. Esa lentitud se debió, en parte, a los esfuerzos obstruccionistas de una parte de la oposición. Pero la principal razón fue porque el gobierno se empecinó en imponer su voluntad y desconoció que los chilenos habían votado mayoritariamente por un gobierno de derecha y un parlamento de izquierda.

 

Hacia fines de su periodo presidencial, en abril de 2017, la Presidenta Michelle Bachelet anunció una propuesta de reforma de pensiones que aumentaría la contribución mensual en un 5%, con cargo al empleador. Tres de esos cinco puntos irían a la cuenta de ahorro individual de cada trabajador y los otros 2 puntos irían a un fondo solidario. Entonces, la derecha —incluido el entonces candidato Sebastián Piñera— se opuso con fuerza a esa propuesta, criticando que parte de esas nuevas platas se distribuirían de forma solidaria. De haber apoyado entonces esa reforma, Chile Vamos —y el propio Sebastián Piñera— habrían cerrado un tema que ahora está al centro del descontento que alimenta las demandas. Pero, por no querer ceder y negociar, la derecha apostó a que, con Piñera de presidente, se podría aprobar una reforma que excluyera ese componente solidario intergeneracional. La apuesta resultó particularmente perjudicial para los intereses ideológicos de la derecha y para la propia estabilidad del gobierno de Piñera.

 

En el debate de la reforma tributaria, pese a saber que existía una fuerte oposición en el Senado a la reintegración tributaria, el gobierno de Piñera insistió en impulsar esa promesa de campaña. Aunque tuvo éxito en la Cámara después de arduos meses de negociación, era improbable que el Senado fuera a aceptar echar para atrás una de las reformas más emblemáticas del segundo gobierno de Bachelet. Si el gobierno se hubiera abierto a buscar otros mecanismos para generar incentivos a la inversión, la reforma tributaria ya sería ley.

 

Por cierto, no sabemos si se hubiera producido la misma explosión social de haberse aprobado la reforma de pensiones propuesta por Bachelet y una reforma tributaria consensuada con la oposición más razonable. Pero es evidente que parte de las razones por la que las movilizaciones sociales se han mantenido pese a las declaraciones hechas por el Presidente respecto a haber escuchado la voz de la gente tienen que ver con la percepción generalizada de que este gobierno usa y abusa de la letra chica y siempre trata de ganar en el margen. De haber mostrado mayor disponibilidad a negociar con los parlamentarios moderados —que sí los hay— y de haber aceptado su condición de minoría en el Congreso, el gobierno ya tendría cerrado dos temas que ahora se convertirán en un dolor de cabeza para La Moneda. En tanto la balanza se corrió significativamente hacia la izquierda—hacia más Estado y menos mercado—el gobierno ahora probablemente mira con nostalgia la oportunidad perdida de haber aceptado la reforma de pensiones propuesta por Bachelet en 2017 y haber consensuado con la oposición una reforma tributaria durante 2018. Como si el numeroso grupo de economistas que formaba parte del gabinete y el propio Presidente Piñera hubieran olvidado que existe el costo de oportunidad, ahora el gobierno de Chile Vamos debe tocar una música muy distinta a la que prometió en la campaña que le permitió llegar al poder en las elección de 2017.