El impacto de la crisis actual en las próximas elecciones

Patricio Navia

El Líbero, octubre 25, 2019

 

Si bien la preocupación inmediata en el país es encontrar una forma para salir de la crisis y construir una nueva normalidad, también resulta importante anticipar el efecto que tendrán las movilizaciones en los resultados de las elecciones de 2020 y 2021. Porque toda borrachera —incluidas aquellas de intensa movilización social— siempre tiene resaca, los sectores que más negativamente afectados se verán son aquellos que se olvidan de que la gente quiere líderes que solucionen problemas y no solo que lideren marchas.

 

Una vez que esta ola de movilizaciones dé paso, como siempre ocurre, a la normalidad, recién empezaremos a asumir los costos políticos de este terremoto social. Los desórdenes y los saqueos confirmaron un patrón de conducta que puede ser entendido como la lógica de los piqueteros —usando el concepto argentino para las manifestaciones callejeras que interrumpen la libre circulación. Porque Carabineros —y también las Fuerzas Armadas— prefieren dejar que la gente se tome violentamente las calles y destruya propiedad pública y privada que arriesgar ser acusados por violar los derechos humanos, deberemos comenzar a acostumbrarnos a este tipo de movilizaciones violentas que atentan contra el derecho a la libre circulación.

 

En este nuevo escenario político, muchos actores —especialmente aquellos minoritarios— preferirán dar la pelea en la calle que en las elecciones. Eso los llevará a radicalizar todavía más sus posiciones, yendo en busca de aquellos que normalmente no votan porque prefieren salir a las calles a marchar y/o destruir la propiedad pública y privada.

 

Si bien la democracia supone que las diferencias se dirimen en elecciones —en las que los ganadores tienen la oportunidad de gobernar y los perdedores pueden hacer oposición y prepararse para las elecciones siguientes— la concepción de democracia de algunos consiste en usar cualquier herramienta que tengan a su alcance para obstruir el gobierno de los que resultaron ganadores. Después de todo, si no pueden ganar elecciones en las urnas, lo único que les queda es usar la calle para obstruir a los que sí son capaces de atraer una mayoría de los votos.

 

La polarización que produce el intento por deslegitimar el mandato electoral con movilizaciones populares tiene efectos negativos para la calidad de la democracia, pero también tiene consecuencias electorales no tan evidentes. Las movilizaciones masivas afectan la participación electoral. Aquellos que no rechazan las marchas —y la violencia que, en el caso de Chile, normalmente se asocia con estas marchas— tendrán más incentivos para participar en las próximas elecciones. Como su herramienta preferida para manifestar sus posiciones políticas es el voto, los que se oponen a las marchas guardan su energía para la siguiente elección. Aquellos que han sido víctima de los saqueos, los que sufren la quema de las estaciones de metro y han visto sus negocios sufrir por las marchas son caldo de cultivo para candidatos de derecha dura que apelan a la ley y el orden. A su vez, los que apoyan las demandas de la marcha, pero discrepan de la violencia asociada a ellas, tendrán aprensiones respecto a aquellos políticos que prefieren participar de las marchas que sentarse a negociar con otros políticos. Cuando los políticos convierten el parlamento en un espacio para marchar, reciben el castigo de los votantes moderados.

 

Por otro lado, porque los chilenos quieren diálogo y paz social, no violencia ni represión, los políticos que parecen más preocupados del orden social que de la paz social también terminan pagando costos electorales.

 

Estas dinámicas permiten anticipar que, en las elecciones de 2020 y 2021, los políticos que ahora aparecen avivando la cueca del movimiento social más que responsablemente respondiendo a las demandas de la población terminarán sufriendo un castigo por no entender cuál el rol que deben asumir. Por cada gustito que se dan en la calle o convirtiendo al parlamento en una oportunidad para marchar y levantar carteles, esos políticos radicales se alejan de la posibilidad de atraer a una mayoría del electorado.

 

Irónicamente, aunque el Presidente Sebastián Piñera arriesga pasar a la historia como el mandatario más impopular desde el retorno de la democracia, la forma en que la izquierda ha reaccionado ante el movimiento muestra que ese sector parece sentirse más cómodo protestando que ejerciendo el poder.

 

Hasta ahora, la principal consecuencia electoral de las protestas que han terminado con el país en estado de emergencia y con toque de queda nocturno es que los candidatos de derecha aparecerán fortalecidos en las encuestas de opinión. Después de todo, para un país que quiere paz social, pero también orden social, la derecha chilena tiene candidatos mejor posicionados para responder a esa demanda popular.