José Antonio Kast al gabinete

Patricio Navia

El Líbero, octubre 11, 2019

 

La mejor forma de entender la relevancia política de José Antonio Kast, el candidato presidencial permanente de la derecha más dura, es imaginándolo como miembro del gabinete de Sebastián Piñera. Porque es fácil predicar desde la plataforma del purismo, Kast aparece como un ruido molesto para un gobierno que, siendo minoría en el Congreso, debe sentarse a negociar con la oposición. Si el Presidente se animara a invitarlo al gabinete —y Kast aspirara de verdad a ser presidente, pasando de la crítica desde la gradería a producir resultados donde queman las papas— quedaría en evidencia que el camino por el que ha optado Chile Vamos, el de construir poder político desde el ejercicio del poder, es la única vía posible para avanzar por la hoja de ruta del modelo de libre mercado.

 

La molestia que generan en el oficialismo las críticas que Kast realiza ocasionalmente hace creer que, más que la obstructiva oposición, es él el principal dolor de cabeza del oficialismo. En cierto modo, Kast es a la derecha lo que el movimiento estudiantil fue a la izquierda en 2011. Al criticar sin asumir ninguna responsabilidad, el movimiento que devino en el Frente Amplio se dedicó a renegar de los incuestionables logros que consiguió la Concertación en sus 20 años de gobierno. Como alternativa, el Frente Amplio construyó una plataforma de consignas y castillos en el aire que no han funcionado en ninguna parte y que, de funcionar, implicarían un costo fiscal imposible de solventar, aún subiéndole los impuestos a los qué más tienen.

 

Por su parte, Kast también le predica al coro de puristas que se niega a aceptar que la mayoría de los chilenos tiene posiciones más moderadas y pragmáticas que las que ellos defienden. Sin entender que un 7,9% de los votos en una primera vuelta en la que el gran favorito era un candidato de derecha moderada, solo les habla a los fieles de la gradería.

 

Kast predica un discurso de un retorno a un pasado mítico en que prevalecían la autoridad y el orden. Pero ese pasado es mítico porque la gran mayoría de los chilenos vivía en la exclusión y la marginalidad.

 

La trampa retórica del discurso de Kast es parecida a la que históricamente ha usado la izquierda más dura para criticar a la izquierda moderada. Alegando que la reforma es la negación de la revolución, los primeros siempre han criticado a los segundos por hacerle el juego al sistema con sus políticas de gradualismo. Para la izquierda extrema, el único camino viable es la superación del capitalismo. Da lo mismo si no se sabe qué vendrá después. El modelo actual parece ser tan malo que cualquier remplazo será mejor. Treinta años después de la caída del muro de Berlín, la izquierda se ha recuperado del trauma que le generó el fracaso de los socialismos reales y ahora predica con fuerza que la superación del capitalismo inevitablemente traeré la tierra prometida de la igualdad y los derechos universales garantizados.

 

Desde el otro extremo, Kast predica un discurso de un retorno a un pasado mítico en que prevalecían la autoridad y el orden. Pero ese pasado es mítico porque la gran mayoría de los chilenos vivía en la exclusión y la marginalidad. Ahora que el modelo capitalista ha permitido que mucha más gente haya entrado a la fiesta del consumo y del acceso a los bienes y servicios —el crecimiento de la clase media—, volver a ese pasado de privilegios solo para unos pocos es imposible. Kast puede cautivar un voto entre un electorado nostálgico (Make Chile Great Again), pero para la mayoría de los chilenos, el país de hoy es el mejor en su memoria. Es verdad que la gente quiere más y sus aspiraciones han crecido más rápido que la economía en los últimos años, pero la gente quiere un mejor futuro, no retornar a un pasado que nunca existió.

 

El discurso de Kast funciona con un sector reducido de la población precisamente porque no tiene que demostrar nada. Basta con criticar las negociaciones y concesiones que hace un gobierno de derecha ante la mayoría opositora en el Congreso. Pero si a él le tocara ser parte del gobierno, sus opciones serían optar por el purismo sin lograr avanzar o transar para poder avanzar sus ideales —aunque esto implique ser menos puro de lo que ahora predica. Los grandes políticos, aquellos que pasan a la historia y entregan un país mejor que el que recibieron, son aquellos que logran construir consensos, defendiendo sus principios y transando en asuntos importantes para ampliar la base de apoyo a sus reformas. Eso se logra solo desde el ejercicio del poder.

 

Los puristas nunca son buenos gobernantes. Pueden tener un club de fieles y leales seguidores, pero son incapaces de construir mayorías sólidas y consensos amplios que permitan que el país avance en la hoja de ruta que los inspira. Por eso, si Piñera se animara a invitar a José Antonio Kast al gabinete, el líder de Republicanos preferiría seguir en la cómoda posición crítica del purista en vez de entrar al barro para avanzar la causa del modelo social de mercado que él dice querer promover.