Por la derecha sin complejos

Patricio Navia

El Libero, julio 13, 2019

 

Después del rechazo del Legislativo al proyecto de ley de reforma educacional (“Admisión Justa”), Sebastián Piñera tiene la oportunidad de repensar la hoja de ruta a seguir en lo que resta de su gobierno. Si bien hay buenas razones para privilegiar la negociación con la oposición en el Congreso, el Presidente también debería asumir su condición de gobierno de derecha y, sin complejos, actuar en consecuencia. No hay mejor forma de negociar que desde una posición de poder. Cuando la oposición sospecha que el gobierno está dispuesto a poner sus principios y valores sobre la mesa, es claro quién va a ganar y quién va a perder en el proceso de negociación.

 

Piñera llegó al poder con un claro discurso de cambio razonable. Buscó retomar el sendero de los acuerdos que caracterizaron los años de la Concertación. En los tres primeros gobiernos, los amarres autoritarios de la Constitución de 1980 —incluidos los senadores designados que distorsionaban la voluntad popular, dándole mayoría a la derecha— obligaron a los líderes concertacionistas a negociar y transar. Pese a tener mayoría entre los escaños electos en ambas cámaras, la Concertación debió aceptar el poder de veto de la derecha. Con paciencia, habilidad para explotar las divisiones al interior de sus opositores y habiendo construido una sólida mayoría popular a favor de sus reformas, la Concertación logró imponer su hoja de ruta en la dirección en que avanzaba el país —aunque, en algunas dimensiones, esa hoja de ruta fue considerablemente modificada por el poder de veto de la derecha.

 

Hoy, cuando hay un sistema electoral más proporcional, el gobierno de Piñera también es minoría en el Congreso. Pese a que con el 38,7% de los votos Chile Vamos logró el 46,5% de los 155 escaños en la Cámara, el gobierno de Piñera es minoría. En el Senado, que solo escogió a 23 de sus 43 miembros en 2017, la derecha tiene 19 escaños. Luego, al igual que la Concertación entre 1990 y 2006, Chile Vamos tiene que aceptar el poder de veto de la oposición —aunque ahora es porque los electores así lo decidieron en las urnas. Para pasar leyes, el gobierno debe negociar. Ya que el Presidente admira la capacidad de negociación que tuvo la Concertación, Chile Vamos debería aprender de lo que ésta hizo ante una derecha que muchas veces fue tan intransigente como lo es hoy la izquierda.

 

Pero no se gobierna solo promulgando leyes. La Moneda también debiera aprovechar la enorme cantidad de poderes y atribuciones que tiene el Ejecutivo para ir enfilando al país por la hoja de ruta de lo que debiera ser un gobierno de derecha. Potenciar la competencia, los mercados, la meritocracia, la eficiencia en el gasto público y la reducción de burocracia innecesaria en el Estado debieran ser prioridades para las decisiones discrecionales que toma el gobierno. No se necesita mayoría en el Congreso para hacer eso. Un gobierno de derecha que cree en la superioridad de las soluciones de mercado y que ve al Estado como un ente regulador más que productor —privilegiando la eficiencia y focalización en el gasto público— no depende exclusivamente de los acuerdos en el Congreso para avanzar una agenda modernizadora y promotora de la profundización y fortalecimiento de los mercados.

 

Avanzar por la derecha sin complejos implica también hablar de derechos y de responsabilidades. Un gobierno de derecha no puede adoptar el discurso de la izquierda que se queda solo en los derechos. Un gobierno de derecha no tiene pudor para privilegiar un discurso de orden y autoridad institucional. Por ejemplo, La Moneda no debería andar pidiendo disculpas por defender la participación de las Fuerzas Armadas en el combate al narcotráfico y en la protección de las fronteras. La Moneda no debiera dudar de tener una posición más marcadamente comprometida con el orden público o de adoptar posiciones más firmes contra las marchas ilegales. Si el gobierno advierte que no pagará los sueldos a los profesores en paro, debiera cumplir su advertencia. Un gobierno de derecha no debiera hacer crecer innecesariamente el aparato público.

 

Algunos pudieran pensar que ser inclaudicable en defender los principios genera dificultades al negociar con el Congreso. Pero al gobierno no le ha ido muy bien con su estrategia actual de negociación. O las negociaciones no han resultado (como en «Admisión Justa») o el gobierno ha hecho demasiadas concesiones (pensiones e impuestos). Tal vez es hora de que el gobierno llegue, desde la derecha y sin complejos, a sentarse a la mesa de negociación dejando claro qué está dispuesto a negociar y cuáles principios son intransables. En una de esas, tiene mejores resultados. Y si tampoco hay disposición de la izquierda a negociar, al menos  tendrá la satisfacción de defender los principios y valores que dice representar.