La crisis del PS y la venganza de Lagos Escobar

Patricio Navia

El Líbero, junio 28, 2019

 

Nada tiene que ver el expresidente Ricardo Lagos en la crisis por la que atraviesa el PS bajo la presidencia del senador Álvaro Elizalde. Pero dado el rol protagónico que tuvo el PS, y en particular el propio Elizalde, en la poco delicada forma en que llegó a su fin la candidatura presidencial de Lagos en 2017, esta situación recuerda el proverbio chino que dice “siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”.

 

La crisis gatillada por la polémica surgida a partir del proceso electoral para elegir el liderazgo partidario en el socialismo se explica tanto por la crisis generalizada que viven todos los partidos políticos como por dinámicas propias del PS. En la democracia representativa, los partidos son instituciones esenciales para que los ciudadanos puedan ver sus intereses e ideales debidamente representados. Pero ya que en las décadas recientes la identificación con los partidos ha caído en todo el mundo, su papel de intermediador en las democracias representativas se ha debilitado.

 

En Chile, la identificación con partidos también ha caído sustancialmente. Cada vez hay más independientes que logran ganar elecciones, especialmente en contiendas municipales. Incluso los candidatos de partidos buscan construir un apoyo personal —sabiendo que los partidos ahora suman pocos votos. Sebastián Piñera es el primer presidente desde el retorno de la democracia que llegó al poder, al menos en su segundo mandato, sin ser militante partidista. Pero la caída en identificación con partidos no significa que los partidos vayan a dejar de ser importantes. La gran mayoría de los parlamentarios y los representantes popularmente electos siguen siendo militantes de partidos.

 

Es verdad que, con partidos, la democracia puede funcionar mal. Pero, sin partidos, la democracia no funciona. De hecho, los partidos son a la democracia como los hospitales y las clínicas a la sociedad. Si funcionan mal, todos pagamos el costo. Pero si no existen, la sociedad no va a poder funcionar. Ahora bien, de la misma forma en que los ciudadanos ven a las clínicas y hospitales como necesarios —pero no quieren pasar demasiado tiempo en ellos— la relación que la gente quiere tener con los partidos no tiene que pasar, necesariamente, por la militancia. Ni siquiera se precisan altos niveles de identificación. Cuando el país está demasiado politizado, solo podemos concluir que las cosas van por mal camino —igual que cuando una familia tiene que estar yendo todo el tiempo al hospital.

 

Por eso, la crisis del PS debe ser entendida en el contexto correcto. Es malo para el PS y para el sistema de partidos —y por lo tanto para la democracia— que haya sospechas de que el narco se haya metido en los partidos. También es malo que los partidos no sean capaces de organizar elecciones ordenadas y aceptadas como legítimas por sus miembros. Y es peor todavía que los líderes de los partidos se involucren en peleas fratrcidas que pongan en riesgo la sobrevivencia de partidos que han sido importantes en la historia del país y que siguen siendo receptores de la fe y la confianza —o al menos el voto— de cientos de miles de electores.

 

La crisis del PS no se inició con la polémica sobre la elección interna del 26 de mayo. Tampoco comenzó cuando se hicieron públicas, por primera vez, las acusaciones sobre la supuesta relación del alcalde de San Ramón, el entonces militante socialista Miguel Aguilera, con el narcotráfico. Esos han sido solo síntomas de un problema que se arrastra por más tiempo.

 

De hecho, en el primer semestre de 2017, cuando el ex Presidente Ricardo Lagos buscaba convertirse en candidato presidencial, la forma en que el PS —liderado ya por Álvaro Elizalde— operó para bajar su candidatura presidencial dejó en claro que el partido estaba pensando en cualquier cosa, menos en las propuestas o ideas que ofrecería al país en las elecciones de ese año. En vez de promover una elección primaria en la que Lagos pudiera confrontar sus ideas con las de Alejandro Guillier, el otro candidato que aspiraba a ser nominado por la Nueva Mayoría, el PS decidió abortarlas y dar su apoyo a este último. En vez de dejar que los simpatizantes de la centroizquierda decidieran el nombre del candidato en unas primarias abiertas, Álvaro Elizalde lideró al PS por un camino que ya demostraba, claramente, que el partido había perdido el norte.

 

Bien pudiera haber ocurrido que Lagos hubiese perdido las primarias presidenciales ante Guillier. De hecho, las encuestas mostraban que Lagos generaba bien poco entusiasmo como candidato. De haber ganado esas primarias que no se realizaron, la candidatura de Guillier hubiera salido fortalecida y el PS hubiera logrado legitimarla y legitimarse como un partido que promovió la democracia y la participación. De paso, Álvaro Elizalde hubiera evitado que Ricardo Lagos, el estadista al que él sacó de carrera en una burda operación, estuviera ahora, mirando desde su ventana, cómo se hunde su carrera política y, de paso, cómo se hunde el PS.