El Gobierno necesita un negociador

Patricio Navia

El Líbero, septiembre 4, 2018

 

Para pasar del dicho al hecho, el gobierno del Presidente Sebastián Piñera necesita tener un ministro que tenga las habilidades para llevar adelante las necesarias negociaciones con la oposición que permitan la promulgación de un aumento al salario mínimo, la adecuada tramitación de la ley de presupuesto y de la reforma tributaria, y de las reformas posteriores —en educación, ley laboral y pensiones— con las que ya se comprometió.

 

Para que una negociación sea exitosa se requieren dos cosas: disponibilidad a negociar de ambas partes y buenos negociadores que puedan convertir esa disponibilidad en realidades concretas. El gobierno y una buena parte de la oposición han declarado su voluntad a buscar acuerdos que permitan avanzar la agenda del Ejecutivo y resguardar los intereses de la mayoría centroizquierdista en cada cámara. Es verdad que del dicho al hecho hay mucho trecho. Es más, en política es común que los actores digan una cosa para luego hacer otra. Por eso, las declaraciones a favor del diálogo deben ser acompañados de gestos y hechos concretos.

 

Las declaraciones a favor de la amistad cívica y las buenas relaciones entre poderes ayudan. En cambio, las acusaciones, reclamos y amenazas por los medios pueden hacer mucho daño para la construcción de confianzas. En América Latina, hemos sido testigos muchas veces de cómo los presidentes que hablan de más incendian la pradera y convierten puntos de desencuentro en infranqueables cordilleras. Estados Unidos hoy experimenta una lógica similar de declaraciones verbales —y tweets— del Presidente que hacen altamente improbable que pueda haber un entendimiento entre la Casa Blanca y el Congreso si los demócratas ganan el control de esa cámara en las elecciones de noviembre. El caso ejemplifica que resulta mucho más fácil dinamitar puentes de diálogo que construirlos.

 

En semanas recientes, el Presidente Piñera ha fustigado duramente a la oposición. El gobierno ha impulsado una campaña para denunciar el bloqueo legislativo de la izquierda. Pero apuntar dedos es la peor forma de avanzar hacia un estado de diálogo y cooperación. Como en toda pelea de parejas —y no hay pareja más longeva en la república que la que componen el poder ejecutivo y el legislativo— la culpa siempre es compartida. Aun cuando uno tiene más culpa que el otro, la forma de avanzar hacia una solución es que las dos partes estén dispuestas a reconocer responsabilidades, realizar concesiones y modificar su actitud.

 

Por eso, el gobierno debiera dejar de llamar al diálogo por un lado y fustigar a la oposición obstruccionista por el otro. No ayuda cuando el Presidente busca dividir a la oposición entre la dialogante y la obstruccionista que quiere negar la sal y el agua.  La frase, además de excesiva, retrotrae al país a la lógica de la confrontación que prevaleció en el periodo pre-1973. Como nadie quiere volver a ese periodo, no hay necesidad de echarle más leña a un fuego que tiene buenas posibilidades de extinguirse.

 

 Pero no basta con la voluntad de las dos partes para negociar. Para que la negociación sea exitosa, también se necesitan personas con las habilidades y paciencia para dialogar. El gobierno de Piñera está compuesto por tecnócratas capaces y políticos con experiencia, pero no destacan personas con amplia experiencia en negociación.

 

El titular de SegPres Gonzalo Blumel es un buen técnico y es leal a Piñera, pero no ha podido consolidarse como el negociador que el gobierno necesita. Aunque parecía que el titular de interior, por su amplia experiencia previa en el congreso y cercanía a Piñera, iba a ocupar ese rol, Andrés Chadwick tampoco se ha convertido en el gran negociador del gobierno. El titular de Hacienda Felipe Larraín tiene enormes fortalezas, pero la construcción de confianzas con la oposición no es una de ellas.

 

Piñera podría echar mano a otros ministros con experiencia en el Congreso —como Hernán Larraín, Nicolás Monckeberg o Cristián Monckeberg. Aunque ellos están en ministerios sectoriales, pudieran servir de constructores de puentes con la oposición que permitan la construcción de confianzas y negociaciones exitosas. Es cierto que Nicolás Monckeberg manejó mal la negociación del salario mínimo, pero a menos que Piñera quiera hacer un nuevo cambio de gabinete para reclutar a un buen negociador con el Congreso, el gobierno deberá buscar entre los jugadores que ya tiene en cancha a alguien que pueda dirigir las negociaciones con la oposición.

 

La mala noticia para el gobierno es que tiene minoría en el Congreso y que los costos de la parálisis legislativa recaen en La Moneda más que en el ya impopular Congreso. La buena noticia es que la solución al problema es relativamente simple. Además de demostrar con hechos que está dispuesto a negociar, el gobierno debe empoderar a un ministro para que comience la construcción de puentes de confianza y cooperación con la oposición.