Aprobación de 45% es mejor que votación de 37%

Patricio Navia

El Líbero, agosto 21, 2018

 

En las últimas semanas, la preocupación por la caída en aprobación del Presidente Sebastián Piñera -y por el aumento en su desaprobación- parece haberse apoderado de los estrategas del segundo piso de La Moneda. El cambio de gabinete primero y la activa presencia de Piñera en programas de televisión después parece responder al intento por frenar e incluso revertir dicha disminución o al menos por evitar que la desaprobación supere a la aprobación. Pero además de entender que las lunas de miel no duran para siempre, La Moneda debería recordar que solo un 37% de los chilenos votó por él en la primera vuelta de noviembre de 2017. Si a cinco meses de iniciado el gobierno su aprobación es más alta de lo que fue su votación en primera vuelta, nadie puede decir que el gobierno pasa por una crisis.

 

Es innegable que la luna de miel de este gobierno llegó a su fin. Además éstas son periodos especiales precisamente por su corta duración; es un error esperar que se prolongue demasiado. Eso no ocurre nunca. Tampoco se puede pretender tener siempre una aprobación alta. Los únicos gobiernos que gozan de una alta aprobación son aquellos que, cuando hay vientos económicos a favor, no hacen más administrar el buen momento. En cambio, cuando un gobierno toma decisiones difíciles y adopta posturas que son controversiales -pisando callos y haciendo reformas que dañan los intereses de los más favorecidos para igualar la cancha- resulta inevitable que aumente la desaprobación. Un gobierno que tiene una visión clara de la dirección en la que quiere llevar al país inevitablemente va a producir un cierto grado de polarización.

 

Algunos equivocadamente han criticado al Presidente Piñera por poner su capital político en juego al asumir un rol mucho más activo en la defensa de su gobierno. Esas personas no entienden el concepto de capital. Igual que el capital financiero, el capital político solo sirve si uno lo arriesga para hacerlo crecer. Si un presidente se dedica a cuidar su capital y lo mete debajo de la almohada, el valor de ese capital se desvanecerá a la misma velocidad que un billete pierde valor en un país con alta inflación. El capital político se desgasta si no se usa. La única forma de cuidarlo y hacerlo crecer es arriesgándolo en la promoción de los objetivos e ideales que motivan al gobierno. Bien pudiera ser el caso que las iniciativas del gobierno se frustren y que las condiciones internacionales se tornen adversas y que el capital político que el Presidente haya invertido se diluya. Pero es cierto para cualquier inversión de capital. Nunca hay garantías de éxito. Solo que, en el caso del capital político, mientras más tiempo se demore un presidente en invertirlo, más se diluye su valor.

 

En la ronda de entrevistas que dio el fin de semana, el Presidente Piñera dobló la apuesta, asegurando que se venían reformas importantes y significativas en economía -incluyendo la reforma tributaria- y en otras áreas prioritarias como salud y pensiones. Es verdad que ésta no es la primera vez que lo anuncia. De no presentarlas próximamente al Congreso, su credibilidad irá por el mismo camino de la de Pedrito cuando anunciaba la venida del lobo. Pero la decisión de salir a poner sobre la mesa todo su capital político precisamente en el momento en que éste aparece más desvalorado refleja que, cuando se trata de saber cuándo y cómo invertir capital, Sebastián Piñera entiende el concepto de riesgo y los beneficios potenciales que implica tomarlo, especialmente cuando nadie más quiere hacerlo.

 

En noviembre de 2017, Piñera recibió un 37% de la votación. El 63% de los chilenos prefería a otras personas para la presidencia. Es verdad que cuando la opción se redujo a Guillier o Piñera, la votación de Piñera llegó al 54,6%. Pero ese 17,6% adicional nunca fueron votantes duros de Piñera. Para ellos, Piñera era un second best.

 

Cuando se acerca a cumplir sus primeros seis meses en el poder, el Presidente Piñera debiera evaluar sus éxitos y fracasos. Las expectativas que generó su campaña han estado por encima de lo que ha podido entregar su gobierno. Varias de las reformas se han demorado mucho en llegar al Congreso. No pocas promesas de campaña han debido ser ajustadas a la realidad fiscal más estrecha. Pero, sumando y restando, el Presidente debiera recordar que el punto relevante de comparación no es su aprobación presidencial en luna de miel ni la cómoda ventaja que obtuvo en la segunda vuelta de diciembre. El benchmark que debe usar Piñera para evaluar qué tan bien lo ha hecho en sus primeros seis meses es la votación que obtuvo en noviembre. En ese análisis, para la satisfacción del Presidente, un 45% de aprobación es más que el 37% que obtuvo entre los que se molestaron a ir votar en primera vuelta.