Unidad en la memoria y desunión en el futuro

Patricio Navia

El Líbero, agosto 17, 2018

 

Equivocadamente, algunos en la izquierda creen haber encontrado en los derechos humanos un punto de encuentro para el sector. Pero tener unidad respecto del pasado no es lo mismo que construir una plataforma común hacia el futuro. Si bien la nostalgia de la transición, cuando la centroizquierda era electoralmente imbatible, lleva a muchos de sus líderes a querer levantar las banderas de los derechos humanos, vale la pena recordar que el éxito de la Concertación se debió más a su buen manejo económico que a su tímida y a menudo demasiado cauta búsqueda de verdad y justicia por las violaciones a los derechos humanos cometidas en dictadura.

 

Desde la aplastante derrota de la segunda vuelta en diciembre de 2017, la izquierda vive un estado de crisis. Sabiendo que el electorado la abandonó, no encuentra un discurso con el que pueda volver a posicionarse como una alternativa electoralmente atractiva. Las distintas posiciones en el sector han llevado a una división profunda entre los que creen que para ganar hay que radicalizar las posturas, y los que piensan que la única forma de volver al poder es moderando el discurso.

 

Hoy hay tres coaliciones de oposición centroizquierdista distintas: el Frente Amplio, la Nueva Mayoría PC-PS-PPD y el PDC—con el PR y otros grupos menores esperando a ver cuál de esas micros puede llegar más lejos. Las tres discrepan sobre las razones de la derrota de 2017, sobre lo positivo y negativo del legado de la Concertación y sobre el camino a seguir para volver al poder. Hasta ahora, el único punto de unidad había sido la disposición a oponerse al gobierno de Sebastián Piñera. Pero esa estrategia es cortoplacista y limitada. Todos saben que el obstruccionismo no es suficiente para ganar una elección. Puede servir para bloquear al gobierno y para evitar que Piñera avance su agenda legislativa. Después de todo, la izquierda tiene mayoría en ambas cámaras del Congreso. Pero nadie gana una elección simplemente denostando al gobierno que está en el poder. Hay que tener propuestas que sean más atractivas que las que ofrece el oficialismo.

 

Por eso, la izquierda está entusiasmada con la forma en que la polémica sobre los dichos del breve Ministro de las Culturas Mauricio Rojas se ha apoderado del debate político en la derecha. La división entre los que quieren cuestionar la forma en que la historia oficial se está escribiendo respecto al periodo militar (de ahí los llamados a añadir contexto a la memoria sobre las brutales violaciones a los derechos humanos) y aquellos que, sabiendo que electoralmente es suicida aparecer cerca de la figura de Pinochet, quieren dejar en claro el compromiso de la nueva derecha con la defensa de los derechos humanos (en cualquier parte, en cualquier momento y sin bemoles) ha puesto al gobierno de Piñera en una situación incómoda. A unas semanas de que se cumpla un nuevo aniversario del golpe, 30 años del plebiscito de 1988 (cuando la derecha mayoritariamente apoyó la continuidad de la dictadura) y 20 años del arresto de Pinochet en Londres (cuando muchos en la derecha nuevamente experimentaron una regresión autoritaria), lo que menos quiere el gobierno de Piñera es quedar entrampado en debates sobre el pasado y sobre la oscura memoria de la dictadura.

 

 

 

La izquierda, creyendo ver una oportunidad de avergonzar al gobierno y construir unidad, piensa todo lo contrario. Mientras más se hable de derechos humanos, mejor sería para el sector. No importa que haya muchos en la izquierda que condonen las violaciones a los derechos humanos cometidas por gobiernos de izquierda en América Latina. Para ellos, los derechos humanos que más importan son los de los chilenos en el periodo 1973-1990.

 

Los chilenos valoran el respeto por los derechos humanos. Pocos tienen una visión positiva de Pinochet o de la dictadura. Pero esos mismos chilenos no creen que la defensa de los derechos humanos o los teman pendientes de la transición sean una prioridad importante en el país. Los chilenos quieren mirar hacia el futuro y construir un mañana mejor. Si la izquierda insiste en administrar el pasado y en convertir a la memoria histórica en su caballo de batalla, los chilenos no volverán a votar por ese sector. Es más, ese discurso ni siquiera generará unidad entre las diversas facciones de izquierda. Porque algunos correctamente cuestionan el menor ahínco que entonces tuvieron los gobiernos de la Concertación por avanzar en verdad y justicia (en el gobierno de Frei se investigó muy poco sobre la muerte de Frei Montalva), ni siquiera el pasado es fuente de unidad en la izquierda hoy.

 

Por eso, convertir a la memoria y la búsqueda de verdad y justicia en el tema prioritario para la izquierda será solo pan político para los necesarios homenajes y recuerdos que se vienen en las próximas semanas, pero hambre para el largo camino que le espera para volver a ganarse la confianza y el voto de una mayoría de los chilenos.