El club de la pelea

Patricio Navia

El Líbero, julio 10, 2018

 

experimentado senador socialista José Miguel Insulza puso la nota de cordura en el debate político de los últimos días al salir en defensa del diálogo entre el gobierno y la oposición, de la palabra empeñada y de la disciplina partidista en el comportamiento de los políticos en el Congreso. Porque la estabilidad de la democracia depende de políticos profesionales que hagan bien su trabajo, la defensa que hace Insulza de la política —en la mejor de sus acepciones— representa un llamado a la sensatez en un país en que, a veces, los que ejercen la actividad política están más preocupados de construir muros que puentes.

 

A sus 75 años, Insulza tiene la sabiduría de un veterano de muchas guerras. Fue funcionario del gobierno de Allende, candidato a diputado en 1973, líder del movimiento democrático en el exilio —en Italia primero y México después— y uno de los prohombres más notables de los 20 años de la era concertacionista. Como Ministro de Relaciones Exteriores, se hizo cargo de la reacción oficialista después del arresto de Pinochet en Londres. Cuenta la leyenda que, enfrentando a voces radicales del PS que le exigían renunciar para no tener que defender la posición del gobierno de Frei de pedir la liberación del exdictador, Insulza sugirió que todos los socialistas renunciaran a sus cargos en el gobierno y que, por lo tanto, se pusiera fin a la Concertación. Al final, el PS optó por sumarse a la estrategia del gobierno de pedir el retorno de Pinochet. Un año después, Ricardo Lagos se convirtió en el primer presidente de izquierda desde Allende.

 

Insulza fue el gran negociador durante el sexenio de Lagos. Sus acuerdos con una derecha que todavía controlaba el Senado gracias a los senadores designados ayudaron a que Lagos pudiera promulgar la reforma constitucional de 2005 que permitió la consolidación de la democracia. Aunque coqueteó con la posibilidad de ser candidato presidencial, con su usual pragmatismo aceptó que 2005 iba a ser el año de Bachelet. El Pánzer se contentó con un premio de consuelo nada despreciable en la Secretaría de la OEA.

 

En sus diez años en la OEA, Insulza brilló menos que como ministro de los gobiernos de la Concertación. A fines de 2008, cuando Lagos declinó su candidatura presidencial, sorpresivamente también se arrepintió. En 2013 ni siquiera lo intentó. En 2017, cuando intentó buscar la nominación de su partido, Insulza no logró convencer a un PS que también desechó a Lagos e, incomprensiblemente, optó por apoyar la riesgosa candidatura presidencial de Alejandro Guillier. Después de sufrir el rechazo de su partido, y viéndose obligado a cambiarse de circunscripción senatorial, obtuvo una inapelable victoria en Tarapacá.

 

En sus primeros meses en el Senado, Insulza partió tropezándose, al aceptar y luego rechazar una invitación para integrar una de las comisiones asesoras que formó el Presidente Piñera. Argumentó que su lealtad partidista lo obligaba a rechazar la razonable invitación presidencial. Pero ahora que se produjo el impasse entre el PPD y el PS por la nominación de Angela Vivanco a la Corte Suprema, Insulza volvió a sacar la voz para salir en defensa de tres principios esenciales en la política: la palabra empeñada, la unidad partidista y el espíritu de diálogo.

 

Insulza defendió la negociación que, a nombre del PS, realizó el senador Alfonso de Urresti con el gobierno. Se restó de la decisión de otros senadores del partido de quitarle el piso a la negociación de De Urresti. Pero también defendió la disciplina partidista. Recordándonos que la democracia funciona cuando hay partidos confiables y unificados, Insulza defendió el juego en equipo en política. Finalmente, criticó la lógica del club de la pelea en la que participan activamente muchos legisladores. Insistiendo en que la misión de los políticos es buscar acuerdos entre gente que piensa distinto —y no solo defender las posturas frente a otros que piensan diferente— Insulza dio lecciones de lo que debe hacer un político de fuste.

 

En un Chile que ha cambiado, que mira al pasado con recelo y desconfianza y se centra en querer construir un mejor futuro, la presencia de Insulza constituye un útil recordatorio de que la historia tiene lecciones para enseñarnos. El país avanza y progresa cuando los políticos son capaces de construir acuerdos, defendiendo sus principios y también cediendo. Es cierto que no pocos malos aprendices de político gritarán a la galería que ellos jamás transan y varios criticarán a políticos como Insulza por entrar a la cocina política. Pero los buenos políticos —aquellos que entienden que su tarea es forjar acuerdos con gente que piensa diferente— saben que las críticas del momento serán compensadas ampliamente cuando la gente transite por esos puentes que se construyen cuando se forjan acuerdos, aunque muchas veces nadie recuerde los nombres de los políticos que fueron capaces de sentarse a negociar.